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| Foto: Rolling |
No sé bien cómo empezar a recordar, porque de alguna manera siempre los tengo presentes. Hay algo de ellos, de ese día, que jamás se fue y todavía se mantiene. Puedo, si cierro los ojos de manera innecesaria, ver una combi blanca que se acercaba por el costado izquierdo del escenario del Chateau Carreras, que estaba montado de manera horizontal, mirando hacia la tribuna techada. Puedo ver a un grupo pequeño de gente, no más de diez personas que se bajaban de la combi y caminaban hacia el backstage. Puedo ver la figura alta, altísima de Skay, con un saco o un sobretodo negro con el cuello levantado que le daba cierta silueta vampiresca gracias a sus orejas puntiagudas, o que a mí me parecían puntiagudas desde donde estaba, en una de las plateas altas, arriba, bastante cerca de las cabinas de transmisión. Puedo ver un estadio lleno y una ovación que crecía a medida que todos los que estábamos ahí nos dábamos cuenta de que la banda más grande del mundo estaba entre nosotros.
Perdón, les aclaro que no me voy a andar haciendo el objetivo en este texto que está saliendo así, como venga, un poco porque me corre el deadline y otro porque no sé si hace falta preparar tanto un artículo que habla de algo que tengo adentro desde hace tanto tiempo. Porque con cada canción que suena prácticamente todos los días, con cada remera que me pongo o que veo por la calle, con cada foto que el Indio sube a Instagram y con cada referencia en paredes, autos, tatuajes, libros, bares, revistas o eslóganes políticos que veo, siempre me acuerdo de ellos y de ese día, que fue el último.
Y lo veníamos venir. Unos meses antes, cuando el recital recién se anunciaba, las charlas rondaban por ahí. “Tenemos que ir porque puede ser el último”, decíamos. Había algo en el aire. Quizás los rumores del año anterior, quizás el bardo de River, con aquel demente que se puso a tajear a todos y terminó cagado a patadas. Algo nos decía que la cosa no iba a dar para mucho más.
