viernes, 19 de mayo de 2017

Llévame a un lugar con parlantes

(Neto, de Misiones)

De alguna manera, el Taragüi Rock aplica la táctica del Caballo de Troya musical que necesitan las escenas de las provincias. Esto es, poner algunas bandas de gran convocatoria encabezando la grilla para atraer al público y así meter en un escenario excelente a un montón de grupos regionales que tienen poca difusión.

La quinta edición (12, 13 y 14 de septiembre de 2014) se realiza, como siempre, en el anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, y resulta toda una señal por parte de la organización: el festival de rock de la región se hace en el escenario más importante de la provincia, donde en enero se hará el encuentro “mundial” de chamamé.

En 2013 había sucedido algo curioso: lo más atractivo del festival había estado en las bandas regionales. En conocerlas y escucharlas. Muchas de ellas tenían más para decir que los grosos nacionales que cortaban tickets. En esta edición, la cosa viene más o menos parecida.

El Taragüi Rock tuvo una etapa previa en la que 136 bandas de Corrientes, Chaco, Misiones, Formosa, Mendoza y Buenos Aires, se inscribieron para poder participar. Compitieron durante dos jornadas realizadas en el club Boca Unidos. Finalmente, la grilla quedó conformada por 26 grupos, entre músicos megafamosos, invitados de la región, Paraguay y Brasil, y los ganadores de esa doble competencia.

Organizado por el Instituto de Cultura de la provincia de Corrientes, el festival busca hacer lugar a las bandas locales, que en muchos casos vienen tocando desde hace tiempo sin lograr demasiada difusión. Integrar musicalmente a la región es un propósito explícito. Lo dicen sus organizadores.

El Cocomarola posee un escenario grande, con un sonido excelente y buena puesta. Con entradas accesibles (100 pesos los dos primeros días, 120 el domingo), los correntinos y chaqueños (Resistencia está a diez minutos en auto, apenas cruzando el puente) tienen un festival para destacar.

El día uno arranca a las 17.30. Los encargados de abrir el festival son los Impuntuales, de Jardín América, Misiones. Se trata de un cuarteto de pibes jovencísimos que escucharon mucho a Andrés Ciro. Buenas voces, lindos temas, pero caminan hacia el más de lo mismo con ciertos tics piojosos y una armónica que resulta contraproducente para lo que hacen. Ante no mucho público (en todos los festivales, la mayoría suele llegar tarde) tocan estrictos treinta minutos y se despiden con “un tema que habla de Misiones”, también dedicado a Cerati. Allí cantan de tierra colorada, sangre guaraní, surubíes y el río Paraná.

Simónimos, de Corrientes, es una grata sorpresa. Garage pop de guitarras, con look rockeramente cuidado. El grupo arranca a las 18.15. “Queríamos tocar a esta hora porque queríamos ver a cuántos les gusta el rock. Porque a los que les gusta vienen temprano”, agita su cantante desde el escenario, ante no más de 300 personas repartidas por todo el anfiteatro.

Hasta acá, la organización del festival viene tan impecable que los correntinos de Hasta La Barba arrancan cinco minutos antes de lo que anuncia la grilla. La banda, con hinchada agita trapos, despliega su combo fiestero con cantante a lo Pastillas del Abuelo.

La Gente, de Chaco, aparece después. Rocanrol con caños y nombre un poquitín demagogo, son un éxito para el público, que a esta altura ya ronda las dos mil personas. El cantante, que para el horror de la humanidad imita a Junior de La 25, tira un “huele a la chaqueta de Otto acá, eh”.

Cuando ya está de noche aparecen los Neto, de Misiones, para meterle poder y calidad al escenario. Hip hop, salsa, funk, reggae. “Ven a bailar el ritual del litoral”, agitan sus dos cantantes. “Esto es Neto, de la Triple Frontera, papá”, dicen. La rompen.

La Murga, de Corrientes, es la única banda regional que toca más de media hora. Son los mimados de la jornada. Festejan sus veinte años. Son de Goya, la segunda ciudad de la provincia, donde se hace la Fiesta Nacional del Surubí, dice el presentador. Musicalmente un poco estancados en los noventa, hacen un rock “divertido” (ska, reggae, letras loser irónicas). Hablan del “olor a río” y repuntan cuando se ponen menos fiesteros. “Si Argentina se queda sin rock, que venga para el Nordeste”, dice su cantante, parafraseando la famosa frase que habla de la ayuda correntina.

Luego llegan los dos pesos pesados de la fecha: Guasones y Los Cafres. Tienen ganado al público desde el vamos. Cuando los platenses suben al escenario, el anfiteatro ya tiene cubiertas sus tres cuartas partes, más de diez mil personas. La noche es agradable. La gente canta las canciones, toman la cerveza que reparten los mozos (!) por todo el predio y aplauden a rabiar el breve homenaje a Cerati que emiten las pantallas antes del set de la banda de Guillermo Bonetto.

El día dos comienza con los Norte Mestizo, de Corrientes. En la pantalla se ve una wiphala con un Cristobal Colón en el centro que muta en zombi. Mientras la banda hace su metal alternativo con buenos pasajes melódicos, los mozos están sentados, tomando tereré. No hay cien personas y suena tremendo.

Puche Hae, de Corrientes, es un dúo que tras un comienzo fallido levanta vuelo. Recomienda escuchar el disco, Rock de quinta, “ahí no falla el pedal”.

Transmisión es una gran sorpresa: un excelente trío correntino y elegante que remite a Invisible. “Aguante el NEA, hay que empezar a mirar un poco más acá. Gracias a los que vinieron temprano a hacer el aguante a las bandas locales”, dice su cantante, Marcelo Baiduk, desde el escenario.

El apoyo a las bandas locales en Corrientes y, especialmente, la posibilidad de tocar en este tipo de escenarios, es fundamental por estos días en que los increíblemente fachos miembros de la agrupación (atenti al nombre) Unidos Por el Silencio vienen avanzando de manera brutal contra el under de la provincia. “El intendente Fabián Ríos se comprometió a no permitir la actuación de bandas de rock fuera del predio del ex Hipódromo”, dijo Jorge Echeverz, coordinador general de UPES, según informó el diario Época el 4 de enero de este año. En la nota, Echeverz agregó que el secretario de Ambiente, Félix Pacayut, les aseguró que aplicará “a rajatabla” el artículo 14 bis del Código de Nocturnidad local, que prohíbe la actuación de grupos musicales en domicilios particulares. “Pero lo que más satisfacción nos da y nos hace pensar que estamos ganando la batalla –continuó -, es que hoy podemos transitar por diversas zonas de la ciudad y ver reuniones y cumpleaños que se festejan sin música cuando antes parecía algo imposible. Eso demuestra que algo está cambiando para bien en Corrientes y nosotros somos parte de ello”.

Junto con Transmisión, La Buena Violencia de la Mente (foto) es lo mejor de la segunda jornada del Taragüí Rock. También correntinos, poseen dos discos editados desde sus comienzos, en 2007. Rock de la mejor escuela argentina setentas: progresivo y psicodelia. Sorprenden y deberían sonar en todo el país.

Cuando aparecen los metaleros correntinos Cráneo, el Cocomarola no tiene más de 300 personas. Las promotoras épicas del diario Época no entienden nada. Los punks que esperan a Attaque no quieren entrar aún al predio. Hacen campamento de escabio en las avenidas que rodean el anfiteatro.

Disturbio, de Formosa, llega después. Bien puesta en la grilla, su rock por momentos “attaquero” encaja en la jornada. Néctar, de Posadas, suenan poderosos con su show a la RATM, aunque con un violero más Mollo que Morello. Son muy aplaudidos. La gente aprueba.

Pez sube en silencio cerca de las diez de la noche. El trío recibe los aplausos de los escasos seguidores (unos 150) y la indiferencia del resto. Arrancan con “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar”. “Acá es cuando deberíamos decir ¡Huuuoola Corrieeeenteeeees!, pero nosotros no somos así”, dice Ariel Minimal desde el escenario. Repasan temas de todas las épocas y presentan algunas de las canciones que forman parte del (por entonces) inédito disco, El Manto Eléctrico.

(Ariel Minimal, de Pez)

Sobre el cierre del día, los Attaque 77 mechan hitazos con éxitos para fanáticos y conforman a todos. Sobre el cierre, Mariano Martinez pide un gran pogo, pero no el más grande del mundo (“ése es del Indio”).

El domingo, los plomos de Illya Kuryaki & The Valderramas gritan “Chanooooo, Chanoooooooo”. Repiten muchas veces el nombre del cantante de Tan Biónica. Es un mantra que sirve para chequear los micrófonos. En toda la zona sur de la ciudad retumba esta prueba de sonido que se realiza tarde, sobre la hora del comienzo de la tercera jornada. Son más de las cinco y las puertas ya deberían estar abiertas. En cambio, hay una gastada al ícono pop teen actual, nubes que amenazan con continuar con el chaparrón que demoró todo (la otra versión culpa a la consola biónica) y poco público esperando por ingresar.

Durante las primeras horas del domingo, una fuerte tormenta cayó sobre la ciudad y a las cinco hay charcos sucios y todavía está nublado, como dice la canción de Manal. Pero este día no está hecho para blues melancos, sino para todo el funky futurista de IKV y la noche mágica de Chano. El piberío biónico hace la cola desde temprano y se prende a la valla apenas se abren las puertas del anfiteatro, a las siete de la tarde. Entonces, las fanáticas de Tan Biónca recibirán una dosis de rock paraguayo, brasilero, punk formoseño, rock progresivo psicodélico folclórico, hip hop, funk y soul antes de escuchar las canciones por las que pagaron la entrada.

Los primeros del domingo son los chaqueños Otra Vuelta, reggae muy amable. Sigue el pop de los Vestida de Novia, nombre que hace alusión a la birra con envase escarchado. La única banda de chicas del festival aparece entonces: Yucca, cuarteto formoseño en plan Eruca. Luego llegan los excelentes Trem Imperial, de Brasil; otros formoseños, Funkosa (“funk del nuestro”) y los paraguayos con nombre chespiritésco Villagrán Bolaños.

El rock aparece de la mano de los más folcóricos. Los excelentes Guauchos llegan a su región con la chapa del premio Gardel y una reciente gira española. Además, tienen a Hilda Lizarazu como invitada. Dejan el tereré al costado del escenario y la rompen con un set eléctrico que por momentos recuerda al Cerati de Ahí Vamos. Llévame a un lugar con parlantes y que nos vuele la sonoridad por el aire. La intensidad es tanta que a Federico Baldus, antes conocido como el tímido del grupo formoseño, le agarra un ataque de Charly García y de Tete Iglesias y se pone a correr por todo el escenario, saltando por encima del baterista Juan Manuel Ramírez, que nunca lo ve pasar y se va a enterar después, cuando se lo cuenten.

Para empezar a cerrar el festival, ante un anfiteatro casi repleto, los Illya Kuryaki brindan un show de clásicos imbatibles y las canciones nuevas que más se destacan. La combinación de IKV más el gran sonido del Cocomarola resulta uno de los mejores sets del Taragüí.

Tras casi una hora de espera, Tan Biónica aparece en el escenario, tapando los alaridos de las chicas con los alaridos de Chano Moreno Charpentier. Las canciones del grupo se extienden hasta la madrugada del lunes laboral. Otra vez es un éxito.

Crónica sobre el festival Taragüi Rock 2014 publicada en la revista Rock Salta número 21, de febrero de 2015. Todas las fotos son de Marcelo Silvero (Facebook Taragüi Rock).