Los alrededores del velorio del Indio Solari, en Avellaneda, lucían como un mundo alternativo donde los personajes de sus canciones cobraban vida propia. Pero no era una fantasía. Era real. Porque los Redondos reflejaron un universo que se volvió parte de sus recitales. Hace casi cuarenta años que lo que suena en los escenarios y en los discos ligados al Indio es la versión musical y poética de lo que se ve abajo. Quizás aquel público intelectual de los comienzos era el que estaba fuera de lugar, después de todo. En Avellaneda había mujeres tan lindas que daban miedo. Tipos pesados que parecían no tener nada que perder. También chicas desamparadas o que habían regresado de mil infiernos. Las rodeaban niños rápidos y sujetos blandos listos para rendirse. Había viejos sin dientes y jóvenes susceptibles pasados de sustancias que podían reaccionar ante las miradas ambiguas. Había embaucadores y chiflados. Había bebidas baratas y un perfume a tormenta inevitable que no se desataba porque la necesidad de estar ahí para celebrar al Indio era más fuerte.
Ese mundo de personajes estaba en el velorio porque tras la separación de los Redondos se había decretado que Solari era el dueño de la épica. En él se sintetizó una continuidad conceptual que Skay Beilinson no pudo o no quiso conservar. Para muchos, la etapa de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado no tiene diferencias con la de los Redondos. Quizás por eso el Indio no suele ser nombrado como miembro del pelotón de solistas más importantes del rock argentino. Porque muchos todavía lo ven como el líder de una banda que nunca se terminó. Las noticias de estos días y las reacciones de la gente se mueven en esa lógica: para la mayoría, para cientos de miles de personas, muchas de las cuales asistieron a sus recitales y el domingo fueron a despedirlo, el Indio es Patricio Rey.
En esos ocho o diez kilómetros que había que recorrer para llegar hasta el ataúd, el público se movió sin saber muy bien qué hacer más que caminar hacia él. Como si estuvieran llamados a cumplir una misión. Algunos tardaron catorce horas en atravesar todo. En el medio intentaron recrear por última vez el rito del encuentro. Cantaron las canciones que sonaban en parlantes pequeños y grandes repartidos por toda la ciudad. Las tocaron en guitarras que no lograban escucharse porque el griterío era constante. Levantaron las banderas y los puños. Sabían que no lo iban a volver a hacer de la misma manera, con la misma euforia. Mientras el Indio todavía vivía al menos estaba la esperanza de que algún día regresara.
Pero él había ofrecido suficientes señales de que su tiempo en el escenario había terminado. Del “Yo sé que no puedo darte/ algo más que un par de promesas/ tics de la revolución/ implacable rocanrol”, de 1996, había pasado a “Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí”, de 2021. Y eso era algo que no parecía tenerlo en paz. Cualquiera que haya presenciado los dos recitales que Los Fundamentalistas brindaron en el Estadio Único de La Plata en diciembre de 2025 puede dar fe. En esas noches, las pantallas mostraban animaciones de hombres y animales atrapados. Seres siniestros encerrados que miraban con malicia. Algunos flotaban resignados y otros luchaban por salir. Ninguno lo conseguía. Además, al final de esos conciertos, el Indio apareció en un video grabado para dar un mensaje que sonaba mucho a una despedida.
Después de su último recital, en 2017, realizó varios intentos por trascender el encierro obligado. Fue holograma. Usó las pantallas de los escenarios para mostrarse en tomas grabadas en estudio. Participó de las redes de forma lúdica y brindó numerosas entrevistas. Hasta publicó una autobiografía monumental. En ese contexto de novedades puertas adentró estrenó “Encuentro con un ángel amateur”, el último himno indestructible de su extensa cosecha. La versión que todavía hacen Los Fundamentalistas, acompañada con imágenes del Indio en distintos recitales de todas las épocas, puede que sea el momento más emotivo de toda su carrera.
En 2024 realizó una jugada más. Publicó “Serenata de los santos fumadores”. La consideraba una de sus mejores canciones. La había escrito “varios años antes”, pero parecía hablar de su presente. “Es temprano aún/ Para irme al silencio”, decían los versos finales. El Indio no aportó al tema la frágil y errática voz que tenía en ese momento, distinta a la furiosa y chirriante que lo había identificado durante décadas. Le cedió el lugar a la cantante Valentina Cooke, que el domingo, en Avellaneda, estaba sentada al lado del ataúd junto a su pareja, Gaspar Benegas, guitarrista de Los Fundamentalistas.
La gente que logró alcanzar el final de la fila y pudo ver el cajón con los restos del Indio supo de inmediato que todo había terminado. En segundos pasó de la euforia por la misa final a la desazón por la muerte. Algunos no podían parar de llorar. Necesitaban ser abrazados. Otros se arrojaban al piso y hundían la cabeza entre los brazos. Probablemente hayan querido irse con él. Perder la forma humana como buenos ricoteros.
Publicado en Radar.





