jueves, 24 de septiembre de 2020

Desconectados


José María Leguizamón subía todos los días al altillo de su casa de calle Alberdi. Cada tarde, a las seis, después de trabajar, ponía una tira plástica en la puerta para que nadie lo molestara y se encerraba a escuchar música.

Leguizamón tomaba cerveza negra, comía un poco de queso y escuchaba a Bach, Beethoven y Mozart hasta las nueve de la noche. Su hijo Gustavo lo acompañaba. Durante esas tardes, el Cuchi descubrió a Stravinsky. Quedó tan fascinado con el músico ruso que pidió prestado la “Sinfonía de los Salmos” a un amigo que trabajaba en una radio. Eran épocas en las que comprar un disco en Salta “era más o menos como querer descubrir América”.

El Cuchi recordó esos momentos en el diario La Opinión. Allí reveló que él y su padre se volvieron locos cuando un cura amigo llegó a la casa con un disco que tenía música del compositor italiano Giovanni Pierluigi da Palestrina. Comenzaron a escucharlo el viernes, lo dejaron recién el lunes. Nunca se cansaban.

En algunas veladas eran tres en el altillo. A veces se agregaba la perra, que lloraba dulcemente en los agudos.

                     

Publicado en la revista Rock Salta en 2017

miércoles, 23 de septiembre de 2020

No vayas al ingenio, la poesía proletaria de Manuel Castilla


En una entrevista realizada en 2016, la profesora de la Universidad Nacional de Salta Raquel Guzmán consideraba que la importancia de Manuel Castilla en el cancionero folclórico opacaba el resto de su obra. Decía que la poesía de crítica social del salteño es algo menos tenido en cuenta y ponía como ejemplo “el mundo del ingenio, el mundo del minero, de los obrajes, toda la parte de cómo está construida la sociedad en el noroeste argentino”.

Las situaciones que cada tanto se viven en lugares como El Tabacal, donde la policía suele reprimir con ferocidad las protestas de los trabajadores azucareros, dan cuenta de una realidad que existe desde hace décadas. A pesar de las luchas y las conquistas en esa zona desde la creación del ingenio en 1921, la relación desigual entre empresa y obreros continúa. Esto es algo que Castilla refleja en su poesía.

El poemario “Luna muerta”, de 1943, fue el segundo que Castilla publicó en su carrera como autor. Apareció cuando tenía 25 años. Está dedicado “a los indios del Chaco de Salta”. Se trata de una obra de fuerte contenido social, una pintura de los marginados. Castilla se pone del lado de ellos cuando escribe cosas como “Inocencio, mataco, / tiene seca la lengua / porque nunca habla nada, / ni cuando lo golpean (…) Inocencio es un vago / porque no acarrea leña / ni lleva tachos de agua / por una camiseta…”.

También habla de “Juan del aserradero”, que “se ha embriagado / y hace como dos horas que duerme en la vereda”: “Ayer, Juan ha cobrado / y en el bolsillo apenas si tiene una moneda”.

En “Matacos”, Castilla dice: “Los matacos no pueden trabajar y por eso / vienen desde la loma a vagar por el pueblo (…) Uno va al almacén y otro queda mirando / para ver si al primero le dan algún mandado”.

Castilla ve más allá. Considera la negativa de Inocencio como una virtud. Y en lugar de pensar que Juan, el del aserradero, cobró, se emborrachó y ya no tiene plata porque se la chupó, siembra una duda: quizás cobró muy poco. 

martes, 22 de septiembre de 2020

Gesto de zorro

Foto: Alejandro Ahuerma

En 1990, el fotógrafo Alejandro Ahuerma caminaba cerca del Cabildo salteño cuando escuchó una carcajada que espantó hasta a las palomas de los balcones. Los lustrabotas que frecuentaban la zona le aclararon inmediatamente el panorama: la risa venía desde la mesa del Cuchi. “¿De dónde más?”.

“Cuando llegué hasta la vereda de El Farito, en una mesa que compartía junto a Antonio Yutronich, Miguel Ángel Pérez, “Perecito”, y otros personajes más, los saludé, les tiré un par de fotos desde el costado y me fui para el lado de la calle”, recuerda Ahuerma. Desde esa posición pudo “retratar ese gesto de zorro, de picardía compartida con el Yutro”. “Fue un solo disparo, era la época de las fotos con rollo, cuando todavía estaban ellos y esa vereda mágica del Farito. Agradecí y seguí mi camino”.

La foto se transformó en una de las más emblemáticas del Cuchi y una de las más importantes de Ahuerma. “Después fui a regalársela en su casa de la calle Rioja, enmarcada y lista para colgar”.

Publicado en la revista Rock Salta en 2017

lunes, 21 de septiembre de 2020

Sergio Pujol: “El Cuchi está por todos lados”


Después de los libros sobre Atahualpa Yupanqui, Enrique Santos Discépolo, Oscar Alemán, María Elena Walsh, entre otros trabajos sobre la música popular de nuestro país, es lógico preguntarse cuándo será el momento en que Sergio Pujol escriba sobre el Cuchi Leguizamón. 

“Siento que es un trabajo que tendría que hacer un salteño. Porque implica meterse en la cultura de Salta, en la idiosincrasia salteña. Pero no lo descarto, es un tema muy atractivo. Es un desafío interesante que me intimida un poco. También estaba intimidado antes de escribir la biografía de Yupanqui y finalmente me mandé, así que vamos a ver qué pasa”, responde Pujol, historiador, periodista y crítico musical, una de las voces más prestigiosas y autorizadas en la materia en nuestro país. 

A pesar de que nació en La Plata, Pujol puede hablar sobre la obra del Cuchi con la seguridad de los que tienen muy analizado el asunto. En pocos minutos desmenuza a un artista que para él se destaca más que el propio Atahualpa en el cancionero popular y que aún no fue estudiado en su totalidad. 

“Es un compositor que tiene una gran presencia en el cancionero de los intérpretes folclóricos. Me atrevería a decir que más que Yupanqui. Está por todos lados, en todas las generaciones. Hace poco escuché versiones muy lindas por Martín Robbio, que es un pianista de jazz. Es un compositor maravilloso y siempre lo estamos revisitando y encontrando otras cosas”, opina Pujol, y agrega a la lista de intérpretes a Juan Falú con Liliana Herrero, Lorena Astudillo y Guillermo Klein. Por supuesto, se destaca el Dúo Salteño porque “es el que estuvo más cerca de él, por lo tanto, tenían la idea de cómo debía interpretarse su música”. 

                    

domingo, 20 de septiembre de 2020

Música detergente

El Cuchi y Spinetta en el Festival de La Falda. Foto: La Voz del Interior.

El Cuchi, se sabe, no andaba con vueltas. Decía las cosas en la cara. O ante el grabador. “¿Sabés quiénes son nuestros enemigos? Las editoriales. Es que si yo llego a destapar las orejas de seis millones de sordos no hay más a quién venderle mamarrachos”, decía, indignado, en un reportaje publicado en septiembre del 76 en el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín.

Para el Cuchi, “algún día” se acabarían los mamarrachos. “La vez pasada me decían una cosa que yo vivo repitiendo: en este país habría que hacer música detergente para lavarle a todo el mundo los oídos de las porquerías que les dan los disc jockeys y las promociones comerciales”, decía.

“Un hombre como el Chivo Valladares, de su autenticidad, nunca ha podido conseguir que le paguen dos pesos por sus canciones -seguía-. Es uno de los músicos más importantes que tiene el país, ¿te das cuenta? Ahí está, olvidado en Tucumán, haciendo cualquier cosa. Ese tipo le importa al país. ¿Y sabés qué les interesa a las editoriales? Que ese tipo jamás triunfe. Lo que le interesa a las editoriales es que el público nunca llegue a distinguir una guitarra afinada. Por eso mis enemigos son los propietarios de la cultura popular que en manos de los comerciantes amordazan a este país formidable. Pero igual vamos a seguir peleando hasta que entreguemos los huesos”.

Publicado en la revista Rock Salta en 2017


sábado, 19 de septiembre de 2020

Viuda e hijas de Roque Enroll | El éxito que el rock no esperaba

Foto: Facebook Claudia Sinesi 

“Al principio fue medio duro. Tuvimos que romper el hielo. ¡Ay, cómo se ponen esa ropa!, ¿Por qué se pintan así?, ¿Por qué tanto maquillaje?, ¿Hace falta tanto maquillaje?”

Mavi Díaz en 1986


Como la mayoría de los íconos del rock argentino de los 80, el grupo Viuda e hijas de Roque Enroll tuvo una existencia breve que alcanzó para dejar una huella. Mavi Díaz, Claudia Sinesi, María Gabriela Epumer y Claudia Ruffinatti combinaron el triunfo comercial con buenas críticas pero también soportaron el prejuicio de una escena machista que nunca las aceptó del todo. Periodistas, artistas y público ortodoxo contemplaban su éxito casi como algo ajeno. Esa mirada de reojo nunca se alejó. A pesar de las distintas reuniones que llevaron adelante, la última en 2014 gracias a la novela de Telefe inspirada en su nombre, la banda nunca gozó de una reivindicación general. Sus tres discos originales hoy son difíciles de conseguir. Están presos de la burocracia de las discográficas y todavía no se los puede escuchar en Spotify.

Las Viudas se formaron como respuesta a una convocatoria realizada por Bernardo Bergeret. El productor de Abraxas tenía en mente trabajar con un grupo de mujeres pero no se imaginaba algo como lo que encontró una tarde de fines de 1983 en la sala de espera de su oficina. Las cuatro estaban muy pintadas y peinadas. Lucían vestidos vintage de colores y zapatos llamativos.

– Claudia Sinesi: Pasaba y nos miraba. Decía “no, no, no, esto no es lo que yo quiero. Sacá a estos caranchos”. Él buscaba un grupo de chicas que fueran rubias tetonas como Los Ángeles de Smith, pero resulta que nosotras cantábamos, tocábamos, hacíamos canciones. Estábamos a full.

Bergeret no las recibió y las futuras Viudas se fueron sin cantar a pesar de que parecían listas para subir a un escenario. Y lo estaban, pero no solamente por el look. Llevaban años tocando y haciendo canciones, cada una por su lado. A pesar de la complicidad grupal que transmitían, se habían conocido unos días antes. Las únicas que mantenían una relación previa eran Sinesi y Epumer.

– Sinesi: Dejé el colegio cuando tenía quince años, en el 76. No aguantaba más, era terrible. Te amonestaban porque tenías una guitarra, no dejaban que te peinaras ni que usaras la ropa que querías. Yo era chiquita y decía “¿Qué estoy haciendo acá?”. Me acuerdo que con María Gabriela nos metíamos en ferias americanas y nos poníamos cualquier cosa. Zapatos amarillos, cualquier cosa. Las dos habíamos dejado el colegio en el mismo momento.

miércoles, 8 de julio de 2020

Charly García entró a comprar una licuadora

(Foto: Maximiliano Vernazza)

Imaginate que sos el dueño de un estudio de grabación en un lugar alejado de la ciudad, en un espacio bucólico, repleto de árboles, caminos de tierra, donde el canto de los pájaros supera al ruido de los autos. Un lugar tan lindo que hasta decidís construir ahí tu propia casa, al lado del estudio. Imaginate que un día a las 8 de la mañana te asomás por la ventana y ves que en el parque, cerca de la pileta de natación que usás en el verano, está Oscar Moro, histórico baterista del rock nacional. Un hombre que tocó en Los Gatos, en Color Humano, en La Máquina de hacer Pájaros, en Riff con Pappo. Una eminencia. Una eminencia que está en pedo. Prepoteando al jardinero a los gritos, diciéndole “apagá la máquina”.

Imaginate que girás la cabeza un poco y ves que unos metros más allá Charly García revolea un micrófono como si fuera una boleadora porque quiere grabar “un efecto”. Ése era el panorama en 1992, cuando Seru Giran se reunió para un último disco. La historia está contada en el libro “El sello del rock”, de Candelaria Kristof.

Seru 92 es solo uno de los recuerdos del caótico regreso de la banda que completaban Pedro Aznar y David Lebón. Ese año también dieron shows muy irregulares en Córdoba y Buenos Aires, con Charly “en cualquiera”, para hablar mal y pronto, y un evidente desgano por parte de todos.

Ese desgano venía desde la grabación del disco, que fue anterior a los conciertos y se dio en un clima absolutamente contrario al que la banda había logrado a comienzos de los 80, cuando se los conocía como “los Beatles argentinos”.

El estudio alejado de la ciudad era Del Cielito, donde grabaron desde Spinetta hasta los Redondos. En 1992 Seru Giran se encerró allí durante un mes para registrar las canciones que marcaban el regreso de la banda después de diez años. Fue un lío. Aznar y Charly se pelearon, no podían grabar al mismo tiempo porque se sacaban chispas. Lebón quería cobrar e irse.

Una vez, durante la grabación, Charly García fue invitado a tocar en Francia. Los demás estaban chochos. Pero Charly armó bardo en el avión, no lo dejaron volar y entonces, como no tenía nada mejor que hacer, hizo dedo, lo levantaron (era Charly, ¿quién no lo iba a levantar?) y volvió al estudio. Cuando los músicos y técnicos lo vieron llegar se querían morir. Si hasta guardaban las cintas bajo llave por si a Charly le agarraban ganas de quemarlas. Esa grabación fue un desastre. Sin embargo, como dice Lebón, “vos escuchás el disco y está buenísimo”. ¿O no? Hay que ver. Seru 92 todavía merece un rescate. No está a la altura de sus álbumes anteriores, ¿pero qué discografía lo está?
                   

El comportamiento “errático” de Charly, intenso y rompebolas, puede verse muy bien en el documental "Existir sin vos", de Alejandro Chomski, que muestra la preparación de una de las canciones que iban a ir a parar a La hija de la lágrima. Una madrugada calurosa en la que Charly lidera a su banda (con Alejandro Medina en el bajo, dato curioso), primero ensayando y después grabando.

Lo mejor de ese documental es cierta intimidad que se logra, algo raro de ver en Charly, que más allá de su interminable exposición mediática nunca fue tan amigo de mostrarse vulnerable o en una postura más frágil. También, por supuesto, es de lo mejor la última escena en la que toca el piano en su departamento. De lo mejor de los noventa diría yo en un exceso de fanatismo y falta total de responsabilidad periodística.

                       

Extraño mucho al Charly noventoso. Me hice fan de ése Charly y de aquellas canciones. Hoy me puse contento porque un amigo me contó una anécdota que no conocía. Una historia sin importancia, como las que contaba el personaje ese de Capusotto amigo de Maradona. Resulta que Charly viajó a Salta y un día entró a un local para comprar una licuadora. Listo. ¿Eso es todo? Y sí. Si te hubiese pasado a vos todavía la estarías contando.