miércoles, 1 de julio de 2026

El máquina del tiempo

Foto: Guadalupe Lombardo

En 1986, Daniel Melingo se reunió, por única vez, con varios músicos amigos para divertirse sobre un escenario. Y ahora, en 2022, se reunirá nuevamente, por única vez, con varios músicos amigos para divertirse sobre un escenario. Los amantes de las señales a favor de la selección argentina en el mundial tienen otro dato. Quien quiera creer que crea.

En el 86, el escenario fue el de Badía y Compañía, en Canal 13. Ese día, en el último programa del año, apareció la Ray Milland Band, un supergrupo efímero integrado por Melingo, Charly García, Andrés Calamaro, Pedro Aznar, Pipo Cipolatti, Miguel Zavaleta, Gringui Herrera, Camilo Iezzi, Gustavo Donés y Pablo Guadalupe. Una banda que podría haber sido planta permanente de cualquier late night show y que aún hoy se la banca a través de la digitalización de algún VHS subido a YouTube. Son apenas 14 minutos con 49 segundos que alcanzan para mostrar una característica que a la Ray Milland le sobraba y que Melingo hoy describe como un don “de fábrica”: sonar bien.

Eso sí, “tenés que elegir bien el tema” que hay que tocar, advierte, sentado en el bar de Avenida de los Incas donde suele convocar a la prensa. Viene tanto que los mozos ni siquiera le exigen una consumición. Es una “oficina” que queda a pocas cuadras de su casa, no tan lejos de la antigua casona que Fito Páez y Fabiana Cantilo compartieron en los ‘80, una zona que también tuvo a Cerati de vecino y donde vive el baterista Fernando Samalea, compañero de Melingo en varios proyectos, como Las Ligas, la banda que Charly tenía, claro, en el ‘86.

Melingo cuenta que la Ray Milland Band surgió durante los encuentros que los músicos tenían en la casa de Calamaro. Allí apareció el “Himno óptico”, una canción que fue a parar a La máquina del tiempo, el tercer disco de Los Twist. Luego llegó la invitación del programa de Badía. “Ensayamos una vez. El único que no estaba era Pedro Aznar, que apareció en el canal. Los músicos tenían que pintarse la cara de negro y los cantantes, que éramos cinco, éramos ciegos. Era el homenaje al hombre de visión de rayos X”, dice, en referencia a la película de Roger Corman de 1963, protagonizada por Milland.

“Eran unos monstruos los músicos que había. Un poco como este concierto”, sigue Melingo, que conecta aquella experiencia con lo que va a ofrecer en pocos días: el Encuentro Maximalista, un show que servirá para repasar canciones de todos los proyectos que tuvo a lo largo de cuarenta años de carrera. Será, por supuesto, con invitados especiales. Algunos formaron parte de la Ray Milland Band. Otros aparecieron después, a lo largo de una discografía variada y heterogénea, que puede ir del funk al tango y del reggae a la rebética, pero que se vuelve coherente bajo un orden autobiográfico, como la discoteca del protagonista de la novela (y película) Alta fidelidad.

viernes, 19 de junio de 2026

Los santos fumadores


Los alrededores del velorio del Indio Solari, en Avellaneda, lucían como un mundo alternativo donde los personajes de sus canciones cobraban vida propia. Pero no era una fantasía. Era real. Porque los Redondos reflejaron un universo que se volvió parte de sus recitales. Hace casi cuarenta años que lo que suena en los escenarios y en los discos ligados al Indio es la versión musical y poética de lo que se ve abajo. Quizás aquel público intelectual de los comienzos era el que estaba fuera de lugar, después de todo. En Avellaneda había mujeres tan lindas que daban miedo. Tipos pesados que parecían no tener nada que perder. También chicas desamparadas o que habían regresado de mil infiernos. Las rodeaban niños rápidos y sujetos blandos listos para rendirse. Había viejos sin dientes y jóvenes susceptibles pasados de sustancias que podían reaccionar ante las miradas ambiguas. Había embaucadores y chiflados. Había bebidas baratas y un perfume a tormenta inevitable que no se desataba porque la necesidad de estar ahí para celebrar al Indio era más fuerte.

Ese mundo de personajes estaba en el velorio porque tras la separación de los Redondos se había decretado que Solari era el dueño de la épica. En él se sintetizó una continuidad conceptual que Skay Beilinson no pudo o no quiso conservar. Para muchos, la etapa de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado no tiene diferencias con la de los Redondos. Quizás por eso el Indio no suele ser nombrado como miembro del pelotón de solistas más importantes del rock argentino. Porque muchos todavía lo ven como el líder de una banda que nunca se terminó. Las noticias de estos días y las reacciones de la gente se mueven en esa lógica: para la mayoría, para cientos de miles de personas, muchas de las cuales asistieron a sus recitales y el domingo fueron a despedirlo, el Indio es Patricio Rey.

En esos ocho o diez kilómetros que había que recorrer para llegar hasta el ataúd, el público se movió sin saber muy bien qué hacer más que caminar hacia él. Como si estuvieran llamados a cumplir una misión. Algunos tardaron catorce horas en atravesar todo. En el medio intentaron recrear por última vez el rito del encuentro. Cantaron las canciones que sonaban en parlantes pequeños y grandes repartidos por toda la ciudad. Las tocaron en guitarras que no lograban escucharse porque el griterío era constante. Levantaron las banderas y los puños. Sabían que no lo iban a volver a hacer de la misma manera, con la misma euforia. Mientras el Indio todavía vivía al menos estaba la esperanza de que algún día regresara.

Pero él había ofrecido suficientes señales de que su tiempo en el escenario había terminado. Del “Yo sé que no puedo darte/ algo más que un par de promesas/ tics de la revolución/ implacable rocanrol”, de 1996, había pasado a “Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí”, de 2021. Y eso era algo que no parecía tenerlo en paz. Cualquiera que haya presenciado los dos recitales que Los Fundamentalistas brindaron en el Estadio Único de La Plata en diciembre de 2025 puede dar fe. En esas noches, las pantallas mostraban animaciones de hombres y animales atrapados. Seres siniestros encerrados que miraban con malicia. Algunos flotaban resignados y otros luchaban por salir. Ninguno lo conseguía. Además, al final de esos conciertos, el Indio apareció en un video grabado para dar un mensaje que sonaba mucho a una despedida.

Después de su último recital, en 2017, realizó varios intentos por trascender el encierro obligado. Fue holograma. Usó las pantallas de los escenarios para mostrarse en tomas grabadas en estudio. Participó de las redes de forma lúdica y brindó numerosas entrevistas. Hasta publicó una autobiografía monumental. En ese contexto de novedades puertas adentró estrenó “Encuentro con un ángel amateur”, el último himno indestructible de su extensa cosecha. La versión que todavía hacen Los Fundamentalistas, acompañada con imágenes del Indio en distintos recitales de todas las épocas, puede que sea el momento más emotivo de toda su carrera.

En 2024 realizó una jugada más. Publicó “Serenata de los santos fumadores”. La consideraba una de sus mejores canciones. La había escrito “varios años antes”, pero parecía hablar de su presente. “Es temprano aún/ Para irme al silencio”, decían los versos finales. El Indio no aportó al tema la frágil y errática voz que tenía en ese momento, distinta a la furiosa y chirriante que lo había identificado durante décadas. Le cedió el lugar a la cantante Valentina Cooke, que el domingo, en Avellaneda, estaba sentada al lado del ataúd junto a su pareja, Gaspar Benegas, guitarrista de Los Fundamentalistas.

La gente que logró alcanzar el final de la fila y pudo ver el cajón con los restos del Indio supo de inmediato que todo había terminado. En segundos pasó de la euforia por la misa final a la desazón por la muerte. Algunos no podían parar de llorar. Necesitaban ser abrazados. Otros se arrojaban al piso y hundían la cabeza entre los brazos. Probablemente hayan querido irse con él. Perder la forma humana como buenos ricoteros.

Publicado en Radar. 

sábado, 28 de febrero de 2026

Yo no me caí del cielo

Foto: Nora Lezano

Un hombre está rodeado aunque parezca estar solo. Lo rodea un pasado que todo el tiempo le recuerda quién es. Es alguien que siempre intentó comportarse de la misma manera. El pasado resulta una guía. Una conducta. Una forma de ver el mundo basada en la libertad. Es un hombre parado que parece que está solo y que espera en medio de una sala apenas iluminada. Su silueta se recorta con las pocas luces del lugar. Es Tito Fargo. Guitarrista, compositor, ahora también cantante. Ya tiene 67 años. No los aparenta.

“Una cosa es entregar tus principios, tu corazón, a proyectos que vos no sentís. Eso es venderte. El vivir de la música no tiene nada de malo. No es que estás transando. Estás transando si no estás diciendo las cosas que sentís”, decía Germán Daffunchio en Los rayos, de Nicolás Tacconi. El guitarrista de Sumo y de Las Pelotas hablaba de respetar una autenticidad casi primitiva, un rasgo que se percibe durante toda ese documental que cuenta los orígenes de la escena rockera de Hurlingham, la más mítica del Oeste del Gran Buenos Aires. La frase también resume la carrera de Fargo, que además es uno de los privilegiados poseedores del espíritu de Patricio Rey. Por algo formó parte de la banda. Por algo grabó en sus dos primeros discos. Fargo todavía conserva lo que pareciera haber guiado a todos los integrantes de los Redondos. De Willy Crook a Rocambole. De Skay al Indio. De la Negra a Semilla. Llevar con orgullo el proyecto personal. Hacer el camino propio. Preferir ser cabeza de ratón antes que cola de león. Tito Fargo podría ser un manifiesto que camina. O que está de pie.

En un miércoles caluroso, Fargo está parado en medio del estudio de Colegiales donde graba las canciones de su nuevo proyecto, dXb. Así, de pie, su figura es la de un estoico. Representante de una era que se fue aunque viva en personas como él. Un viejo rockero nacional de pelo largo gris. De ojos que despiertan cuando sonríe. Lleva puesto un pantalón negro y una remera de La Sobrecarga. Usa un colgante apretado alrededor del cuello con la imagen de una cruz andina. Sus orígenes están en aquel rock de Hurlingham que Luca Prodan ayudó a unificar y proyectar para siempre, hasta hoy. Un movimiento que nunca vio disminuida su potencia. Más bien la multiplicó, aunque sólo un puñado de bandas hayan concentrado ese poder.

viernes, 16 de enero de 2026

Todo no es suficiente

(Foto: Nicolás Moguilevsky)

Es una tarde de mediados de diciembre. La librería La Internacional Argentina, en Villa Crespo, luce estanterías repletas de libros usados. También un sofá negro, una mesa pequeña con un cajón que a veces sirve de cenicero colectivo y varios cuadros en las paredes. Más que un comercio, parece el living de un lector feroz. 

En un rincón, dentro de varias cajas etiquetadas, se amontonan libros nuevos de autores varios: Alberto Fuguet, Pedro Lemebel, Juana Bignozzi. Son ejemplares de Mansalva, la editorial que nació hace veinte años bajo un criterio que se puede sintetizar en que el pasado y el presente se unen para mirar hacia el futuro. El propietario de todo es Francisco Garamona: escritor, poeta, editor, librero, músico, pintor y cineasta de 49 años. 

Hijo de desaparecidos durante la dictadura, criado entre San Nicolás y Rosario. Escribió más de cincuenta libros de poesía, grabó nueve discos, hizo doce películas. Con Mansalva publicó más de 300 títulos, entre ellos a autores como César Aira y Fogwill. Garamona representa lo opuesto a lo que cree Lucrecia Martel, que en 2018, durante una entrevista con Criterion, tomó una copia de Carnival of Souls, de Herk Harvey, y dijo: “Esto es lo que todas las personas que hacemos cine tenemos que recordar: que con hacer una sola película así, es suficiente”. O quizás Garamona apoye esa idea. Porque con tantos proyectos su vida podría ser la eterna búsqueda de la obra que le haga decir que es suficiente. Pero es probable que eso nunca suceda y la razón es simple: Garamona no puede detenerse. 

“Yo tengo un compromiso moral con la palabra y con la acción. No puedo decir cosas que no haga. Igual: de diez, hago siete. Y me siento culpable”, dice. Acaba de llegar a su librería con dos vinos en la mano. Invita a pasar a la parte trasera, donde las cajas de Mansalva son muchas más y se mezclan con un número incierto de cuadros que ocupan casi todas las paredes. Una colección de arte armada con regalos, canjes y compras (“en veinte cuotas”) que se parece mucho a su mirada de editor, donde los consagrados conviven con el under que espera trascender. Quizás no persiga su obra definitiva, sino que busque la de los demás.

martes, 30 de diciembre de 2025

Cantándole a los vivos

(Foto: Prensa Abonizio)

Cuando aceptó hacer esta entrevista, Adrián Abonizio dijo que quería hablar del fin del mundo. Lo propuso a la distancia, unos días antes de viajar desde Rosario a Buenos Aires para tocar en el ciclo Martes de Poesía y Música del Centro Cultural de España (CCEBA). El ciclo convoca de manera mensual a dos artistas para que combinen sus propuestas y Abonizio va a compartir escenario con la poeta Beatriz Vignoli, también rosarina. En el mismo mensaje, desafiaba y decía que esperaba preguntas picantes. Pero ahora, ya en Buenos Aires, lo que obtiene no es un diálogo con pimienta sino un tostado muy salado. Sentado en un bar al frente del CCEBA, sobre la calle Paraná, a metros de la Avenida Santa Fe, Abonizio reniega por el sabor de su merienda. Falta una hora y media para que comience el recital junto a Vignoli y dice que no sabe lo que va a interpretar esta noche. Tampoco le preocupa probar sonido.

“Cuando voy a tocar a un lugar pienso que la gente no te espera. Eso juega a favor mío. Soy el ocho de Instituto de Córdoba, juego de visitante, ¿quién me conoce?”, dice Abonizio, que en 2026 cumplirá setenta años, y explica que los shows que más le gustan son los que pueden combinar sus canciones clásicas con las que él tiene ganas de tocar. “Pero hoy, como se mezcla poesía con música, hago experimentos. Beatriz leerá sus cosas y supongo que después agarraré su libro, lo pondré en el atril, y le voy a decir a la gente ‘¿Qué página querés? ¿32?’, y pongo música ahí, en el poema. Calculo que haré eso, porque si uno es un cantautor, trovador, por ahí te pegás un embole bárbaro de repetir siempre lo mismo”, cuenta.

Abonizio sabe que en cada presentación no pueden faltar las canciones más conocidas de su repertorio. Las que Juan Carlos Baglietto popularizó hace más de cuarenta años, cuando comenzó el boom de la Trova Rosarina. Temas como “Mirta, de regreso”, “El témpano” o “Dios y el Diablo en el taller” son una fija que aprendió a tolerar después de superar la etapa de ninguneo del hit, algo que varios músicos experimentan. “Me pedían un tema y decía que no. Cuando uno es joven es rebelde, pero creo que toda rebeldía se tiene que justificar con algo. Con un ideario, con un sentimiento. Yo era rebelde porque no quería que la gente se acostumbre a escuchar siempre lo mismo. Como en Rosario tocábamos seguido, no quería caerle tan bien a la gente, quería que sufrieran un poco. Que vean otra cosa nueva”.

Asegura que después transó con él mismo y se divirtió. Dijo: “Bueno, ya está”. Pero al principio, nada de eso. “Más cuando salieron los temas que cantaba Juan. Yo no tocaba esos temas en vivo. De ahí me equivoqué mucho, grabé discos buscando lo opuesto a eso. Hacés un tema popular con una música interesante que a la gente le gusta y, como estás enojado con eso, hacés free jazz en el próximo disco. Y no sabés hacer free jazz. Entonces a la gente no solamente la desconcertás, sino que encima hacés discos de mierda”, dice, y lanza una carcajada. “Hoy estoy en paz con eso. Y la rebeldía la pongo en causas que me importan, o en la ética, o en la forma de ser, para no convertirme en un falso rebelde, que está lleno”.

martes, 11 de noviembre de 2025

Confesiones de invierno

(Foto: Nora Lezano)

Hay algo en Nito Mestre que luce como un don y una condena. Hace menos de un mes cumplió 73 años y todavía posee una voz que conecta sin obstáculos con los tiempos de Sui Generis, la banda que lo volvió inmortal. Cuando interpreta el repertorio del dúo que integraba con Charly García, es capaz de provocar un regreso a la adolescencia en las personas que lo escuchan. Como si tuviera el secreto de la juventud eterna. Sin embargo, ese talento también es un límite. Porque puede cantar las canciones más maravillosas, pero sabe que serán siempre las mismas.

Esta semana, Mestre subirá al escenario del Teatro Opera y volverá a cantar esos viejos temas que todos le piden. Será el viernes 5, el día que se cumplirán cincuenta años exactos del Adiós Sui Generis. El show, que ya tiene entradas agotadas, se presenta como un homenaje a la legendaria despedida en el Luna Park. Mestre promete un concierto con sorpresas e invitados que se niega a revelar. Y dice que durará casi como las dos funciones sumadas que se hicieron aquella noche de viernes de 1975.

A Mestre no le molesta la repetición. Aunque no se reconoce nostálgico, suele hacer espectáculos temáticos para celebrar algún aniversario de su etapa más recordada. En los últimos años realizó shows por el medio siglo de los discos Vida y Confesiones de invierno. Si lo invitan, como en 2024 durante el show de Milo J en el estadio de Deportivo Morón, es para cantar “una que sepamos todos”. Y si bien no ha dejado de publicar material inédito, a partir de la década del noventa se volvió un artista pragmático que entiende que competir contra el gusto popular es una tarea imposible.

Hoy trabaja de clásico. Quizás ese rol tenga que ver con el orden que le dio a su vida. Sobrio desde 1997, Mestre se aleja de todos los problemas. Dice que en el escenario siempre tiene un Plan B, e incluso un Plan C. Pero esa actitud también parece parte inseparable de su forma de ser. Como si hiciera de la previsibilidad el mejor destino. Por eso es extraño que prometa sorpresas para este viernes. ¿Hay algo más detrás de esas canciones de toda la vida?

martes, 30 de septiembre de 2025

Martín Elizalde, profeta de verdad

Foto: Philippe Caillon

Desde el primer día, Martín Elizalde debió haber imaginado que noviembre de 2023 no iba a ser un mes cualquiera en su vida. Lo había comenzado en Niceto junto a Falsos Profetas, su banda histórica, con la que dio un show de reencuentro luego de cinco años de silencio. Una noche necesaria para ponerse al día con el pasado. Después se dedicó a pensar en el futuro. A trabajar en su séptimo disco solista. Un proyecto que lo entusiasmaba y que tenía casi listo. Así lo hacía saber a través de las redes. Reconocía estar “muy manija” y alimentaba la expectativa.

El viernes 24 publicó el primer adelanto. Era una canción llamada “Por que rías” con la que había cumplido “un viejo sueño”: cantar con Jorge Serrano, de Los Auténticos Decadentes. El Perro aportaba su voz en el nuevo tema, que empezaba con cuerdas beatle que se mezclaban con la entonación tanguera de Martín. “Vos comprabas porquerías/ Yo moría por que rías”, decía. La combinación de letra, voces y música generaba esa nostalgia optimista que Martín solía transmitir. Un clima que muchas veces parecía estar más cerca del disfrute por el camino recorrido que del lamento por lo que ya no iba a volver.

Ese mismo viernes hizo un posteo en Instagram. “Las primeras horas (de un secuestro y de un lanzamiento) son muy importantes”, dijo, con el humor habitual que tenía, y agradeció a todos “por darle tanto amor” a la nueva canción. No sabía que el tema transitaba su comienzo mientras él avanzaba hacia el final. Al día siguiente, el sábado 25, subió una foto del primer ajo de su huerta. Siempre había sido un tipo del cemento, pero se entregaba con pasión al cuidado de las plantas de su terraza. “Hace meses que te estaba esperando”, escribió. En la imagen se podía ver una de sus manos con rastros de la tierra que había removido poco antes de sacar la foto. Fue la última que publicó. Murió en su auto en la madrugada del domingo 26 de noviembre, en un accidente de tránsito ocurrido sobre la autopista Panamericana, en la zona de Pilar. Desde entonces, la publicación del ajo es la que sus amigos y fanáticos suelen usar para enviar mensajes virtuales cuando quieren recordarlo.

“Por que rías” fue lo último que Elizalde publicó en su vida, pero no es lo que cerrará su repertorio. En enero de este año apareció “Nuestra casa”, un tema inédito, el segundo adelanto de ese álbum que en 2023 estaba casi terminado. Esta vez, el invitado es Manuel Moretti, de Estelares. La familia, los amigos y colegas de Martín quieren editar el disco entero con todos los detalles que él imaginó para sus nuevas canciones. En eso están.