jueves, 14 de octubre de 2021

Yamile Burich: el jazz en la calle

(Foto: Cidade Nuvem - Facebook Yamile Burich)

Yo no nací en Salta, yo nací en Santa Fe. A los dos años nos fuimos a vivir a Tartagal porque mi papá consiguió un trabajo ahí. Trabajaba en una empresa petrolera que se llamaba (duda)… BG, algo así. Una empresa de esas que venían, rompían y se llevaban todo calladitos. Hubo una época como de resplandor, viste, de mucha plata porque había trabajo. Pero después se llevan todo y dejan todo en la ruina. Y eso es lo que hicieron. Después ahí empezaron los piqueteros, la pobreza, las inundaciones y la soja. Es una parte argentina muy sufrida… Desgastada, digamos. Ahí estaban mis tíos, mis tías, mis primos. Toda mi familia estaba ahí. Ahí arranqué a estudiar piano.

Empecé a estudiar piano a los cinco años, ponele. Soy del 79. Me re acuerdo de Tartagal, me acuerdo de la plaza, me acuerdo los mangos. Viste que hace un calor terrible. ¿Conocés Tartagal? Hace un calor espantoso. Era alucinante. Pasa que los recuerdos de la infancia son como un poco oníricos, porque volví a Tartagal y… claro, era otra imagen totalmente opuesta a la que yo tenía de niña (se ríe). Fue muy flashero. Yo tengo muchos primos, tíos. Mi mama era salteña. Mi mamá tenía nueve hermanos, era la novena (se ríe). Era una familia siria. Muchos viven en Pocitos, en Tartagal, Metán, Orán.

Mi papá tocaba un poco, así medio amateur. A mi mamá la habían mandado de chica a estudiar, como una costumbre. Y yo quise ir, no es que a mí me mandaron. Mi mamá siempre repetía que yo de chiquita, de cinco años, le dije «quiero ir a estudiar piano». Iba todos los días a una maestra, que encima era la mamá de un compañero mío del colegio, de jardín (risas). Entonces nos íbamos a jugar a su casa y yo tomaba mi clase de piano, solfeo. Todos los días. Aprendí a leer música antes que a leer y a escribir, porque tenía cinco años. Y nunca dejé. Todo el tiempo que viví en Tartagal iba a piano. Hacía todos los exámenes. A fin de año venía un profesor de Buenos Aires, eso pasaba en los conservatorios chiquitos de pueblo.

A los diez años, más o menos, nos mudamos a Salta Capital. Ahí hice toda mi secundaria y empecé a tocar en la Escuela de Música, que antiguamente estaba en la Zuviría. Debo tener un título, un título de no sé qué. En primero o segundo año de la secundaria empecé a estudiar saxo. Y después, a los trece o catorce, tocaba con una banda de covers, La Revival. Al cantante lo había conocido en la iglesia porque yo era maestra de catequesis (no aguanta la risa) y él era como monaguillo, cantaba. Entonces él me invitó ahí, en la Santa Cruz, la iglesia esa que está en la Santa Fe. Yo vivía por ahí. Y nada, me invitó: «Tengo una banda», no sé qué. Yo no sé si me invitó porque me quería chamuyar, pero la cuestión es que fui y los chicos se coparon y empecé a tocar. Los chicos eran una masa, eran súper buena onda.

Había un pub en esa época, que después creo que es el que compraron Los Nocheros, que estaba sobre la Balcarce pero abajo. Yo Juan se llamaba. Antes de la plaza donde está la Legislatura. Ahí tocaba La Revival. Te estoy diciendo 95, eh. Millones de años. Tocaba en el Open, en todos los pubs. Recién inauguraban el shopping, imaginate hace cuánto te estoy hablando. Yo toqué en la inauguración del shopping en la plaza de estacionamiento, con Los Rancheros. Hay un video de eso. Año 93, 94, no sé. La Balcarce no existía en esa época. La Cerveza Salta nos auspiciaba y empecé a girar por todo el interior de Salta: Metán, Pichanal, Embarcación, Orán, Tartagal. Tocábamos en eventos, en fiestas. Así empecé a tocar yo. Rock. Sumo, Dire Straits, los Redonditos, Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes. Repertorio de fiestas. Yo sacaba todos los solos de saxo, pero era copiar los solos que había. Me iba de gira: Jujuy, la Serenata a Cafayate, Metrópoli, esos boliches que había en esa época. Tocábamos para la fiesta de los estudiantes, para la fiesta de no sé qué. Y yo viajaba. Viajaba en combi. Salía en la tele, volvía de tocar en el Open tipo dos de la mañana, tres. Y tenía quince años… Toco madera: jamás me pasó absolutamente nada. Yo lo único que quería hacer era tocar, era lo único que me interesaba en la vida.

En el colegio se enteraron que tocaba y me citaron para decirme que estaba mal lo que estaba haciendo, que yo era inteligente, que tendría que dedicarme a otra cosa. ¡Todo mal! Era un bajón la secundaria. Iba al Santa Rosa. Lo dejé y lo rendí libre después. Era un bajón, un horror. Pero bueno, era lo que había en esa época. No encajaba. Era una demente. Aparte de que yo no encajaba, estaba mal visto lo que yo estaba haciendo. Era impensado una mujer en esa época tocando el saxo. Tenía mis amigos de la Escuela de Música y ahí me encontraba un poco. No estaba tan descolocada como en un colegio de monjas.

martes, 5 de octubre de 2021

Bob Dylan también lo sabe

 

En la vida no hay que tener expectativas. Pensé que la frase la había dicho Bob Dylan en el documental de la Rolling Thunder Revue pero no la encontré cuando repasé (así nomás) la película para chequear el dato. Me acordé de la frase cuando escuché las canciones de los Redondos que subió el Indio Solari la semana pasada. Esas versiones, descartadas de las sesiones de Luzbelito, no están a la altura de la leyenda. “Quema el celo”, que, como todos sabemos, siempre se llamó “Qué mal celo” en las grabaciones piratas, suena vacía a pesar de tener caños y la banda completa. El Indio canta casi de memoria, para cumplir. Parece que no quiere levantar la voz para no molestar a los vecinos. Y falta otra guitarra. O, al menos, que Skay haga algo distinto con la suya cuando el grupo de caños avanza con el riff.

            

Mi versión preferida sigue siendo, como hace años, la del Teatro de San Telmo 1982. Ahí hay otra sustancia. No hay caños, para empezar, lo cual deja todo en manos de la guitarra. Algo obvio, porque ese riff no es para vientos. Es rock no Los Calzones Rotos. Además, el Indio exige su garganta. Y, se nota, el baterista no es Walter. Para colmo, inmediatamente después llega un monólogo genial que empieza diciendo “Queridas margaritas…”. 

El otro tema que apareció la semana pasada es “Rock de las abejas”. Si me apuran, top 10 de temas de los Redondos. Esta versión está mejor, aunque -otra vez- cuando aparecen los caños la cosa se pone rara. Teniendo en cuenta ese detalle resulta increíble lo bien que funcionaron los vientos (de los brasileros Metaleira Mantequeira) en “Mariposa Pontiac/Rock del país” y en “Blues de la libertad”. O quizás sólo sea costumbre. Como sea, en “Rock de las abejas” suenan mejor que en "Quema el celo", pero promediando la canción ya aparecen demasiado y todo suena a late night show. Uno espera que Roberto Pettinato aparezca bailando en cualquier momento para comenzar con un monólogo que no sería precisamente como los de Enrique Symns o el Mufercho. ¿Eso también pasa en Luzbelito y nunca lo pensé? 

                               

              

Obviamente es muy difícil que estas versiones superen a las que escuchamos durante décadas. “Rock de las abejas” es una de las canciones clave de los Paladium 86. Creo que ahí está la toma definitiva del tema. ¿Tanto cuesta editar ese recital de manera oficial? Un par de repasadas digitales para pulir las telarañas de sonido y vamo arriba. Si tienen ganas, una edición física con librito y todo. Sería una alegría. Pero no. Difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo. 

Otro recital que sería glorioso ver editado de forma oficial sería el del 23 de mayo de 1998 en Villa María. Un recital que, parece (no fui, la vida es una mierda), mantuvo el fuego encendido con una lista inapelable. “Rock de las abejas” sonó esa noche en una versión ya diferente a la del 86 pero más rockera que la grabada en Brasil. El audio lo muestra aunque es un poco molesto el coro de la gente sobre el riff porque básicamente eso se disfruta cuando no se oye. Es decir, cuando estás ahí en el recital y todo está sonando fuertísimo, la banda está a pleno, la gente salta y agita y todo lo que vivís pasa a guardarse en la memoria para siempre, ni te das cuenta de que estás diciendo “oohh ohhh ohh” de manera desafinada como un pelotudo. No te escuchás. No te escuchan. Nadie se escucha. El problema es cuando le das play al casete al otro día. O 24 años después. Pero debajo de esa capa de acompañamiento gutural zombi hay una banda interesante, lo juro. 

            

Entonces estoy feliz y enojado, como el meme, por haber escuchado estas versiones que esperé durante mucho tiempo. Aún las espero, en realidad, porque está claro que necesitan un contexto mejor que dos links de YouTube para brillar. Ojalá que aparezcan todas las demás que todavía tienen guardadas. Lo bueno es que ya no voy a tener expectativas cuando eso suceda y seguro me voy a sorprender para bien, como me pasó el sábado al darle play al “Official Bootleg” de Neil Young grabado la noche del viernes 4 de diciembre de 1970 en el Carnegie Hall de Nueva York. 

Ni siquiera sabía que se había publicado ese pirata de manera oficial (¿ven que no es tan difícil?). Simplemente fui a la cuenta de Neil Young en Spotify, como hago cada tanto, y me topé con ese “último lanzamiento” increíble que pasó a ser uno de mis discos preferidos del año. Me parece mejor que estar obligado a elegir lo mejor de una temporada -esta- que no me interesa tanto. ¿Por qué mi “álbum del año” tiene que ser uno de canciones nuevas o creado entre enero y esta mañana? De hecho, mi disco favorito del 2021 es Broken English, de Marianne Faithfull, que salió en 1979 pero yo conocí hace algunos meses. Bendito el desconocimiento que desprecian los snobs porque me permite sorprenderme a cada paso.

              

               

¿De qué sirve enterarse de las cosas en el mismo momento en el que ocurren? Preferiría leer el diario al día siguiente para ver todo resumido, más o menos chequeado y explicado en lugar de estar bombardeado a cada rato por tuits, flashes y últimos momentos que podrían aparecer mañana o la semana que viene y no me importaría. Noticias “urgentes” que usan los medios grandes para tapar otros asuntos y evadir ciertas discusiones. Jacobo Timerman decía que diez noticias en un día son útiles y comprensibles; cien, soportables; mil, abrumadoras, incomprensibles e innecesarias. Yo creo que diez noticias en un día ya son insoportables. Lo mismo pasa con los discos y las canciones. No tengo necesidad de conocer los últimos lanzamientos de cada viernes. De hecho, no me importan. Las canciones aparecen, se quedan o se van, pero no estoy ni quiero estar pendiente de ellas como si fueran el turno para el dentista o el vencimiento del monotributo. Además, todavía tenemos miles de canciones y de discos de años anteriores que todavía no escuchamos tanto. ¡O escuchamos mal! Esa fue la sensación al leer el segundo tomo de Esta noche toca Charly, libro extraordinario de Roque Di Pietro. Charly García hecho un bardo trágico a punto de estrellarse pero sacando una idea tras otra. Muchas de ellas, buenísimas, sorprendentes, desafiantes. Escucho a Charly desde hace 25 años pero a veces siento que todavía no lo escuché del todo. Prefiero seguir descubriendo sus discos antes que darle play a otra banda “con influencias urbanas que compuso su último single de manera urgente durante el período de aislamiento social”, como dice la gente de prensa cuando ya no sabe qué más escribir para completar una gacetilla.

             

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Casa de Piedra, el disco sahumerio de Fede Cabral

(Foto: Facebook Fede Cabral)

A mediados de marzo de 2020, cuando la cuarentena en todo el país era inminente, Fede Cabral estaba en las sierras cordobesas sin luz, sin internet y con un charango. El ex cantante de Sancamaleón había viajado para grabar en un lugar especial que lo había cautivado, una casa donde sintió la necesidad de registrar su música.

Casa de Piedra es el resultado de esa experiencia. Un trabajo breve de temas inéditos y versiones de sus álbumes anteriores que funciona como “un disco sahumerio”, como Fede va a definir en la entrevista que sigue a continuación. El clima de soledad y aislamiento y la rusticidad del ambiente se perciben y logran transmitir la energía profética que cargan las ocho canciones que están, de alguna manera, fuera del tiempo, como él mismo cantó, y también funcionan como espejo del encierro que todos vivimos en los últimos meses.

Casa de Piedra es el cuarto disco solista de Fede Cabral. Su debut fue el excelente Sí, de 2013, el álbum en el que ya se mostraba con un charango en la tapa. En este nuevo trabajo Fede se despoja del resto de la sonoridad pop que lo acompañaba desde entonces y se muestra casi desnudo, incluso desde un punto de vista espiritual, alejado de la sociedad pero con los pies en la tierra. Un álbum que para él mismo resultó un bálsamo en un 2020 que luego de la grabación resultó difícil por la enfermedad de Clari, su mujer, un obstáculo que pudieron superar junto a sus hijos. En esta entrevista, Fede habla del proceso del disco, de la experiencia en Córdoba y del significado inesperado de sus nuevas canciones.

           

jueves, 12 de agosto de 2021

Cómo se grabó 'Libertinaje', el disco que anticipó la crisis de 2001

Foto: Hernán Pepe (Rolling Stone)

“¿Será Libertinaje el disco que convierta a Bersuit en una banda popular en serio?”, preguntaba Rolling Stone en septiembre de 1998, pocos días después de la aparición del disco que cambió para siempre al grupo. Pasaron veinte años y aún se mantiene como un trabajo sólido que además asombra por las características que adquirió posteriormente. Se volvió casi un compilado de grandes éxitos y también una obra profética. “Sr. Cobranza” y “Se viene” definieron la época de hartazgo social que surgió en la segunda presidencia de Carlos Menem y anticiparon la explosión de 2001 que derribó al gobierno de Fernando de la Rúa.

Hasta 1998, Bersuit Vergarabat era una eterna promesa que nunca se concretaba. Llevaba diez años de carrera intermitente y acumulaba tres discos mediocres que no conseguían entusiasmar demasiado. Para colmo, la tendencia al reviente de los integrantes de la banda no contribuía a enderezar el camino. Necesitaron de la mano firme de Gustavo Santaolalla, el productor más importante del rock latino, para darle a Bersuit una vida que ya nadie pensaba que podría tener. Gustavo Cordera, que se alejó de Bersuit en 2008, tras veinte años como cantante y líder, reconoce que Libertinaje fue un cambio totalmente repentino en la vida de la banda. “Se veía venir, pero nadie imaginaba que iba a tener tanto éxito, salvo nosotros y Santaolalla”. Desde Los Angeles, el productor apoya esa idea: “Libertinaje soporta el paso del tiempo, como los grandes discos”.

En esta historia oral, los músicos recuerdan el camino recorrido hasta Libertinaje, destacan el trabajo fundamental de Santaolalla y hablan sobre la absurda medida del ya extinto Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), que se basó en la (hoy derogada) ley 22.285, promulgada por Jorge Rafael Videla, para intentar censurar “Señor Cobranza”.

miércoles, 4 de agosto de 2021

Veinte años sin los Redondos

Foto: Rolling

No sé bien cómo empezar a recordar, porque de alguna manera siempre los tengo presentes. Hay algo de ellos, de ese día, que jamás se fue y todavía se mantiene. Puedo, si cierro los ojos de manera innecesaria, ver una combi blanca que se acercaba por el costado izquierdo del escenario del Chateau Carreras, que estaba montado de manera horizontal, mirando hacia la tribuna techada. Puedo ver a un grupo pequeño de gente, no más de diez personas que se bajaban de la combi y caminaban hacia el backstage. Puedo ver la figura alta, altísima de Skay, con un saco o un sobretodo negro con el cuello levantado que le daba cierta silueta vampiresca gracias a sus orejas puntiagudas, o que a mí me parecían puntiagudas desde donde estaba, en una de las plateas altas, arriba, bastante cerca de las cabinas de transmisión. Puedo ver un estadio lleno y una ovación que crecía a medida que todos los que estábamos ahí nos dábamos cuenta de que la banda más grande del mundo estaba entre nosotros.

Perdón, les aclaro que no me voy a andar haciendo el objetivo en este texto que está saliendo así, como venga, un poco porque me corre el deadline y otro porque no sé si hace falta preparar tanto un artículo que habla de algo que tengo adentro desde hace tanto tiempo. Porque con cada canción que suena prácticamente todos los días, con cada remera que me pongo o que veo por la calle, con cada foto que el Indio sube a Instagram y con cada referencia en paredes, autos, tatuajes, libros, bares, revistas o eslóganes políticos que veo, siempre me acuerdo de ellos y de ese día, que fue el último.

Y lo veníamos venir. Unos meses antes, cuando el recital recién se anunciaba, las charlas rondaban por ahí. “Tenemos que ir porque puede ser el último”, decíamos. Había algo en el aire. Quizás los rumores del año anterior, quizás el bardo de River, con aquel demente que se puso a tajear a todos y terminó cagado a patadas. Algo nos decía que la cosa no iba a dar para mucho más.

jueves, 22 de julio de 2021

A Palo lo vi en vivo una sola vez y fue rarísimo. No estaba tocando, estaba recitando poesía con Miguel Grinberg. Palo recitaba como si Alejandra Pizarnik se hubiera apropiado de su cuerpo. Le temblaba la voz pero al mismo tiempo era potente, dramática. Surgía desde algún lado. No era como cuando cantaba, que avanzaba como si estuviera atajando gallos y sonaba más ansiosa, como si todo el tiempo estuviera cantando la última canción de su vida. Esa noche, en un bar de Palermo que no recuerdo cuál era, Palo estaba sentado frente a una mesa, con una mano tomaba el micrófono y con otro sostenía los papeles que leía. Grinberg escuchaba y esperaba su turno. Esa noche él fue el verdadero protagonista al terminar con un poema emocionante que lo dejó temblando, al borde de las lágrimas o quizás largando algunas. No lo sé porque no llegué a verlo a pesar de que estaba en primera o segunda fila. No me acuerdo con quién. Algún amigo, supongo. Solo pudieron ser tres. Hoy hablé con ellos. Estaban todos hechos mierda, sorprendidos por lo que había pasado con Palo, que estaba al lado de Grinberg y sí pudo ver su emoción de cerca. Recién me fijé en YouTube. Fue en Oreja Negra. El poema decía “no pidas perdón, la consigna es ser libre, el resto es lograrlo”. Ahora ese poema es para vos.


            

lunes, 12 de julio de 2021

Mirá de quién te burlaste (?)


Del blog al papel. En agosto se viene mi primer libro: Hay cosas peores que estar solo, la historia de Ciudad de pobres corazones, de Fito Páez. Publica Gourmet Musical. Estoy contento como delivery que se queda a festejar en casa ajena.