viernes, 16 de enero de 2026

Todo no es suficiente

(Foto: Nicolás Moguilevsky)

Es una tarde de mediados de diciembre. La librería La Internacional Argentina, en Villa Crespo, luce estanterías repletas de libros usados. También un sofá negro, una mesa pequeña con un cajón que a veces sirve de cenicero colectivo y varios cuadros en las paredes. Más que un comercio, parece el living de un lector feroz. 

En un rincón, dentro de varias cajas etiquetadas, se amontonan libros nuevos de autores varios: Alberto Fuguet, Pedro Lemebel, Juana Bignozzi. Son ejemplares de Mansalva, la editorial que nació hace veinte años bajo un criterio que se puede sintetizar en que el pasado y el presente se unen para mirar hacia el futuro. El propietario de todo es Francisco Garamona: escritor, poeta, editor, librero, músico, pintor y cineasta de 49 años. 

Hijo de desaparecidos durante la dictadura, criado entre San Nicolás y Rosario. Escribió más de cincuenta libros de poesía, grabó nueve discos, hizo doce películas. Con Mansalva publicó más de 300 títulos, entre ellos a autores como César Aira y Fogwill. Garamona representa lo opuesto a lo que cree Lucrecia Martel, que en 2018, durante una entrevista con Criterion, tomó una copia de Carnival of Souls, de Herk Harvey, y dijo: “Esto es lo que todas las personas que hacemos cine tenemos que recordar: que con hacer una sola película así, es suficiente”. O quizás Garamona apoye esa idea. Porque con tantos proyectos su vida podría ser la eterna búsqueda de la obra que le haga decir que es suficiente. Pero es probable que eso nunca suceda y la razón es simple: Garamona no puede detenerse. 

“Yo tengo un compromiso moral con la palabra y con la acción. No puedo decir cosas que no haga. Igual: de diez, hago siete. Y me siento culpable”, dice. Acaba de llegar a su librería con dos vinos en la mano. Invita a pasar a la parte trasera, donde las cajas de Mansalva son muchas más y se mezclan con un número incierto de cuadros que ocupan casi todas las paredes. Una colección de arte armada con regalos, canjes y compras (“en veinte cuotas”) que se parece mucho a su mirada de editor, donde los consagrados conviven con el under que espera trascender. Quizás no persiga su obra definitiva, sino que busque la de los demás.

Garamona llega con su hija mayor, Valentina, de 25 años, que trabaja con él en la editorial y en la librería. Una asistente todoterreno que conoce cada rincón del lugar. Serena y medida, es como la cara opuesta de su padre, que todo el tiempo parece estar a punto de desbordarse a sí mismo.

“Odio la lentitud y odio lo que no se hace”, dice Garamona, con un vaso de vino blanco en la mano, sentado en la parte de atrás de su librería. Vestido de negro de pies a cabeza, está alerta desde el principio. Piensa opciones para la entrevista, sugiere, compara con notas previas y cuenta cuáles son las preguntas que suelen repetirse. Trabaja en vivo. Muestra al editor capaz de dominar un texto ajeno si se lo permiten.

COMPOSITOR Y CAMINANTE

Acaba de publicar el disco Cómplice de cristal, un trabajo de cantautor popular indie con colaboraciones de Daniel Melingo, Kubero Díaz y Miguel Zavaleta. Fue producido por sus socios musicales, Ahmed Isa Juan Ravioli y Ulises Conti. Incluye la musicalización de un poema de Juan L. Ortiz, “Aquí estoy a tu lado”, y un homenaje a Miguel Grinberg. “Es mi noveno disco. Hace 22 años que lancé el primero y hace 35 que estoy arriba de los escenarios”, dice, y recuerda que su debut fue cuando tenía catorce, aún vivía en Rosario, y era el cantante de una banda escolar con pretensiones excesivas. 

“Queríamos hacer rock sinfónico. Salía una cosa fuera de tiempo, desafinadísima. Como decía Fogwill, toda persona que se quiere dedicar a la literatura, al arte, tiene que saber que va a tener que soportar escribir veinte mil kilos de mierda. Y bueno, todos cargamos en un momento con eso. Hay gente que tiene otra destreza y ya lo primero que hace es genial. No fue mi caso”.

Dice que camina diez kilómetros todos los días. Y que si no los camina un día, al otro camina veinte. Y si no camina veinte, sueña que camina. Cuenta que su nuevo disco fue compuesto durante esas caminatas. Pero aclara que no fue algo excepcional. Dice que todo el tiempo está creando. Donde sea. Como sea. Saca el celular de su riñonera y muestra canciones que se le ocurrieron ayer, cuando todavía estaba en el Tigre pasando el fin de semana. Le da play a un audio y le baja la velocidad. Se lo escucha cantar a capela con un pájaro de fondo. “La chica del río sueña con amigos/ La chica del mar con lo que vendrá”, dice la letra. “Está todo inventado en el momento. Estoy en la pileta, no tengo texto, nada”, dice, y vuelve a dar play al audio, que se interrumpe de golpe. “Acá parece ‘El día que me quieras’, ¿ves? Y me pinché. ¿Querés que te muestre otra?”.

En la tapa de Cómplice de cristal, Garamona aparece un poco escondido. Se lo ve detrás de su amiga, la artista visual Nadia Lawsky. Es un poco lo que ocurre con su obra musical. Su letra más conocida no está en ninguno de sus discos. Se llama “La cascada de tu pelo enredado”, tiene música de Paula Trama y fue publicada en Copia viva (2018), de Los Besos. El tema se volvió un hit under inmediato, una de las canciones más importantes del indie argentino de la última década. En parte por su melodía, en parte por sus versos, que dicen “Caminé por las calles de tu barrio/ de tu barrio infinitamente/ superior al mío”. Publicó el poema “La cascada de tu pelo enredado” en un libro del mismo nombre firmado por Lorena Ludo, un heterónimo pensado para una revista de la comunidad LGTBI+ de Rosario editada a principios de los 2000. Cuando el poema ya era canción, Paula Trama todavía creía que Ludo era una persona real. “Durante muchos años no le dije que era yo. Ella me decía ‘Me llama la atención, porque la googleo y no aparece nada’”, cuenta.

Otra referente del indie con la que tuvo una relación estrecha fue Rosario Bléfari, una artista que tampoco se conformaba con una sola disciplina y con quien Garamona tocó en vivo y también editó en Mansalva. El libro Diario del dinero, de Bléfari, es, para Garamona, “el gran testimonio de cómo vive un artista en un país tan cruel”. “Anticipa incluso la crueldad. Es la Argentina que vuelve, que viene a destruir y a llevarse a las personas más increíbles y más necesarias, que después operan desde un lugar de la santidad”, dice, y agrega que la ex cantante de Suárez “es como la Gilda del rock”. “Lo digo con todo respeto y cariño. A Gilda la amo, además. Pero también Gilda tuvo que morir para ser lo que era”.

LA VIDA EN UN DÍA

Garamona dice que se aburre rápido. Piensa, habla. Se ríe, hace chistes, cita a sus autores preferidos, cuenta anécdotas. Se desvía del discurso principal, abre infinitas puertas y empieza a cerrarlas de a una hasta volver a su camino original. “Hoy estoy en terreno hipnótico del inconsciente porque dormí mal anoche”, dice, y reconoce que en esta entrevista maneja una tónica “como guitarrera”. “Quisiera mandarle a través de este diario un saludo a Andrés Calamaro. Quisiera tomar contacto con él. Tengo muchas cosas para contarle. Lo amo, lo amo”.

“Lamento no haber tenido una cámara, porque habríamos hecho una película”, sigue. Dice que su cine nació “de la necesidad”. “Iba caminando por la plaza 25 de Mayo, al frente de la catedral de Rosario, tenía 16 años y dije ‘Ya sé lo que tengo que hacer. Me tengo que dedicar al cine y dirigir Rayuela’. La idea más estúpida del mundo. Porque además las buenas películas se hacen con malas novelas. No digo que Rayuela sea una gran novela, igual, pero en su momento me impactó muchísimo. La gran trampa del cine es cuando querés llevar a la pantalla algo como, no sé, la serie esta de Cien años de soledad. Ni siquiera me dan ganas de leerlo. Como decía Borges, con un año solo alcanzaba”.

El cine de Garamona, según él mismo, es de “ensayos biográficos o situacionales”. Películas grabadas en un solo día que tienen “algo de etnográfico”. “Mis películas son un solista. Quiero escuchar una voz. El coro son imágenes que van ilustrando. Las hago en un día. Después estoy cinco días editándolas, pero son cortas. Es dejar testimonio, no sé. Tengo ese berretín, odio la palabra berretín, de registrar. Y también de crear la situación. Porque el cine tiene eso: es pasivo y activo. Está sometido a una imagen y a la vez estás sometiendo a la imagen”.

Es probable que Garamona se guarde para él mismo las imágenes y escenas más interesantes que haya presenciado, como sus encuentros con César Aira, con quien forjó una relación basada en “la cultura y el sentido del humor”. Garamona es uno de los dos editores locales de Aira. Aunque asegura que no es para tanto. “Yo soy un simple impresor al lado de César Aira”, dice. “César Aira es como un avatar. César Aira excede a César Aira. Además es una persona tan buena, tan genial y tan graciosa y ama tanto la literatura, que agradezco ser su amigo”, agrega. “Ahora vamos a sacar un proyecto que lo tiene hace más de veinte años”, sigue, y anticipa que se trata de una traducción del Sexto Canto de Lautréamont. “En 2026 se cumplen 150 años del nacimiento y últimamente Aira descubrió una nueva clave de lectura de ese texto que él tenía traducido”, se entusiasma.

Otro peso pesado que estuvo en Mansalva fue Rodolfo Fogwill. Pero a Garamona no le resulta tan fácil hablar de él. Se toma su tiempo. Prueba, retrocede. Vuelve a empezar hasta que encuentra las palabras. “Cuando Fogwill murió, la escena literaria careció de embates, de fuego, de pensamiento. Era un hombre que electrizaba la cultura y que tenía una forma de intervenir, y a la vez, al intervenir, de crearla, de una manera extraordinaria. Y además, un autor y una personalidad de relevancia. Recuerdo su cuerpo y su inteligencia. Era un hombre tan... Parece tonto lo que voy a decir, pero tan bueno. Preocupado por las cosas pequeñas y a la vez preocupado por las cosas grandes. Una persona integral con una ética de vida mayúscula. Un pensamiento en movimiento”.

Pasan más de tres horas. A medida que el tiempo avanza, Garamona se parece a su personaje de Tertulia 250, la película de Mariano Galperín que muestra una reunión en esta misma librería. Allí, Garamona es anfitrión y protagonista y termina bailando en cámara lenta sobre sus propios libros.

“Yo no sé si la vida se pasa más rápido haciendo cosas que no haciendo nada. Y todo lo que yo hago es para buscar una ocupación del tiempo. Es una cosa que dice Aira, igual, no lo inventé yo. El arte debe ocupar el tiempo. Porque si no, uno cae en el abismo. Pero es mejor tener, más que un abismo, muchas escaleras para ir al mundo para arriba, para abajo, para el costado”.

“¿Cuál es la cosa que hago? (piensa) No sé, no me gusta ponerlo en palabras, pero sería un arte total. Yo creo, como Rimbaud, que la mano que empuña la pluma es la misma que empuña el arado. Y desde la pluma al arado tenés el fusil, tenés el pincel, tenés la cámara de cine, la cámara de fotos. Tenés la pija. Tenés la revolución”, dice. “La única ley que funciona es la ley del amor, la ley de la sanación, la ley del perdón, de la emoción. Es lo único que va”, sigue Garamona. Dice que por una causa noble sería capaz de inmolarse. “Y diría el verso de Pizarnik: arremete, ¡viajero! Y me voy a la otra dimensión”.

Publicado en Radar

No hay comentarios.: