viernes, 14 de mayo de 2021

El disco perdido de Pappo y Juanse

(Black Amaya, Juanse, Pappo y el Zorrito en el parque del Estudio Del Cielito, durante una de las sesiones del disco. Foto: archivo Gustavo Gauvry)

Juanito y El Carposaurio, el disco que Pappo y Juanse grabaron hace 29 años, durante el invierno de 1992, se publicó este viernes 30 de abril. No es un álbum que pasará a la historia por su peso artístico. Se destaca por registrar un momento que se creía perdido. Es una joya escondida del rock nacional, de esas que no abundan en una escena que ha tratado muy mal a sus grabaciones descartadas. Su rescate le sube el precio. Son trece canciones que resultan un oasis de rock y blues para aquellos que extrañan al Carpo, fallecido una noche de 2005, no muchos días después de haber brindado su último show en San Luis.

“San Luis” es justamente una de las primeras cosas que le escuchamos decir a Pappo en el disco. Con esa forma de cantar que tenía, especialmente en vivo, cuando podía empezar una estrofa alejado del micrófono, como si la amplificación no fuera más importante que cantar. Como si estuviera cantando para él. Pero no dice San Luis, dice Saint Louis. Es una versión de “Sweet Little Sixteen” más parecida a la versión de John Lennon en Rock ‘n’ Roll que a la juguetona original de Chuck Berry.

Alguna vez Brian Johnson dijo que su única pretensión con los discos de AC/DC era que sus canciones pudieran generar un buen clima, un buen momento en un bar. Algo de eso tiene Juanito & El Carposaurio. Uno no puede dejar de mover el pie ni de imaginar lo bueno que habrá sido verlos en vivo a mediados de los 90, cuando se presentaban en lugares poco elegantes como la Federación de Box bajo el nombre de Juanse-Pappo Roll Band, con un calor que se transmite incluso desde las grabaciones amateurs que fueron subidas a YouTube donde se pueden ver escenarios precarios, cero escenografía y el enorme oficio de Pappo, Juanse, Black Amaya y Fabián “Zorrito” Von Quintiero. Una banda que hoy parece un seleccionado.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Una historia desequilibrada


Rompan Todoː la historia del rock en América Latina, es un documental de Netflix dividido en seis capítulos de una hora dirigidos por Picky Talarico. Es un trabajo entretenido incluso para los que ya conocen buena parte de lo que allí se cuenta, pero la sensación que queda es ambigua. Los distintos relatos de bandas y solistas no entran como deberían. Eso genera recortes que parecen un poco descuidados. Un detalle que no es menor si se tiene en cuenta el alcance de una producción como esta, que se puede ver en todo el mundo.

El problema con este tipo de producciones que se publican en plataformas de tanto alcance es que de alguna manera vienen a “oficializar” la historia. Pasó en nuestro país, por ejemplo, tras el estreno de Tango Feroz en 1993. Seguirá pasando con otros trabajos masivos. Pasa en Rompan Todo, que le da una nueva visibilidad al rock de Latinoamérica bajo una mirada discutible.

En este caso se establece que el rock en América Latina empieza con bandas mexicanas que hacían covers del rock anglo traducidos al español. Ese puntapié se contradice con la evolución del rock argentino tal como la conocemos. Rompan Todo intenta unificar una historia que se dio en momentos parecidos y contextos similares pero que no necesariamente se alimentó entre sí.

Es cierto que los músicos que fundaron el rock argentino sintieron el impacto de grupos mexicanos como Los Teen Tops o sus derivaciones locales como los cantantes que surgieron de El Club del Clan. Sin embargo, esas bandas funcionaron como pasos inmediatos pero nunca formaron parte porque el rock argentino nació en oposición a ese tipo de artistas.

¿Qué es el rock argentino sino un grupo de músicos que empezó a cantar canciones propias en su idioma desde una postura juvenil, contracultural, que rompía con (todo) lo anterior? Eso es “Rebelde” de Los Beatniks. Eso es “La balsa”. Por lo tanto, al menos desde la mirada argentina del rock, la primera media hora de Rompan Todo está de más.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Algo andaba rondando por Villaguay | El exorcismo que inspiró a Fito Páez


Si Raúl Spahn hubiese visto el compacto que Fútbol de Primera emitió aquella noche, seguramente se hubiera sentido un poco descolocado. Boca, en La Bombonera, había enfrentado a Gimnasia y Tiro, que ese día vistió dos camisetas diferentes. Durante el primer tiempo, los salteños jugaron con la clásica vestimenta de rayas verticales albicelestes. En el segundo, lucieron la casaca suplente, de un azul oscuro. Era el mismo equipo, pero parecía otro. El hecho se convirtió en una anécdota más para la lista de curiosidades del fútbol argentino, pero Spahn no pudo apreciarlo. Se quedó con las ganas, porque la fidelidad que le profesaba al Xeneize no era mayor que la fe que lo había llevado a convertirse en sacerdote de la Iglesia Católica. Aquel domingo 31 de octubre de 1993, justo cuando comenzaba el resumen del partido, Spahn, el Padre Spahn, atendió el teléfono de la parroquia y escuchó la voz de una mujer acongojada.

– Padre, ¿puede atender a mi hija?
– Sí, ¿está grave?
– No, no.
– Bueno, entonces voy mañana. ¿Qué es lo que tiene?
– Está endemoniada.

Durante algunas semanas, el caso de María Laura, la adolescente poseída de Villaguay, ocupó buena parte de las noticias nacionales. Canales, diarios y radios de todo el país informaron sobre la chica que hablaba en inglés sin haber aprendido el idioma y que por momentos adquiría una fuerza tan grande que ni cuatro hombres podían sujetarla.

Hoy todo quedó en el olvido. Sólo sobrevivió la interpretación que Fito Páez hizo del episodio en “Las tardes del sol, las noches del agua”, una canción que logró reflejar aquellos días de incertidumbre y desesperación.

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– “¿Cómo sabrá que está endemoniada? ¿Me estarán tomando el pelo?”, decía yo.

Pasaron 27 años pero el Padre Spahn recuerda hasta los detalles que suelen quedar arrumbados en los rincones de la memoria. Nunca los va a olvidar porque el caso inició un camino que el sacerdote todavía transita: el de ayudar a los posesos que sufren al Maligno, como él mismo lo define. Al conocer a María Laura, Spahn empezó a entender que Dios a veces permite males para lograr bienes mayores. Lo dice hoy, después de más de, si se quiere, cien, 200, o 300 exorcismos realizados desde entonces, tal vez. Qué más da. Fueron tantos que dejó de contarlos.

“Dios me metió en este camino sin que yo lo buscara”, dice desde la parroquia de Lucas González, un pueblo cercano a Nogoyá. Cuenta que fue hasta la casa de María Laura acompañado por su jefe de entonces, el párroco Máximo Hergenreder. La encontraron acostada en una cama, con toallas en la cara, rodeada por muchas personas y sujetada por otras. Apenas ingresaron, la chica empezó a mirarlos con una intensidad que los incomodaba.

“No sabía cómo manejar el caso, porque para hacer algo a nivel de exorcismo y cosas así uno tiene que especializarse en el tema”, dice Spahn, que por entonces era apenas un vicario sin mayor experiencia.

En la habitación de María Laura, Spahn, todavía un poco asustado, se dirigió a la madre de la chica, la mujer con la que había hablado por teléfono.

– ¿Por qué tiene toallas?
– Porque le damos agua, la toma, y si le pongo unas gotitas de agua bendita sin decir nada, la escupe.

“Entonces me acerco y empiezo a hablar. No me contestaba, me ignoraba. Hasta que empezó a hablar, pero en inglés, con una cierta fuerza de voz. La nena había hecho la escuela estatal y no conocía el inglés, nadie sabía por qué hablaba en inglés”, cuenta el cura.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Me acuerdo del rock


1) Me acuerdo del vinilo de Socorro! que escuchábamos en el tocadiscos de la casa de mis viejos. También me gustaba uno de grandes éxitos de Abba. 

2) Mi viejo dejó de escuchar a Los Beatles en el 67. Ese año dejó de comprar sus discos. Mi viejo nació pocos días después que Spinetta. 

3) Él me regaló los primeros discos: Use your Illusion, Get a Grip, The Miracle, Wembley 86. Siempre me hacía prometer que me iba a ir bien en la escuela.

4) Cuando compramos un equipo para escuchar CDs lo primero que tuvimos fue El amor después del amor y Greatest Hits y Sheer Heart Attack de Queen.

5) Al Grandes Éxitos II de Queen lo teníamos en casete. Cuando lo compramos, mi hermana lo escuchó en un walkman y me relató las canciones a medida que las escuchaba con auriculares. 

6) Mi hermana encargaba casetes con los temas del momento. Un mediodía, yendo al lago de Salto Grande, le dije, horrorizado, “¿Cómo podés escuchar esto?”. Era “Un poco de amor francés”.

7) La casa de mi amigo Nicolás tenía una pieza que servía como escritorio para hacer la tarea. Ahí, una vez, pusieron el disco Imagine. La banda sonora, no el disco del 71. 

8) Me acuerdo que éramos cinco. Todos hablábamos. Yo dejé de prestar atención a la charla cuando empezó “Strawberry Fields Forever”. Ese día me hice fan de Los Beatles. 

9) En 1993 alquilé Tango Feroz. Llevé el video al colegio para devolverlo después de salir. Mi maestra lo descubrió, me lo quitó y llevó a todo el quinto grado a la iglesia de la escuela. Ahí nos habló de lo mal que estaba ver ese tipo de películas. 

10) Me acuerdo que cuando estaba en cuarto año cambié Sheer Heart Attack por Help!. Mi hermana nunca lo supo. 

11) Mi hermana todavía se burla cuando se acuerda de la tarde que vendí cuatro CDs por 5 pesos cada uno en la disquería Le Boom: Get a Grip, Use your Illusion I, Thriller y Dangerous. Con la plata que junté me compré In Utero en el mismo local. 

12) A Nevermind lo grabé en un TDK. Mientras lo pasaba desde el CD el sol bajaba y la pieza se iba quedando a oscuras. Yo seguía sentado frente al grabador.

13) En el casete de The Simpsons Sing the Blues que me regalaron mis tíos recién casados grabé Valentín Alsina de un lado y Volvió la alegría, vieja del otro. 

14) Me acuerdo que grababa temas de la radio. Los escuché tanto que todavía tengo los enganches en la cabeza.

15) Por ejemplo, cuando escucho la canción “Peperina” todavía me resuena el aplauso que hizo un locutor después de pasarla en su programa. Fue su manera de decir “esta música es superior”. Ese locutor ahora es anticuarentena y antivacunas. 

16) O cuando enganché la voz de Charly y apreté rec. En el casete quedó así: “anción queeee… le gusta mucho a todo el mundo. Sobre todo a los muertos”. 

17) En 1997 una radio de Concordia organizó un sorteo. El premio era un viaje a Buenos Aires, estadía y entrada para ver el último recital de Soda Stereo. Había que llenar cupones que se retiraban en un local de Kodak. Mandé 440 cupones. No gané. 

18) Me acuerdo que por esa época, Daniel, un profesor de matemática que vivía en la esquina de mi casa, me grabó The Wall en casete. Yo le presté el CD de The Piper at the Gates of Dawn. 

19) Me acuerdo que la tele era más rockera a fines de los 80 y principios de los 90. Telefe pasaba recitales: Genesis en Wembley, Guns N Roses, Elton John, Bon Jovi, los Stones. 

20) Veíamos Rock & Pepsi, que pasaba varios videos y un especial final con clips cortados. También veíamos Sábado taquilla, un ranking de la televisión chilena.

21) Me acuerdo del Tributo a Freddie Mercury conducido por Badía, BB Sanzo y Octavio de Jugate Conmigo.

22) MTV no llegaba a Concordia. Llegaba MuchMusic. 

23) Cuando Musimundo se instaló en la peatonal, el centro de la ciudad ya tenía cuatro disquerías en cinco cuadras. En una vendían instrumentos. Uno de los empleados era igual a Alejandro Medina. 

24) Me acuerdo de pararme frente a las vidrieras de las disquerías y elegir con la mirada los discos que hubiese comprado de haber tenido plata. 

25) En una disquería compré Pulse de Pink Floyd. Le di 42 pesos al disquero. “Te dije 44”, me respondió. Su disco favorito era The Final Cut.

26) 42 pesos costó el doble de Spinetta y Los Socios del Desierto. Lo compré después de verlos en vivo en Córdoba el 2 de agosto de 1997.

27) Entré a una de las disquerías de la peatonal cuando sonaba Gol de mujer, “el nuevo de Divididos”. Me quedé parado escuchando con los empleados y el resto de los clientes. En “Niño hereje” nos cagamos de risa. 

28) Cuando me compré In Rock el dueño de la disquería me dijo “No es para regalo, ¿no? Deep Purple es para uno”. 

29) En Musimundo te daban un par de auriculares en el mostrador para escuchar el disco que elegías. Así escuché La esquina del infinito. 

30) Me acuerdo de la tapa de ese disco en la revista La García. La compraba todos los jueves. Costaba 2 pesos.

31) Rolling Stone costaba $4,50. Le pedía plata a mi vieja todos los meses para comprarla. 

32) Me acuerdo de una página de la revista Viva. De un lado Charly, del otro Spinetta. A uno lo mataban, a otro lo elogiaban.

33) El Sí los viernes. El No los jueves.

34) Me acuerdo del VHS Rock Nacional 30 años que venía con el número especial de la revista Gente. 

35) Me acuerdo de Fito diciendo en ese video que escuchó jugo de lucuma chorreando en mí, patas de mueble de bronce caminan ya, y que se volvió loco

36) De Pettinato diciendo Luca lo ahogaba todo en ginebra para que la gente no pensara que era un León Gieco o un Bob Dylan.

37) De Pappo diciendo que con el primer Pappo’s Blues había momentos en los que tocaban jazz.

38) A Pappo lo vi una vez en Concordia. El 24 de abril de 2000. En Oktubre, un pub que después fue heladería.

39) Fui solo porque nadie me quiso acompañar. Mis amigos no escuchaban a Pappo. 

40) La primera vez que entré a Oktubre estaban pasando "People are Strange" de los Doors. Ese día sentí por primera vez que había un lugar donde se juntaba gente con los mismos gustos que yo tenía. 

41) En Oktubre siempre musicalizaban con los mismos CDs. Todos sabían cuando venía un tema que saltaba.  

42) Los pósters en mi pieza durante el último año de la secundaria: afiche El Auto Rojo Pappo en Concordia, Charly tirándose del noveno piso, Spinetta época Pelusón, Indio y Skay en el Patinodromo de Mar del Plata mirándose las caras, Charly presidente con la banda, el brazalete y un tridente.

43) Me acuerdo del funeral de Pappo. Yo miraba por televisión desde Cafayate. 

44) Me acuerdo del buzo de algodón que me regaló mi amigo Nicolás. Era negro, de mangas largas, apropiado para lucir alguna consigna metalera. Tenía la cara de Charly en blanco y negro. 

45) Tenía puesto ese buzo cuando fui a la puerta de un hotel de Rosario a esperar que saliera Fito Páez. 

46) Primero salió Gonzalo Aloras vestido de plateado. Nadie le habló.

47) Fito apareció de jean y remera blanca. Lo aplaudimos. “¿Qué aplauden?”, nos dijo. 

48) Mi primera remera rockera: Nirvana. La primera vez que la usé una chica señaló la cara de Kurt y me sonrió. 

49) Otras remeras: Narigón del siglo, Abbey Road, Dark Side of the Moon, Luzbelito. 

50) Me acuerdo cuando fui a Lee Chi, en Salta, y dije quiero una remera de los Stones que no me haga parecer un fan de La 25. 

51) También usé mucho una mochila negra con la tapa de 40 dibujos ahí en el piso. Las tiras se cortaban a cada rato.

52) Me acuerdo cuando quise sacar un pasaje a Córdoba. No había porque “todos” estaban “yendo a ver a los Redondos”. Yo también.

53) Me acuerdo de que tampoco había pasajes desde Santa Fe. Tuve que combinar Concordia-Rosario-Córdoba. Llegué a Rosario diez minutos antes de que saliera el segundo colectivo que tenía que tomar. 

54) En ese recital muchos empezaron a irse después de "Ji ji ji". Volvieron corriendo cuando la banda salió a tocar una más. Fue la última de su historia.

55) Una vez viajé a ver a Charly a Santa Fe y perdí el colectivo porque me quedé leyendo el Sí de Clarín en la terminal. No levanté la vista y el colectivo llegó, cargó y se fue. Lo corrí en un taxi. 

56) Esa noche Charly tocó en Unión. Llegó dos o tres horas tarde. Tocó tres horas. Hizo dos veces “Promesas sobre el bidet”. Hizo “Rain” de Los Beatles en castellano. Hizo la versión rockera de “Los dinosaurios”. Revoleó una bandeja de empanadas a la gente. 

57) En Cosquín Rock, un recital de Almafuerte me pareció uno de los momentos más sinceros y transparentes que vi en mi vida gracias a un Iorio errático que logró recomponerse.

58) Me acuerdo de ver a Los Natas tocando en Tafí del Valle un día de tormenta. No había más de 100 personas. 

59) Una mañana, yendo en colectivo al centro de Rosario, conocí una chica de Tierra del Fuego que se nos acercó a mí y a un amigo porque nos escuchó hablar de Spinetta. "¿A ustedes les gusta Spinetta? Nunca conocí a alguien que le guste Spinetta", nos dijo.

60) Una vez en Córdoba fui a ver El Otro Yo de sandalias. Me puse a hacer pogo y me dolieron los pies dos días seguidos. 

61) Me acuerdo de Charly tocando en la plaza Independencia de Tucumán. Había dos tipos que lo sostenían desde atrás para que no se cayera del piano.

62) Me acuerdo de Cerati en el anfiteatro de Rosario, re caliente parando todo porque el sonido fallaba en “Engaña”. 

63) En 2006 fui a ver a Divididos al Estadio Delmi de Salta. Me acuerdo que me senté en la platea en plan “hoy miro tranquilo, como un adulto”. Tenía a Los Nocheros en la fila de adelante. Me acuerdo que hablaban de la banda y tiraban info equivocada.

64) El primer tema de esa noche fue “Nextweek”. Salí corriendo de inmediato, pensando que había sido un idiota por pretender quedarme sentado. 

65) En un recital de 2 Minutos en Vorterix forcejeé con un punga que me quiso chorear la billetera. Nunca le vi la cara pero le gané por cansancio. 

66) En Olavarría me encontré con mi amigo Tomás. Anduvimos todo el día con las mochilas a cuestas. Fuimos a ver un documental ricotero y a varios bares para aprovechar el WiFi. A la noche pedimos cartones en un kiosco para usar de colchón en la carpa. 

67) Una vez en Concordia vi a Las Pelotas de pepa. Durante el recital pensé que estaba bajo techo y solo, pero era al aire libre y estaba lleno. La cara de Daffunchio se estiraba y se combinaba con las luces. Mi amiga Victoria agarró caca de perro pensando que era un chocolate. 

68) Me acuerdo una tarde de los 90 en Musimundo. El pibe que me hacía bullying en la primaria miraba la tapa del Obras Cumbres de Sumo y decía “¿Este es Mollo?". Yo sabía y él no.

69) El 12 de octubre de 1996 terminé de juntar 22 pesos en monedas y compré el CD de Luzbelito.

70) Me acuerdo que una mañana me encaró uno en la escuela: robamos en la disquería Le Boom. ¿Qué CD querés? Me lleve Plastic Ono Band.

71) Me acuerdo cuando viajamos a Federación a pasar un fin de semana con mis amigos. Cocinamos milanesas y vimos un partido de la selección. Batistuta hizo un gol. Me fui un día antes que ellos para ahorrar la plata que necesitaba para comprar Clandestino de Manu Chao. 

72) La organización de la Feria Provincial de Ciencias que se hizo en Paraná daba vales de comida a dos integrantes de cada grupo. Yo era el tercero y tenía que pagarme todo. Cuando faltaban dos días me gasté toda la plata que me quedaba en la edición 30 aniversario del Álbum Blanco. Ese mediodía no almorcé. A la tarde una profesora me dijo “conseguí vales para vos”. 

73) En el viaje a Bariloche no compré chocolates ni remeras. Compré Yo no quiero volverme tan loco de Serú Girán y Yo soy el Diego, la autobiografía de Maradona. 

74) El 16 de marzo de 1999 me compré Magical Mistery Tour en Musimundo. Me acuerdo porque era el cumpleaños de la vecina de un amigo. La pasamos a saludar. Yo tenía el disco en la mano. 


Lista inspirada en Me acuerdo, de Martín Kohan, que a su vez está inspirado en los libros de Joe Brainard y Georges Perec.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Una conexión profunda

 Foto: Guido Adler.

Por fin, después de casi ocho meses, Fito Páez pudo presentar La conquista del espacio, su último disco. Fue anoche en el Movistar Arena de Buenos Aires en un concierto vía streaming que estuvo a la altura de las expectativas. El recital fue una especie de revancha luego de la suspensión del show del 13 de marzo pasado en el hipódromo de Rosario.

De todas maneras esta actuación virtual no compensa aquella suspensión rosarina que Fito ya prometió que se realizará tarde o temprano. La demora tuvo sus ventajas, como permitir que lxs fans pudieran asimilar por completo las canciones del nuevo disco, el mejor desde Confiá (2010) y uno de los puntos más altos de la carrera del Fito siglo XXI.

Otra de las ventajas fue que por la cuarentena Fito pudo cuidar más su voz y no someterla al ajetreo habitual de conciertos que en plena gira le impiden recuperarse del todo. Anoche se lo escuchó muy bien, sin necesidad de padecer odiseas vocales en busca de la nota perdida, como sucedió en su presentación en el festival de Cosquín, el de folclore, en enero de este año.

                     

“Ojalá sea un concierto inolvidable”, dijo Fito apenas empezó y por momentos lo fue. Todo estuvo preparado para la más alta calidad. A medida que avanzaba, la transmisión pedía de antemano su futura edición como película oficial. La buena combinación de cámaras, la escenografía y lo ajustado del show logró una excelente jornada de 17 canciones en una hora y media.

Como era de esperarse, el vivo le sentó muy bien a los temas del disco nuevo. En especial el tono rockero de “Las cosas que me hacen bien”, con links a “El chico de la tapa” y a “Let’s Spend the Night Together” de los Stones. En el otro extremo, la inquietante “La canción de las bestias” mostró a Fito en gran forma vocal en esa pieza acústica que comienza como “Dust in the Wind” de Kansas y termina como si fuera un cuento de Mariana Enriquez.

No fueron tantas las canciones nuevas que sonaron. A las dos ya mencionadas hay que agregarles “La conquista del espacio”, que abrió el concierto, y la ganchera “Maelström”, el último corte. Claro que esta vez faltó la gente para corear el estribillo y ahí estaba una de las grandes dudas de la noche: cómo iba a hacer Fito para llevar adelante un show de estadios sin público. La inmensidad de las butacas vacías fue bien cubierta por la oscuridad y las pantallas pero nunca dejó de percibirse la ausencia, que era más sonora que visual. La falta de público se notaba en los finales de las canciones, no sólo por la falta de aplausos sino por el silencio posterior, coronado quizás por alguna tos del staff y por los elogios de Fito para sus músicxs, algo que le daba una sensación más de ensayo o evento íntimo. Sin embargo Fito logró dominar al monstruo invisible la mayoría de las veces. Acostumbrado a la interacción, pidió que la gente apagara las luces de sus habitaciones y abriera las ventanas para acortar las distancias de esa manera. La gente respondió en diferido, por redes sociales.

Quizás el mejor momento de la noche haya sido “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, con un aporte excelente de Nathy Peluso en el escenario. También una potente “Naturaleza sangre”. La sorpresa fue una versión de “Circo Beat” bien rockera. La fidelidad de la transmisión permitió captar matices que en persona en un recinto se escapan y contribuyó a realzar la canción. Porque lo que Fito perdió al no tener la intensidad del cara a cara lo ganó en calidad de sonido y eficacia.

El show decayó un poco en los últimos cinco temas: “Brillante sobre el mic”, “Ciudad de pobres corazones”, “A rodar la vida”, “Dar es dar” y “Mariposa tecknicolor”. El problema fue la elección de canciones, no su interpretación. Se trata del repertorio habitual de los conciertos de Fito, piezas revisitadas hasta el hartazgo incluso por las personas que no suelen ir a sus recitales. Una falta de sorpresa que pudo haber provocado que más de unx empezara a mirar su teléfono. Lo curioso es que unas horas antes, en el programa Morfi, de Telefe, Fito había tocado varios temas fuera de libreto como “Normal 1” y “Canción de amor mientras tanto”. El rosarino quizás no se da cuenta de que a sus fans las canciones que no hace les gustan tanto como las que hace siempre. Con más de treinta años de clásicos, sólo elige un puñado, y eso resulta limitante. Podría lograr conciertos memorables con sólo apelar a su propia historia.

martes, 27 de octubre de 2020

Cada vez que pienso en Wos, fue amor, fue amor

Foto: Danny Clinch

En la entrevista publicada en el último número de Rolling Stone Bruce Springsteen brinda por el rock & roll "o lo que queda de él”. Digamos que con Letter To You el viejo Bruce firmó un cheque para renovar el alquiler por algunos años más. Realizó un aporte para que lo que queda del rock & roll no sean sólo bandas tributo y reediciones en vinilo. El disco, que salió el viernes pero fue grabado en noviembre del año pasado, es una inyección emocional que alimenta las vidas marcadas por ese género en decadencia que en realidad es más bien un estilo de vida, una forma de mirar el mundo. Un monstruo que durante varias décadas se fagocitó todo lo que tenía adelante y ahora flaquea hacia las bateas del costado como alguien que envejeció y ya nadie presta atención. ¿Es tan así? No sé, pero el disco de Springsteen te devuelve a los días en los que el rock no era solamente la banda de sonido sino el troll del mundo. El que incomodaba y molestaba a todos los demás al decir lo que otros callaban. Mostraba una apertura hacia un camino diferente basado en el amor y la expansión de los sentidos. Y todo sostenido con muy pero muy buena música. “House Of A Thousand Guitars” es el núcleo del disco porque habla un poco de esa época. Reconoce que el rock ya no está más en todos lados sino en algún lugar que cada uno sabrá crear para sí. Un espacio donde esos sentimientos y esa emoción todavía se perciban. Es una canción sorprendente por la carga emotiva que tiene. Un tema no me emocionaba de esa manera desde que el Indio Solari sacó El tesoro de los inocentes en diciembre de 2004. “El tesoro de los inocentes”, el tema, sorprendía porque nos mostraba que el Indio después de los Redondos todavía podía extraer tu piel y dejarte desprotegido y vulnerable. En este disco, y en esta canción especialmente, Springsteen logra lo mismo. 

“House Of A Thousand Guitars” no será la última canción que servirá para rememorar momentos rockeros que ya pasaron o abordar la fascinación por la música. Todos los temas que repasan esa idea muestran que lo importante es tener adonde ir. El rock era eso: sirvió como refugio ideológico a la hora de pensar, refugio físico cuando había que reunirse y refugio sensorial cuando hubo que combinarlo con el cuerpo en forma de música, en forma de pogo o de lágrimas de alegría y emoción. Todo eso genera el nuevo disco de Bruce Springsteen y al mismo tiempo provoca el miedo que él mismo sintió cuando lo compuso. La desaparición del rock como lo conocíamos quizás implique también la muerte de nuestra identidad. Porque todo eso se va y hay algo en Wos que está empezando a asustarnos. El saber que ese lugar a donde íbamos desaparece y nosotros también con él. Porque uno puede adaptarse a todo pero los orígenes no se cambian sino que se reconocen. A veces aparecen y te hacen sentir en casa. Me sentí parte cuando vi a Ricardo Iorio golpeándose el pecho sobre el escenario en un concierto que no parecía tener buen final y logró ser maravilloso. Cuando vi a una chica intentando salir del sector más caliente del Teatro de Flores la noche que Los Espíritus presentaban Agua Ardiente hace unos pocos años. Su cara de extasiada por la música, su aspecto joven, de veintipocos, con remera blanca de cuello amplio que le dejaba ver parte de un pecho brilloso por la transpiración, me ratificaron la intensidad de la noche y me confirmaron que estaba en el lugar correcto.

De todas maneras uno no se resigna a entregar las banderas. A veces me río cuando dicen que el rock es de una época pasada porque si algo o alguien me enseñó de aborto legal salió de ahí y no fue hace dos años. Pero siempre existen las confusiones y las ideas cruzadas y hasta los eventuales defensores del eterno retorno, que a diferencia de Springsteeen no quieren hacer algo nuevo que suene con el espíritu de aquello sino que pretenden que todo sea como antes y que suenen las mismas canciones todos los días. Que La Renga termine todos los recitales con “Hablando de la libertad”, que el ritual no se altere. Eso es más aburrido que comer pollo hervido con zapallo durante un mes y medio, y miren que lo hice, cociné ese menú a diario durante ese lapso determinado y no me aburrí tanto como cada vez que voy a ver a Fito Páez y veo que sus conciertos se cierran con “Y dale alegría a mi corazón”. Creo que era Adrián Dárgelos en una revista La Mano el que decía que se decepcionó con un músico -no recuerdo cuál- porque fumaba mientras cantaba y eso le hacía pensar que estaba presenciando el concierto de un oficinista, alguien que estaba ahí porque no le quedaba otra, porque peor sería ir a laburar en algo distinto y peor pagado. Bueno, hay una diferencia entre las cosas de verdad y lo real, lo que sucede frente a nuestros ojos pero que en realidad está vació. ¿No son eso los conciertos tributo? La representación de lo que ya pasó y queremos que vuelva. Pero no son las canciones, porque las canciones están ahí en Spotify para que las escuchemos de nuevo cuando tengamos ganas, y encima mucho mejor tocadas que cuatro ladrones lookeados que cobran para hacer temas de otros hasta cuando lo hacen por streaming. Lo que queremos que vuelva es la vida que tuvimos. Alguien que está contento con su presente jamás podría disfrutar de una banda tributo. 

El problema de tratar al rock como un dogma es que impone límites muy rápidamente y al rock hay que dejarlo suelto para que llegue adonde quiera, como una semilla que sale volando y termina en un lugar inesperado. Así se producen los milagros, que a veces son discos, otras son canciones, por ahí son conciertos y para mí ahora se llama Bruce Springsteen. 

                      

jueves, 24 de septiembre de 2020

Desconectados


José María Leguizamón subía todos los días al altillo de su casa de calle Alberdi. Cada tarde, a las seis, después de trabajar, ponía una tira plástica en la puerta para que nadie lo molestara y se encerraba a escuchar música.

Leguizamón tomaba cerveza negra, comía un poco de queso y escuchaba a Bach, Beethoven y Mozart hasta las nueve de la noche. Su hijo Gustavo lo acompañaba. Durante esas tardes, el Cuchi descubrió a Stravinsky. Quedó tan fascinado con el músico ruso que pidió prestado la “Sinfonía de los Salmos” a un amigo que trabajaba en una radio. Eran épocas en las que comprar un disco en Salta “era más o menos como querer descubrir América”.

El Cuchi recordó esos momentos en el diario La Opinión. Allí reveló que él y su padre se volvieron locos cuando un cura amigo llegó a la casa con un disco que tenía música del compositor italiano Giovanni Pierluigi da Palestrina. Comenzaron a escucharlo el viernes, lo dejaron recién el lunes. Nunca se cansaban.

En algunas veladas eran tres en el altillo. A veces se agregaba la perra, que lloraba dulcemente en los agudos.

                     

Publicado en la revista Rock Salta en 2017