miércoles, 17 de mayo de 2017

El magnetismo

En la introducción a su último libro, Simon Reynolds se refiere al glam con claridad y precisión suficientes como para que el lector se pregunte de qué diablos va a hablar en las 680 páginas restantes. Para los no iniciados, ese texto es más que suficiente: el periodista inglés brinda el panorama general de un movimiento que en unos años “resumió el espíritu de una época” y “se extinguió poco antes de la explosión del punk”. Lo mejor viene después. Como un golpe de rayo: el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI (Caja Negra Editora) es un análisis exhaustivo, definitivo, abrumador e imprescindible sobre el género. Contiene doce capítulos que abarcan inicio, furor y decadencia del glam y una sección de textos cortos que reflejan los “ecos” producidos desde 1975 hasta 2016.

Como la mayoría de los periodistas, Reynolds tiene problemas a la hora de sentarse a escribir. “Sería un error decir que soy disciplinado, porque la verdad es que paso mucho tiempo posponiendo el momento de la escritura”, decía en 2013. En la misma entrevista, contaba que la cantidad de horas que había “perdido en internet” era “terrible”. “Podría haber escrito mucho más si tuviera la habilidad de enfocarme mejor”, agregaba.

Por suerte, a Reynolds a veces le agarran ataques de responsabilidad. En Como un golpe de rayo escribe muchísimo. Lo que haga falta. Por ejemplo, dedica dos páginas y media para explicar por qué Lou Reed tituló Berlin al disco de 1973. En el capítulo 6, dice: “Acaso el mejor modo de ocuparse de Roxy Music sea escribir acerca de ellos dos veces, hablar de los mismos individuos e incluso de las mismas canciones desde dos ángulos distintos”. ¡Y lo hace!

Para Reynolds, Roxy Music es uno de los dos elementos que conforman el “alto glam”, lo más refinado del género. El otro es David Bowie, que además funciona como columna vertebral a través del relato de la mayoría de sus trabajos e influencias. “En este libro, la palabra glam es una denominación elástica que se atribuye a todos los candidatos obvios, pero también a algunas figuras del pop y el rock teatral que no necesariamente aparecen entre los sospechosos de siempre”, dice el periodista. Entonces, Como un golpe de rayo presenta análisis y biografías de personajes como Marc Bolan, Alice Cooper, Iggy Pop, Gary Glitter, New York Dolls, Queen, The Sweet, Slade, Wayne County, Mud, Mott the Hopple, Suzi Quatro y Cockney Rebel, entre muchísimos otros.

Reynolds también deja claro que el glam se trató de una farsa pragmática de tipos que ya no sabían qué hacer para trascender. “El glam llamaba la atención sobre su propia falsedad”, dice, y afirma que el libro trata sobre “el poder de la ficción”: manipuladores, estrategas del entretenimiento que cambiaron la cara del rock y la de ellos mismos.

Oscar Wilde es mencionado en el libro como el “primer filósofo del glam”. Reynolds cita a Lord Henry, de El retrato de Dorian Gray, quien aseguraba que “ser natural no es más que una pose, y la más irritante que conozco”. Para Wilde, el arte debía ser “un velo más que un espejo”. Estaba en contra del realismo, una postura muy apropiada para el comienzo de los setenta, ideal para diferenciarse de los mandatos de los últimos años de la década anterior, que exigían coherencia, buscaban la verdad interior y promulgaban valores anti espectáculo. Los creadores del glam se dieron cuenta de que tenían que pararse en la vereda opuesta. Empezaron a actuar, a personificar héroes rockeros capaces de dominar el mundo a través de sus canciones. Se convirtieron en ilusionistas que disfrazaban su propuesta hasta lograr un espectáculo mágico y magnético.

Actuaban hasta en las entrevistas. Bolan y Bowie mintieron en varias oportunidades frente a los periodistas con tal de alimentar el mito. Eran personajes que derrochaban carisma, seducían todo el tiempo, incluso cuando todavía no habían encontrado el rumbo definitivo. Según uno de los testimonios del libro, Bowie “tenía el look de un ídolo mucho antes de haber alcanzado el sonido”.

Probablemente la farsa más hilarante fue una que no tuvo que ver con el glam: en 1964, un Bowie de 17 años se presentó en los estudios de la BBC como representante de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Hombres de Cabello Largo. Defendió tener el pelo libre y se mostró en contra de la libertad con fijador. Era una mentira absoluta para lograr trascendencia mediática.

              

Pero sin dudas, el invento más redituable, el que cambió para siempre la vida del músico, fue la declaración que se publicó el 22 de enero de 1972 en Melody Maker. “Soy gay y siempre lo he sido”, dijo. Las fotos de la entrevista lo mostraban con un maquillaje refinado y un “corte de pelo que anunciaba un cambio de época”. El impacto fue total. La frase “hizo estallar de inmediato la carrera de Bowie”, que, inspirado en La ciudad de la noche, de John Rechy, y en la “vanguardia de la sensibilidad” de la cultura gay, se reinventó y estableció los parámetros de la nueva década.

Reynolds se encarga de aclarar en más de una oportunidad que todos los ingredientes del glam (el maquillaje, el vestuario, los accesorios, lo teatral) fueron utilizados de manera práctica o paródica, no reivindicatoria. Bowie no levantaba las banderas de la comunidad homosexual. No era un activista. El uso de ropas femeninas o maquillaje tampoco iba más allá de una simple herramienta.

“El hecho de que los artistas varones del pop hubieran decidido anexionar la provincia femenina de la moda y el embellecimiento no suponía necesariamente una señal de respeto por la mujer. Era tan solo una extensión de su vanidad, la conquista de un nuevo territorio para el ego masculino”, escribe Reynolds. Y agrega: “El glam, en tanto movimiento, se trataba sobre todo de hombres feminizados, pero no era feminista”. Era “el glamour como una espeluznante insistencia del yo”.

David Lebón lo explicó a la criolla en una entrevista de 2008 en La Voz del Interior: “En la Argentina de los ‘70 no había ropa para rockeros. Entonces, había que vestirse como mina. No te digo de polleras, pero sí remeritas y camisolas. Pasabas por negocios de varones y sólo había camperas, sacos y corbatas. Y pasabas por los de las minas y veías camisas divinas, con flores… Me compraba eso. El contexto no daba para travestirse, pero alguien tenía que hacerlo”.

“Hoy los hombres son más bonitos que las mujeres. Bowie me hace sentir realmente fea”, reconocía Suzi Quatro en 1973, la única exponente femenina del glam que logró ponerse a la altura de los hombres. El resto de las mujeres protagonistas del género (como June Bolan o Angie Bowie) trabajaron desde las sombras. Influyeron en la estética pero nunca estuvieron arriba de un escenario o en el estudio de grabación.

Musicalmente, el glam supuso “un retorno a las estructuras más sencillas del rock and roll de los cincuenta y de los grupos beat anteriores a la psicodelia, pero reinterpretadas a la luz de las técnicas de registro de sonido de fines de los sesenta y principio de los setenta”.

En el prólogo de Después del rock, el compilado de ensayos de Reynolds publicado en 2010, Pablo Schanton dijo que “el gran logro deconstructivo” del periodista inglés es haber eludido los clichés analíticos del rock “para focalizarse en la materialidad sonora y, a partir de ahí, sacar conclusiones más generales”. Aquí es donde Reynolds deslumbra en el libro: al hablar de música con pasión desbordante y el conocimiento en primera fila. Es inevitable salir corriendo a Spotify cuando dice cosas como que “2HB”, de Roxy Music, es una balada “que se diluye en una secuencia de saxo evanescente creada por la superposición de pistas grabadas fuera de sincro, lo que le da un efecto a mitad de camino entre la desorientación y la epifanía, como el que produciría el amanecer en un planeta que tuviera tres soles”.

               

Como todos los libros del inglés (los otros publicados en nuestro país son Retromanía y Romper todo y empezar de nuevo), la lectura se combina con la musicalización. Reynolds analiza todo. Desde T. Rex, que volvió “andrógino al rock”, le quitó virilidad, lo hizo delicado y ágil pero no le quitó intensidad; hasta el polémico Metal Machine Music de Lou Reed. Menciona la influencia de Anthony Newley en Bowie, señala a los Rolling Stones como precursores del glam y descarta a The Velvet Underground como un antecedente ineludible. Habla del shock rock de Alice Cooper sin dejar afuera a The Crazy World of Arthur Brown.

                   

“Cooper tiene tantos derechos como Bolan o Bowie a ser considerado uno de los grandes innovadores del glam. Al mismo tiempo que estos pioneros británicos -un poco antes, de hecho-, exploró el travestismo, hizo de la provocación un señuelo para atraer al público y los medios, adoptó la decadencia como concepto, como atmósfera, como un ‘ideal’, incluso, y hasta se permitió hablar abiertamente del uso que hacía de la mentira con propósitos de auto reinvención y autopromoción”, escribe Reynolds, a través de la muy buena traducción de Hugo Salas.

Los trabajos de Reynolds conforman una crítica de rock que se escapa de lo convencional. En todos sus textos aparecen referencias a la filosofía, la psicología, la literatura y otras ramas del pensamiento. Para Reynolds, El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche, es “el primer gran aporte a la crítica de rock”. Además, se considera hijo de la prensa musical británica de la década del setenta. Periodistas megalómanos que escribían muchísimo y experimentaban con las formas. Críticos que, como dijo el propio Reynolds en Después del rock, “tenían la prosa arrogante de tipos que pensaban que sólo ellos tenían visión y que sólo ellos tenían las pelotas para percibir y dictar el camino correcto que la música debía seguir”.

“Quizás el ejemplo más importante del escritor de rock como profeta, a quien no leí sino hasta mucho después -luego de haber terminado mi proceso de formación- es Lester Bangs, que básicamente cambió el curso de la historia del rock, formulando la estética y el ethos del punk rock años antes de que el punk existiera. Los escritores a los que me aferré como lector adolescente del New Musical Express eran los equivalentes británicos de Bangs, en tanto eran partisanos, enarbolaban ciertos sonidos y promovían ciertas ideas de lo que la música debía ser y hacia dónde tenía que ir”, completaba en la introducción a ese libro de 2010.

Es curioso que Reynolds destaque esa forma de hacer crítica de rock porque sus textos no son polémicos desde las palabras. No son manifiestos de fanzine. Sin embargo, tienen peso. Sus descripciones y análisis contienen halagos, críticas, deslumbramiento o indiferencia. “La escritura en sí misma no tiene por qué ser necesariamente salvaje y delirante ni echar espuma por la boca como un perro rabioso; puede ser precisa, controlada, incluso severa. Pero su efecto debe ser como la Verdad dándote un puñetazo en la boca”, argumentaba, a lo Roberto Arlt en Los Lanzallamas. Y agregaba que la escritura de rock debería ser “ferviente, encendida, ridículamente polarizada en sus juicios; arriesgarse hasta el absurdo por tomar las cosas tan en serio; debería embriagarse con su propio poder”.

En 2013, Reynolds participó del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. En una de las charlas que brindó, dijo que la música y los textos de crítica que la abordan terminan formando una simbiosis a pesar de que no necesariamente apuntan a lo mismo. Como un golpe de rayo alcanza ese objetivo. Confirma que la buena crítica provoca algo más a partir del rock y es -citando a Octavio Paz y por eso mismo reynoldseándola toda- “el olmo que sí da peras”.



Esta nota se publicó hace unos días en La Agenda con el nombre "Éramos tan proteicos". 

2 comentarios:

El Delgado Duque Blanco dijo...

Me regalaron este libro hace un mes. Recién ahora tengo tiempo de sentarme a leerlo. Reynolds es excesivamente extenso, tal como vos decís, pero es el mejor escritor de rock de la actualidad, sin dudas.

Federico Anzardi dijo...

Es tremendo. Pero termina convenciendo en este libro. Retromanía no me había gustado tanto. Se me hacía muy tedioso por momentos. Este se la banca mucho más. Me falta leer el del post punk. Un abrazo Duque.