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martes, 20 de agosto de 2024

El oficinista que cantaba

Foto: Andy Cherniavsky

Luis Brandoni en Esperando la carroza.

Un panelista de TV poco habitual no acostumbrado a los tiempos televisivos. Alguien que no redondea una idea en veinte segundos y quiere seguir hablando sin comprender la dinámica del minuto a minuto.

Un miembro de la Triple A.

Un candidato electoral que siempre se presenta pero nunca gana, con mucha carga teórica en las entrevistas, tipo Altamira.

Un profesor. No uno de educación física durante la dictadura militar, más bien uno de alguna carrera de Humanidades. Nunca de Economía.

Yul Brynner.

Un oficinista.

Un oficinista que cantaba.

El Indio Solari siempre se pareció a este tipo de personajes random más que al clásico cantante de rock. En el país de Charly García y Gustavo Cerati, el Indio fue el raro líder de la banda más popular. Casi sin excentricidades, sin escándalos, con un look que no transmitía sangre en las venas sino las manos en el volante del taxi (inevitablemente un Renault 12), se volvió la figura misteriosa que, si se lo propone, todavía convoca multitudes.

Pero hace rato que el Indio confirmó que no volverá a tocar en vivo. El parkinson que anunció en 2016 hizo lo suficiente como para evitar su presencia en los escenarios. Una de las últimas fotos que compartió desde las redes sociales lo muestra “estrenando bastón”, otra señal de lo que se viene, del futuro que llegó hace rato.

Los ricoteros del siglo XXI sólo pueden encontrar consuelo en bandas que recrean en vivo aquello que alguna vez fue realidad. También podrían ir a ver a Skay, pero por algún motivo que no encaja en los razonamientos lógicos, la otra mitad de Patricio Rey no suele convocar a más de cinco mil personas por noche.

Los y las fans también se entregan a la vieja práctica del consumo del pirata. Audios y videos que antes circulaban de mano en mano y se vendían en ferias y hoy dan vueltas por la web con grabaciones de conciertos y ensayos de los Redondos o el Indio solista. También temas inéditos y tomas descartadas. Grabaciones que aún suenan genuinas, más auténticas que cualquier banda tributo. Monumentos sonoros de un grupo que por un instante fue, como dijo Calamaro, tan importante como el peronismo o una revolución.

Yo no tengo ninguna duda: cambio todas las noches que puedan venir mirando en vivo a la Kermesse o a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado por volver a sentir lo mismo que el día que escuché Stud Free Pub 85 en casete por primera vez.

martes, 13 de febrero de 2024

El sábado estuve todo el día viendo la transmisión de Cosquín Rock por Star+. Como el señor del meme que dice no me muevo hasta las once. Nada mal, eh. Podría hacer todos los años lo mismo en lugar de ir a cubrir al predio. Especialmente cuando la gente de prensa, tan amable para decir que no, siempre suele ningunear a Rock Salta, el medio del que formo parte desde 2007. Pero bueno, qué es una pulserita más o una pulserita menos para tener mejor WiFi, cruzar algún que otro artista y hacer una cobertura dignamente.

Igual eso lo padecen mis compañeros. Yo no voy a un Cosquín hace como diez años. Como dije, de acá no me muevo hasta las once.

En fin, no pude ver todos los escenarios porque Star+ sólo transmitió tres de seis, pero fue un buen panorama. Me gustó Blair y su "a los modernos les falta rock". Me dieron ganas de escuchar su disco, algo que no me pasa con otras bandas y solistas que quizás suenan mejor pero carecen de ese "algo más" que los saca de la categoría "escuchar de fondo".

Divididos hace siempre lo mismo y nunca defrauda. Son una milanesa con puré. Skay no puede sonar así, es increíble. Lali es una genia, pero prefiero no hablar de su música porque no me gusta nada y creo que todos nos hacemos los boludos. Un signo de los tiempos. Cosquín Rock es el ejemplo perfecto de la mezcla total que hay en la actualidad en la música. Artistas que hace veinte años se hubieran ido corridos a botellazos llenan distintos escenarios sin problema. Se ganó en tolerancia, se perdió en criterio.

Que "Sr. Cobranza" haya vuelto a significar una ofensa para los sectores mas conservadores habla, entre otras cosas, de la potencia de esos versos. Que Dillom cambie Cavallo por Caputo es casi una circunstancia, porque ambas partes, artistas y funcionarios, siguen estando en los mismos lados.

Pero sí es sorprendente que por fin una canción de aquellos años menemistas haya tenido el impacto correcto y no la apropiación ridícula que hicieron los tarados que nos gobiernan.

martes, 5 de julio de 2022

Canción para naufragios


En la cocina de un departamento ubicado en Scalabrini Ortiz, Diana Theocharidis reconoce estar sorprendida por tener que contar la historia de su hermano Andrés, tecladista de los Redondos durante un breve período. Un músico que participó de pocos recitales. Entre ellos, los shows en Paladium que sirvieron de presentación de Oktubre, el disco más celebrado del grupo. Quizás Diana no sepa que todo lo que Patricio Rey toca se vuelve inolvidable. El nombre de Andrés apareció en el booklet improvisado que acompañaba la grabación pirata de una de esas noches. En aquella edición que circuló de mano en mano durante décadas se decía que su muerte, en enero de 1987, meses antes de cumplir los 25 años, había interrumpido los planes de incorporarlo como miembro estable de los Redonditos. Desde entonces es recordado como un apéndice de la mitología ricotera. 

Pero el paso por la banda del Indio, Skay y Poli no podría resumir su figura. Andrés Theocharidis fue un pianista virtuoso que tenía un pie en la música contemporánea y otro en el rock sinfónico. Formó parte de una efervescencia colectiva de fines de los ‘70 y principios de los ‘80 que le permitió codearse con artistas de distintas disciplinas que crecieron a su lado. Se perfilaba como un gran compositor. Tanto, que sus amigos y colegas aseguran que estaba destinado a ser “el próximo Gandini”.

Había nacido en Buenos Aires el 3 de mayo de 1962. Su padre, Basilio, era griego. Había llegado a la Argentina a los 17 años. Poseía una empresa textil y daba clases de Historia en la UBA. Su madre, Amalia Fligelman, era psicóloga y lo adoraba tanto que le cocinaba todo lo que quería. Hasta le mandaba comida al regimiento donde Andrés hizo el servicio militar obligatorio. Platos que nunca llegaban a destino porque siempre había alguien que se los quedaba. Basilio y Amalia estimularon a sus hijos. Les permitieron encontrar lo que les gustaba y hacer lo que querían. No les faltaba nada. A cambio, solo tenían que estudiar.

Diana y Andrés se llevaban apenas un año y medio entre sí. La diferencia de edad mínima les permitía tener pasiones compartidas. Una fue el piano. “Yo había empezado a estudiar a los nueve años. Andrés se entusiasmó y fue con Noemí Berti, la misma profesora que yo”, cuenta Diana, que luego se dedicó a la danza y actualmente es directora del Centro de Experimentación del Teatro Colón. “Después, mi papá nos trajo un piano a casa y ahí eran 24 horas por día que alguien tocaba”, dice.

Esa obsesión quedó de un solo lado. Andrés empezó a improvisar melodías muy pronto. “No sé de dónde le salían. Tenía nueve años, diez. Desarrolló enseguida mucha capacidad”, sigue Diana, ya alejada de la cocina y sentada en el living del departamento, el mismo que Andrés habitó durante la última etapa de su vida.

Andrés iba al Liceo Francés. Allí se hizo amigo de Paul Dourge, que con los años se convirtió en bajista y grabó en discos como Giros, de Fito Páez, y Privé, de Luis Alberto Spinetta. Paul tiene muchos recuerdos guardados en su mente, como el día en que los Theocharidis se mudaron a un departamento en Olleros, a dos cuadras de la estación Lisandro de la Torre. Recuerda el lugar como si acabara de visitarlo. Dice que podría trazar un plano. Es capaz de ver la alfombra azul de ese living que se poblaba de instrumentos, como un piano Baldwin negro que Diana aún conserva. Paul pasaba las tardes allí con Andrés y Bernardo Junyent, que es arquitecto pero entonces tocaba la guitarra. Los tres formaban Ósmosis, un trío que jamás actuó en vivo.

“Bajábamos las persianas, poníamos bombitas de colores, usábamos túnicas. Andrés quería ser Rick Wakeman y yo Chris Squire”, cuenta Paul. Eran épocas de furor progresivo. Los tres iban a varios conciertos: Espíritu, Crucis, El Reloj, Invisible. Incluso vieron el debut de La Máquina de Hacer Pájaros en La Bola Loca.

Ahora Paul se acuerda de un fragmento de uno de los temas que surgieron en ese living. Lo canta: ”Veo la luz que llega/ Y me purifica/ Y me llena el alma/ Le tengo fe, la sigo”. No puede evitar la carcajada. “Como Espíritu hablaba de ‘tu alma’ y qué sé yo, nosotros también, sin saber nada”, dice.

Ósmosis tenía un proyecto: Di Natale, una ópera rock basada en un docente del Liceo. Una de las letras decía “Di Natale, pagaste tu error/ Fuiste malvado, un sucio profesor”. “Nos habíamos metido en camisa de once varas. Teníamos las letras y las melodías de la ópera y no podíamos darle forma”, cuenta Paul.

Era 1977. Paul y Bernardo ya no compartían aula con Andrés, que había sido expulsado del Liceo por una broma pesada de la que habían participado varios compañeros. Andrés fue a parar a la Escuela del Sol, donde conoció a Andrés Calamaro, otro joven fascinado por la música que pronto se incorporó a las jornadas en el living. “Calamaro ya tenía canciones muy copadas. De hecho, le mostramos Di Natale y a los pocos días nos resolvió todo”, dice Paul.

martes, 5 de octubre de 2021

Bob Dylan también lo sabe

 

En la vida no hay que tener expectativas. Pensé que la frase la había dicho Bob Dylan en el documental de la Rolling Thunder Revue pero no la encontré cuando repasé (así nomás) la película para chequear el dato. Me acordé de la frase cuando escuché las canciones de los Redondos que subió el Indio Solari la semana pasada. Esas versiones, descartadas de las sesiones de Luzbelito, no están a la altura de la leyenda. “Quema el celo”, que, como todos sabemos, siempre se llamó “Qué mal celo” en las grabaciones piratas, suena vacía a pesar de tener caños y la banda completa. El Indio canta casi de memoria, para cumplir. Parece que no quiere levantar la voz para no molestar a los vecinos. Y falta otra guitarra. O, al menos, que Skay haga algo distinto con la suya cuando el grupo de caños avanza con el riff.

            

Mi versión preferida sigue siendo, como hace años, la del Teatro de San Telmo 1982. Ahí hay otra sustancia. No hay caños, para empezar, lo cual deja todo en manos de la guitarra. Algo obvio, porque ese riff no es para vientos. Es rock no Los Calzones Rotos. Además, el Indio exige su garganta. Y, se nota, el baterista no es Walter. Para colmo, inmediatamente después llega un monólogo genial que empieza diciendo “Queridas margaritas…”. 

El otro tema que apareció la semana pasada es “Rock de las abejas”. Si me apuran, top 10 de temas de los Redondos. Esta versión está mejor, aunque -otra vez- cuando aparecen los caños la cosa se pone rara. Teniendo en cuenta ese detalle resulta increíble lo bien que funcionaron los vientos (de los brasileros Metaleira Mantequeira) en “Mariposa Pontiac/Rock del país” y en “Blues de la libertad”. O quizás sólo sea costumbre. Como sea, en “Rock de las abejas” suenan mejor que en "Quema el celo", pero promediando la canción ya aparecen demasiado y todo suena a late night show. Uno espera que Roberto Pettinato aparezca bailando en cualquier momento para comenzar con un monólogo que no sería precisamente como los de Enrique Symns o el Mufercho. ¿Eso también pasa en Luzbelito y nunca lo pensé? 

                               

              

Obviamente es muy difícil que estas versiones superen a las que escuchamos durante décadas. “Rock de las abejas” es una de las canciones clave de los Paladium 86. Creo que ahí está la toma definitiva del tema. ¿Tanto cuesta editar ese recital de manera oficial? Un par de repasadas digitales para pulir las telarañas de sonido y vamo arriba. Si tienen ganas, una edición física con librito y todo. Sería una alegría. Pero no. Difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo. 

Otro recital que sería glorioso ver editado de forma oficial sería el del 23 de mayo de 1998 en Villa María. Un recital que, parece (no fui, la vida es una mierda), mantuvo el fuego encendido con una lista inapelable. “Rock de las abejas” sonó esa noche en una versión ya diferente a la del 86 pero más rockera que la grabada en Brasil. El audio lo muestra aunque es un poco molesto el coro de la gente sobre el riff porque básicamente eso se disfruta cuando no se oye. Es decir, cuando estás ahí en el recital y todo está sonando fuertísimo, la banda está a pleno, la gente salta y agita y todo lo que vivís pasa a guardarse en la memoria para siempre, ni te das cuenta de que estás diciendo “oohh ohhh ohh” de manera desafinada como un pelotudo. No te escuchás. No te escuchan. Nadie se escucha. El problema es cuando le das play al casete al otro día. O 24 años después. Pero debajo de esa capa de acompañamiento gutural zombi hay una banda interesante, lo juro. 

            

Entonces estoy feliz y enojado, como el meme, por haber escuchado estas versiones que esperé durante mucho tiempo. Aún las espero, en realidad, porque está claro que necesitan un contexto mejor que dos links de YouTube para brillar. Ojalá que aparezcan todas las demás que todavía tienen guardadas. Lo bueno es que ya no voy a tener expectativas cuando eso suceda y seguro me voy a sorprender para bien, como me pasó el sábado al darle play al “Official Bootleg” de Neil Young grabado la noche del viernes 4 de diciembre de 1970 en el Carnegie Hall de Nueva York. 

Ni siquiera sabía que se había publicado ese pirata de manera oficial (¿ven que no es tan difícil?). Simplemente fui a la cuenta de Neil Young en Spotify, como hago cada tanto, y me topé con ese “último lanzamiento” increíble que pasó a ser uno de mis discos preferidos del año. Me parece mejor que estar obligado a elegir lo mejor de una temporada -esta- que no me interesa tanto. ¿Por qué mi “álbum del año” tiene que ser uno de canciones nuevas o creado entre enero y esta mañana? De hecho, mi disco favorito del 2021 es Broken English, de Marianne Faithfull, que salió en 1979 pero yo conocí hace algunos meses. Bendito el desconocimiento que desprecian los snobs porque me permite sorprenderme a cada paso.

              

               

¿De qué sirve enterarse de las cosas en el mismo momento en el que ocurren? Preferiría leer el diario al día siguiente para ver todo resumido, más o menos chequeado y explicado en lugar de estar bombardeado a cada rato por tuits, flashes y últimos momentos que podrían aparecer mañana o la semana que viene y no me importaría. Noticias “urgentes” que usan los medios grandes para tapar otros asuntos y evadir ciertas discusiones. Jacobo Timerman decía que diez noticias en un día son útiles y comprensibles; cien, soportables; mil, abrumadoras, incomprensibles e innecesarias. Yo creo que diez noticias en un día ya son insoportables. Lo mismo pasa con los discos y las canciones. No tengo necesidad de conocer los últimos lanzamientos de cada viernes. De hecho, no me importan. Las canciones aparecen, se quedan o se van, pero no estoy ni quiero estar pendiente de ellas como si fueran el turno para el dentista o el vencimiento del monotributo. Además, todavía tenemos miles de canciones y de discos de años anteriores que todavía no escuchamos tanto. ¡O escuchamos mal! Esa fue la sensación al leer el segundo tomo de Esta noche toca Charly, libro extraordinario de Roque Di Pietro. Charly García hecho un bardo trágico a punto de estrellarse pero sacando una idea tras otra. Muchas de ellas, buenísimas, sorprendentes, desafiantes. Escucho a Charly desde hace 25 años pero a veces siento que todavía no lo escuché del todo. Prefiero seguir descubriendo sus discos antes que darle play a otra banda “con influencias urbanas que compuso su último single de manera urgente durante el período de aislamiento social”, como dice la gente de prensa cuando ya no sabe qué más escribir para completar una gacetilla.

             

miércoles, 4 de agosto de 2021

Veinte años sin los Redondos

Foto: Rolling

No sé bien cómo empezar a recordar, porque de alguna manera siempre los tengo presentes. Hay algo de ellos, de ese día, que jamás se fue y todavía se mantiene. Puedo, si cierro los ojos de manera innecesaria, ver una combi blanca que se acercaba por el costado izquierdo del escenario del Chateau Carreras, que estaba montado de manera horizontal, mirando hacia la tribuna techada. Puedo ver a un grupo pequeño de gente, no más de diez personas que se bajaban de la combi y caminaban hacia el backstage. Puedo ver la figura alta, altísima de Skay, con un saco o un sobretodo negro con el cuello levantado que le daba cierta silueta vampiresca gracias a sus orejas puntiagudas, o que a mí me parecían puntiagudas desde donde estaba, en una de las plateas altas, arriba, bastante cerca de las cabinas de transmisión. Puedo ver un estadio lleno y una ovación que crecía a medida que todos los que estábamos ahí nos dábamos cuenta de que la banda más grande del mundo estaba entre nosotros.

Perdón, les aclaro que no me voy a andar haciendo el objetivo en este texto que está saliendo así, como venga, un poco porque me corre el deadline y otro porque no sé si hace falta preparar tanto un artículo que habla de algo que tengo adentro desde hace tanto tiempo. Porque con cada canción que suena prácticamente todos los días, con cada remera que me pongo o que veo por la calle, con cada foto que el Indio sube a Instagram y con cada referencia en paredes, autos, tatuajes, libros, bares, revistas o eslóganes políticos que veo, siempre me acuerdo de ellos y de ese día, que fue el último.

Y lo veníamos venir. Unos meses antes, cuando el recital recién se anunciaba, las charlas rondaban por ahí. “Tenemos que ir porque puede ser el último”, decíamos. Había algo en el aire. Quizás los rumores del año anterior, quizás el bardo de River, con aquel demente que se puso a tajear a todos y terminó cagado a patadas. Algo nos decía que la cosa no iba a dar para mucho más.

martes, 21 de abril de 2020

Canciones para la revolución final


Página 12 aseguraba que el fin estaba cerca. Decía “la vida sin los Redondos no será igual”. Era enero de 2000 y la información comenzaba a circular como la peor de las noticias. ¿Patricio Rey tenías las horas contadas? Son todas macanas, contestaba la Negra Poli en Clarín unos días después. Desmentía el rumor y confirmaba otro: se venían shows en River.
El anuncio de los recitales del 15 y 16 de abril de 2000 en el Monumental provocó una nueva avalancha de polémica en los medios de comunicación, que para eso de discutir sobre la posible capacidad de la banda para desatar algún bardo eran mandados a hacer. Se llenaban páginas de diarios y revistas, se debatía en radio y televisión. Algunos colegas del gremio periodístico incluso se manejaban con la famosa máxima que dice que la verdad no tiene que impedir una buena nota.
“Yo he visto a Crónica TV provocar quilombos. En Olavarría los periodistas estaban en una puerta hablando y de repente decían 'por allá va a salir el Indio'. Entonces se armaba una estampida y la filmaban. Nosotros en el hotel estábamos viendo la televisión. Decían 'Incidentes en el recital de los Redondos' y pasaba la gente corriendo (risas)”.
El que habla es Ricardo Cohen, Rocambole. El artista plástico encargado de todas las visuales de la banda. La anécdota es de 1997, cuando el intendente de Olavarría prohibió dos conciertos y motivó la única conferencia de prensa del grupo.
Sólo durante el año anterior a River la banda tuvo muchísima presión mediática por los incidentes ocurridos fuera del patinódromo de Mar del Plata, donde se presentó durante dos noches heladas del mes de junio. “No vamos a abundar en detalles pero sería hora, ya, de que aquellos que tienen que pensar en qué está pasando no tengan la facilidad de echarle la culpa a una banda de rock o a un equipo de fútbol de la violencia que hay. Cuídense, cuídense cuando salgan, ustedes son vidas jóvenes. Cuídense, por favor”, dijo el Indio Solari sobre el escenario.
La de Mar del Plata no había sido la primera vez que los Redondos eran señalados como provocadores de violencia y lavadores de manos seriales de todo lo que pasaba afuera de los estadios donde se presentaban. Las escenas y las acusaciones se repetían antes y después de cada concierto en Olavarría, en Villa María, en Racing o en Mar del Plata.
Rocambole de nuevo: “La idea era hacer recitales cuya logística no permitiera que hubiera demasiado desmán. El asunto es que no sólo había que cuidar a la gente, había que cuidarse también de aquellos que tenían que cuidar a la gente. Por ejemplo, si vos hacías un recital, tenías que arreglar con los bomberos, con la comisaría, con el jefe de cuadra. Y a todos ellos reunirlos, como hacía la Negra Poli, y hablar de que la cosa fuera lo más pacíficamente posible. Hubo épocas en recitales en Obras donde a mí me han llevado en cana por estar en la puerta vendiendo remeras. Y yo veía a la policía provocar muchas veces, estar con los palos y pegarles en los tobillos a los chicos que estaban entrando. A la policía en aquella época le encantaba reprimir a redonderos. Era una especie de hobbie. Entonces era toda una cuestión que había que tener en cuenta: estar bien con éste y con aquel, tratar de procurar que la cosa fluyera. En algunos estadios como el de Huracán me acuerdo que en uno de los recitales la barra brava tomó una de las puertas para ellos y cobraron entrada y dejaban entrar a los que querían y no podías sacarlos. Para sacarlos tenías que mandar un ejército”.
Para River la cosa no fue diferente. Los medios debatían y amplificaban la preocupación. Esto provocó que habitantes de Núñez intentaran lograr la suspensión de los conciertos. Consiguieron casi todo lo contrario: ese fin de semana el barrio entró en cuarentena. Los vecinos debieron solicitar autorizaciones en distintas comisarías para entrar o salir de la zona y se les recomendó no realizar reuniones familiares ni fiestas cerca de la cancha.
La Policía Federal distribuyó 2400 agentes en un radio de 800 metros, unas cuarenta manzanas a la redonda. La organización sumó 600 personas para personal de seguridad. No se podía vender alcohol en 500 metros a la redonda del estadio cuatro horas antes del horario previsto para el comienzo de cada concierto y una hora después de finalizado. Los medios anticipaban que habría doble cacheo y que los recitales se iban a suspender "ante el primer incidente". La policía hacía tareas de inteligencia sobre los fanáticos más revoltosos. Decía que los conocía, aseguraba que los tenía identificados y que no eran más de 200. También se organizaron operativos en las estaciones de trenes y de ómnibus.

domingo, 27 de agosto de 2017

El arquitecto del rock

(Breuer en los estudios MCL, donde trabaja actualmente)

Entre mis dos hijos mayores yo dudo que haya cambiado más de diez pañales. Me pasé diez años trabajando bestialmente, no sabía cómo escaparme. Salía Charly, entraba Fito. Salía Fito, entraban Los Abuelos. Salían Los Abuelos, entraba Don Cornelio. Salía Don Cornelio, entraban Los Enanitos Verdes. Salían Los Enanitos Verdes, entraba Spinetta. Era así. Me decían: “Che, son las once, ¿nos quedamos dos horas más?”. Me tenía que levantar al día siguiente a las ocho de la mañana pero me quedaba dos horas más y en realidad eran tres o cuatro. Yo hacía treinta, cuarenta discos por año, dos o tres turnos por día. Me gusta, me sigue gustando muchísimo mi trabajo. Me apasiona. Vengo al estudio feliz y contento. Hoy estaba chocho porque tenía la excusa para venir a las 8.30. Sabía que tenía que venir temprano y me desperté a las cinco de la mañana. Esto genera una energía que a la gente le gusta. Le gusta grabar conmigo porque no se trata sólo de sacar buen sonido. Grabar se trata de trabajar con alguien que comprenda lo que estás haciendo, te ayude y esté de tu lado.

No digo que todos los discos estaban buenísimos, he hecho un par de porongas, pero en esa época había mucha alquimia de gente. Mucho “nos sentamos a hacer el disco juntos”. Yo iba a la sala de ensayo, el estudio nos daba dos o tres meses para hacer los discos. Y muchos no llegaban con todo ya maqueteado, se producía en el estudio. Teníamos el tiempo, los recursos. Hacíamos dos o tres temas por día. Hoy es impensado, nadie tiene la guita. Ni Sony tiene la plata para pagar dos o tres temas por día para grabar. Y a mí lo que me pasaba era que me caía uno atrás del otro. Los dos discos que le dije que no a Skay, Gulp! y Oktubre, fue por la cantidad de laburo que tenía. ¡Y tenía ganas! Los discos que yo hice de Los Redonditos, sobre todo ciertos temas, me vuelan la cabeza.

Me acuerdo cuando me llamaron y me fui al Cielito a hacer La mosca y la sopa. Así como te pasan cosas cuando conocés una mujer que te da vuelta el bocho y el pecho, a mí me pasó eso profesionalmente con ellos. Siempre me sentí muy inspirado, me resultaba fácil concentrarme en el trabajo, me gustaba mucho. Les agradezco que me hayan dado los medios técnicos y los recursos para hacer el mejor disco posible. Porque era eso lo que ellos querían. Agradezco la confianza depositada en mí. Tanto fue así que cuando hicimos Luzbelito me dijeron: “Mirá, este disco lo queremos hacer fácil, rápido. Nosotros nos queremos encargar sólo de la música”. Lo hicimos en un tiempo récord. Luzbelito es, definitivamente, uno de mis cinco discos emblemáticos, porque la música es de ellos y yo hice absolutamente todo el resto.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Canten, putos

(Ricoteros en su salsa. A la foto la saqué de acá)

Una noche de 2013 partí a Mendoza para ver al Indio Solari. Viajé en un colectivo repleto de ricoteros desconocidos que seguían a rajatabla el manual de la misa: escabio, faso, agite y cantos. Al mediodía, cuando llevábamos unas doce o trece horas en la ruta, me calcé los auriculares para escuchar la música que llevaba en el teléfono. Lo primero que puse, de puro contrera, fue Cerati. Amo a Patricio Rey pero en momentos así me gusta correrme de lo que se supone que hay que hacer. Por ejemplo, el año pasado, cuando se estrenó la película del Indio en los cines de todo el país, fui a verla vestido con camisa blanca sólo porque sabía que casi todos iban a lookearse con remeras de PR.

No es de hinchapelotas. Es que nunca está bueno parecer uniformado. Entonces, estaba en el colectivo, callado, casi sin escabiar (cada tanto aceptaba un solidario trago de fernet que llegaba en una hielera de metal) y escuchaba los temas de Fuerza Natural: “Cactus”, “Convoy”, “Tracción a sangre”, “He visto a Lucy”. El último Cerati, el más elegante de todos. Cuando me sacaba los auriculares me encontraba con la realidad: un parlante que saturaba y pasaba sin interrupciones la discografía de Los Redondos.

El momento que más recuerdo llegó cuando terminó Cerati y empezó “'81”, una canción extraordinaria: arpa, voz y una hermosa letra, como todas las de Joanna Newsom, que es una genia absoluta porque además de ser una gran compositora es una poeta del carajo.

Mientras miraba la geografía cuyana a través del vidrio de ese Plusmar rentado y escuchaba a Joanna cantar con voz de gata que reclama más Whiskas, un grupo de cinco ricoteros hacía pogo en el pasillo del bondi y gritaba “canten, putos, para qué vinieron”. En pleno descontrol me vaciaron media hielera encima.

viernes, 19 de agosto de 2016

Es menester

(La foto no es mía, la saqué de acá)

Esta tarde tengo que hacer al menos tres notas que suman unos 18 mil caracteres, pero acá estoy, escribiendo sobre lo que siento que necesito escribir. No sé si les pasará: aparece una idea y la única manera de quitarla de la mente es decirla. Una vez estuve armando un texto hasta las dos o tres de la mañana. Quería terminarlo en ese momento pero ya no aguantaba, estaba muy cansado, así que me fui a dormir. A las cinco de la mañana me desperté después de haber soñado con lo que me faltaba escribir. Fue como si el texto me dijera “dale, puto, terminá”. Y me levanté, no me quedaba más opción. Otra vez me colgué con la reseña de un disco que nadie me pidió, que solamente apareció en este blog. Mientras lo escribía iba pateando al editor de una revista, que me preguntaba si ya tenía el artículo que me había pedido para ese día. Le decía “ya casi lo tengo” y escribía el otro texto. Al final, sobre la hora, terminé las dos cosas.

Hoy me levanté y lo primero que leí fue un lindo texto de Martín Pérez que contaba sobre la musicalización de una visita médica y se preguntaba qué había sido de Los Redondos, que hoy suenan en todos lados, en el barrio y en el country. Se preguntaba si la música había triunfado o si había sido apropiada. Eso que siempre nos preguntamos, porque nos da miedo pensar que lo que nos formó y lo que amamos se convirtió en instrumento del sistema, ese fantasma que nos espanta porque somos de izquierda, leídos y políticamente correctos, aunque nunca dejemos de convivir y usufructuar lo que cuestionamos.

Yo creo que los Redondos ganaron porque sus ideas trascendieron. Consiguieron lo que buscaban. ¿Qué es más importante? ¿Las peleas del Indio y Skay por los famosos videos o haber sido educado por esa coherencia que hoy es cliché? A la hora de revisar la historia, cuando mis nietos se enteren de que su abuelo se ponía a revolear birra en los bares cuando sonaban las canciones de Patricio, lo que se va a recordar no es el guiño del Indio a 678 ni el barro de Gualeguaychú. Lo que se va a decir es que los Redondos tomaron el ejemplo de MIA, el grupo independiente de la familia Vitale, y lo llevó a lo máximo. Saltó los decorados del rock, como decía la famosa premisa de la banda. Eso significó no estar dentro de la maquinaria de sponsoreos, prensa, festivales, rotación y promoción que engloba a todo el rock “profesional” de estos días.

martes, 8 de diciembre de 2015

Vale la pena la leyenda del futuro


Quedó en el imaginario que Los Redondos no tenían nada que ver con su público. No fue tan así. Durante los 23 años que duró la banda, los músicos y “la gente” se encontraron y se alejaron, como esas relaciones enfermizas repletas de peleas y reconciliaciones constantes.

En los primeros años, a partir de 1978, mientras Patricio perdía la forma humana y Los Redondos buscaban su camino, el público estaba conformado por amigos de los músicos, amigos de amigos, periodistas avispados y quienes se sentían atraídos por una propuesta diferente: teatro, monólogos y un rock distinto al que se podía encontrar en los circuitos más conocidos de la época. Como escribió Alfredo Rosso en una Rolling Stone de 1999, era “una amalgama ecléctica de la clase media porteña y bonaerense de los años 70” que en esos espectáculos encontraba “todo aquello que faltaba en la negra noche del proceso: sexo, humor, alegría, reflexión”. Además, el Indio, Skay, Poli y el resto de la banda eran lo suficientemente jóvenes como para tener la misma edad que sus seguidores. Todo eso los acercaba.

Cuando el tramo musical quedó afianzado y mientras el costado teatral mantenía un protagonismo que completaba el espectáculo, se dio el segundo acercamiento profundo. Eran los años del fin de la dictadura, la Guerra de Malvinas y el inicio de un nuevo período democrático. El público de esa etapa era mayor en número pero de la misma generación, por lo que manejaba los códigos de los comienzos y también podía, como decía “Pura suerte”, emborrachar el ritmo del maldito rock que Patricio Rey realizaba cada vez con mayor precisión. De esos años son canciones emblemáticas como “Qué mal celo”, “Nene Nena”, “Un tal Brigitte Bardot”, “Mariposa Pontiac”, “Superlógico” y otras.

A mediados de los ochenta, Patricio Rey empezó a editar discos y decantó en un evento musical novedoso desde el contenido pero convencional en la propuesta. El aspecto teatral llegaba a su fin y todo quedaba reducido a la banda tocando. El romance músicos/público se mantuvo dentro de las paredes de los recintos que los albergaban, pero ya no era un tesoro exclusivo para entendidos. Fue el momento en que surgió la primera generación de la corriente exiliada autodenominada “Ricoteros de verdad”, que continúa hasta nuestros días y se caracteriza por asegurar que todo tiempo pasado fue mejor, lo que genera la particularidad de tener miembros que repudian a los que se incorporan a sus propias filas.

En una entrevista publicada en 1988 en la revista Humor, Gloria Guerrero le preguntó al Indio si era verdad que unos pibes habían viajado desde Buenos Aires hasta Córdoba para poder asistir a uno de sus conciertos. Solari dijo que sí y agregó que era mejor eso a que se chorearan una moto de puro aburridos. Se venía algo distinto.

martes, 9 de diciembre de 2014

Pedal a fondo, tierra adentro


Viernes, 2 de diciembre de 2011, Estación de Servicio Shell Terminal Salta, 00.20 hs.

Alejandro está a diez cuadras del lugar, llegando en su Chevrolet Vectra color bordó. Trae en el baúl una carpa, una parrilla, dos sillas plegables, dos colchonetas, una conservadora grande con capacidad para 34 litros y la incertidumbre absoluta sobre quiénes serán sus compañeros de viaje hasta Tandil, provincia de Buenos Aires, a casi dos mil kilómetros de distancia.

Es una noche apenas fresca, una muestra gratis del frío del día anterior, cuando el gris se había apoderado de la ciudad, cubriéndola de agua, oscuridad y un viento que no se correspondía con el comienzo del último mes del año. A esta hora, el cielo ya se despejó, dejando que las nubes le den paso a una incipiente luna llena.

Hoy, el Servicio Meteorológico anunció un clima agradable para el fin de semana en Tandil, con temperaturas que no deberían pasar los 25 °C.

Aún quedan muchas horas por transitar antes de que comience el último recital del año del Indio Solari, pero ya es hora de partir. Los miles de kilómetros que separan ambas ciudades obligan a pedir días libres en el laburo, cargar varias mudas de ropa y tener el dinero suficiente como para sobrevivir, al menos, tres jornadas fuera de casa.

Tres meses después de su último show, en Junín, el Indio volvió a convocar a sus seguidores para la que será la última presentación de El Perfume de la Tempestad, su tercer disco solista. Para muchos ricoteros, el viaje implica una experiencia ya vivida antes que mantiene la expectativa por su intensidad. No se trata sólo de un concierto. Es un retiro espiritual inverso: acá no habrá tranquilidad ni introspección, sino todo lo contrario. El sentimiento de los verdaderos fanáticos saldrá a la calle a emocionarse y decir que cada concierto puede significar una de las cosas más importantes que existen en su vida.

Desde que se volvieron masivos, a mediados de la década del noventa, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se convirtió en el grupo más importante de la historia del rock argentino, el que más paredes tiene a su favor, el que más seguidores posee, a pesar de llevar más de diez años de inactividad. Solari, la estampita, se quedó con la mística del folclore ricotero: el viaje, los shows masivos y la grandilocuencia. Algo que muchos acusan de ser apenas un cúmulo de infradesarrollados cantando ebrios, fumados, merqueados y desaforados letras que no terminan de entender, escritas por un burgués que la va de popular.

domingo, 26 de enero de 2014

Hombre de las cumbres


En el mes de abril, investigadores del Conicet determinaron, tras cinco años de trabajo, que Merlo, en San Luis, es la ciudad con mejor calidad ambiental del país. Se basaron en variables como el confort climático, el nivel de contaminación, la inundabilidad, los ruidos y el estado de las playas y los espacios verdes de cada lugar. Aseguraron tener una “concepción amplia” del ambiente y explicaron que una buena calidad ambiental no significa ausencia de problemas, sino, además, presencia de elementos atractivos en el paisaje y el entorno.

En Merlo está Edelmiro Molinari. Allí decidió radicarse, hace seis años, aún antes de que el Conicet comenzara sus investigaciones ambientales. No parece haber sido azarosa la elección de este músico de 66 años que se crío en el porteñísimo Bajo Belgrano pero terminó como un nómade trotamundos, viviendo en diferentes países. Algo lo llevó hasta allí. Su conexión profunda con la tierra lo depositó en ese lugar. En “Mestizo”, una canción que está en el segundo disco de Almendra, la ópera rock que no fue, ya se mostraba inquieto por la naturaleza y sus alcances. “Voy al sol, y cuando esté seco iré como por el aire hasta vos”, escribió en 1970. En el disco anterior, el mítico debut del cuarteto, Molinari firmó una pieza clave para su carrera y el rock argentino entero: “Color humano”. Desde el primer acople que lo arranca hasta el riff inconfundible, gordo y profundo, se nota que estamos ante una canción perdurable y de una importancia que en su momento quizás no habrán sabido percibir, pero hoy aparece todo el tiempo, en cada uno de sus nueve minutos de duración. Cuando Spinetta emerge para cantar los versos de Edelmiro, todo termina de cerrar: “Beso mares de algodón sin mareas, suaves son, sublimándonos, despertándonos. Somos seres humanos sin saber lo que es hoy un ser humano”. ¡Todo antes de cumplir 23 años!

Color Humano, la banda, fue otra estrella fugaz de poca vida y largo aliento, tras la separación de Almendra. Tres discos entre 1972 y 1974 que aún hoy siguen sonando demoledores por la cohesión que existía entre los músicos que conformaban el grupo (además de Molinari en guitarra y voz, estaban Rinaldo Rafanelli en bajo y David Lebón en batería, luego reemplazado por Oscar Moro en los dos últimos álbumes). Escuchar canciones como “Cosas rústicas”, “Hace casi 2000 años”, “Las historias que tengo”, “Pascual tal cual” o “Sangre del sol” deslumbra y demuestra lo injusta que puede ser la historia del rock con algunos de sus referentes. Es muy difícil conseguir los trabajos de Edelmiro en una disquería. Contacto, el álbum editado en 2012, se consigue en Mercado Libre a $500. El CD de Edelmiro y La Galletita, publicado en 1984 con una banda en la que también estaba Skay Beilinson, está a la venta en el mismo sitio a $300. Su vinilo, a $1.200.

martes, 17 de septiembre de 2013

Siempre igual


Cubierto con un buzo de The Who, lentes y un gorro que lo hacía parecer una mezcla de El Chavo del 8 con un aviador japonés de la Segunda Guerra Mundial, el Indio Solari reapareció en un escenario después de casi dos años. Fue en el autódromo Jorge Ángel Pena, en San Martín, a 43 kilometros de la capital mendocina. Un lugar que se vio copado por 130 mil personas. Mientras los ricoteros revivían “la experiencia”, las familias locales sacaban fotos desde las puertas de sus casas, aprovechaban para vender comida y bebidas, guardar mochilas o usar sus patios como campings improvisados.

Junto con el concierto salteño del 19 de septiembre de 2009, este show mendocino fue como el regreso de Soda Stereo: una burbuja en el tiempo, un momento sin presentación de disco que sirvió para contentar a la mayoría. Es muy obvio que los que van a escuchar canciones de Patricio Rey son los que dominan los conciertos de Solari. Distinta sería la historia si el Indio decidiera, como Skay, hacer pocas referencias a su ex banda. De este modo, al igual que en Salta, el recital tuvo 18 canciones de Los Redondos.

viernes, 2 de agosto de 2013

Buscando nuevas epopeyas

(Foto: Guido Adler)

Ubicada en Palermo Soho, rodeada por bares elegantes, locales modernos y gente vestida ad hoc; la casa de Skay tiene un portón inmaculado y una pared completamente pintada por varios grafitis. Ninguno hace alusión a su nombre ni a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En el barrio, nadie lo reconoce. Puede caminar tranquilo por sus cuadras sin ponerse a pensar que aparecerá la horda de desangelados a hacerle el aguante durante todo el recorrido. Además, pasa desapercibido cuando no está vestido para salir al escenario con sus lentes, sus pañuelos y su actitud avasallante. En persona, Eduardo Beilinson es distinto. Es un tipo tímido que se atropella para hablar, quizás por haber estado tanto tiempo callado en las entrevistas, a la sombra de Carlos Alberto “Indio” Solari. Además se mantiene todo el tiempo con una sonrisa y una actitud amable y simpática que subraya con sus ojos celestes. Ofrece mates amargos, fuma y convive con su eterna compañera y manager Carmen “Poli” Castro. Ambos forman una pareja que constantemente esquivó los caminos convencionales por donde se suponía que debían transitar, en la vida y en la música.
Skay siempre se las ingenió para recorrer los caminos de la libertad, como lo asegura en una de sus canciones. Lo hace desde la infancia, cuando aún era el pequeño Edu, hijo de una familia acomodada de la ciudad de La Plata. Ya, en esa época, algo le decía que encajar no era lo suyo. Durante la adolescencia, en 1968, se dio cuenta de lo que realmente quería: una Europa convulsionada por la psicodelia, los ideales hippies y la revolución del Mayo Francés lo alimentó para toda la eternidad. Volvió a la Argentina siendo el mismo, pero convencido de la vida que debía buscar. Abandonó a su familia de guita, conoció a Poli, se fue a vivir en comunidad y comenzó a pensar que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y aplicó esa idea para todo lo que hizo desde entonces. También supo ser invisible para la dictadura, yéndose a vivir a Salta. Al regreso de su experiencia en el Norte, la pareja, junto al Indio, convirtieron a Los Redondos en la banda más popular del rock argentino y crearon una leyenda que aún hoy se mantiene vigente y en crecimiento.

viernes, 12 de julio de 2013

Bruno Solari, el John Connor de Ricota - II

Mar del Plata, viernes 25 de junio de 1999

Tengo miedo. No tendría que haber visitado esta época. Mamá ya me había contado los peligros que implicaba ir a ver los recitales de la banda de papá. En River vi algunas cosas pero esto fue demasiado. Realmente fue (y es, porque sigo acá) terrible cruzarse con esta gente horrible, que no sabe hacer otra cosa que provocar quilombo. De ahora en más, cada vez que me encuentre con un policía voy a ser muy precavido.
En River le erré. Los videos con los que estaban trabajando esa noche eran sólo los de ese recital. Al menos, eso es lo que pude ver antes de que me sacaran de la cabina de edición. Los tipos que cuidaban a papá siempre fueron jodidos pero a mí nunca me decían nada porque sabían que eso significaba encerrarlos durante dos horas en la jaula de los ovejeros. Esta vez no me reconocieron (claro, yo todavía no nací) y tuve que salir sin chances de quedarme a espiar demasiado.
Estuve revisando mis planes. Los videos están casi todos grabados, pero no puedo dar con ellos tan fácilmente como pensaba. La banda ya es muy conocida y se mueve de una manera inaccesible para mí. Necesito conocerlos y hacerme su amigo. Al menos de la Mujer Maldita. Otra opción es viajar un poco más al futuro e intentar robar todos los videos de la caja de seguridad del banco, pero es muy arriesgado hacer algo así y no puedo traer a los compañeros conmigo desde nuestra era.
Mientras tanto, estoy en Mar del Plata, que todavía no sufrió el tsunami del 18 y está como en las postales. Aunque un poco destruida después de lo que pasó el fin de semana pasado. Según el Sí de hoy (que todavía es en blanco y negro y hasta parece interesante)  la policía disparó 3500 veces a los seguidores de la banda, hubo catorce vagones de tren destruidos y ochenta comercios dañados. Una locura. Aunque no se puede comparar con el festival “Las bengalas no eran tan malas”, que organizó la agrupación El Rocanrol No Morirá Jamás y que fue una de las últimas cosas que papá apoyó en su vida, en el peor momento de la enfermedad. “La verdad que eran todas unas grandes veladas iluminadas como nunca por mis desangelados. Es hora de que vuelvan y qué mejor que las musicalicen los chicos de bandas como La Beriso, grandes exponentes de la cultura rock”, dijo en una de sus tantas y lamentables conferencias de prensa de los últimos años.
Es hora de recorrer esta ciudad para despejarme un poco. Después de todo, estoy en el pasado y mi vida no tiene horarios, y al tiempo perdido lo puedo recuperar. Quizás hasta podría pegar un viajecito a los sesenta y explorar el amor libre; pero eso ya sería aprovecharme demasiado de mi condición de viajero temporal. Los compañeros de la Post Ricota están esperando en algún punto del futuro mis resultados y no puedo defraudarlos. Eso sí, alfajores me compro seguro.

jueves, 21 de febrero de 2013

Bruno Solari, el John Connor de Ricota - I

Este cuento, relato o novela corta (?) fue una estupidez que publiqué durante dos (!) años en la revista Rock Salta. Hacía falta rellenar y darle un contenido más variado a la revi, así que se me ocurrió hacer esta historia ricotera futurista de ciencia ficción, un choreo absoluto a Terminator y a Volver al Futuro. Me imaginé al hijo del Indio viajando al pasado para recuperar los famosos videos de los recitales de Los Redondos para salvar a su padre de un colapso que lo llevaría a la ruina mental. 
Los textos fueron saliendo así nomás, sin pretensiones y muy de apuro; hechos sobre el cierre, para cumplir. La idea fue burlarse del extremo fanatismo del ricotero, que a veces (nos) me invade y no (nos) me deja escuchar otra cosa. Fueron trece episodios. De a poco voy a ir posteándolos a todos. 



Buenos Aires, Argentina, sábado, 15 de abril de 2000.

Acabo de llegar. Esta ciudad no tiene nada que ver con la que conocí. Entiendo que la gente de esta época no podrá comprender jamás mi origen y mucho menos mi objetivo. Sé que hoy es un día especial: papá está a punto de abrir los recitales de su banda en el estadio de River Plate. Aunque suene a broma, durante la década del 90 los conciertos más multitudinarios se realizaban en este lugar. Ahora sería imposible que una banda toque allí. Los equipos del ascenso no pueden manejar semejantes eventos.
Yo todavía no nací, pero por lo que leí en entrevistas, me están buscando. Papá no pudo disfrutar mucho tiempo conmigo, ni yo con él. Haberme tenido a los cincuenta y pico no ayudó y su enfermedad empeoró las cosas. Siempre recuerdo ese último show que dio. Le advertí que intentar realizar un espectáculo en el Amazonas era una locura. La maldita enfermedad que lo llevó a alucinar y crear proyectos utópicos lo terminó de matar. Lo supe cuando apareció en el programa de Charo, que es buena mina pero también se comió el mambo de su viejo. Lamenté la frase “vamos a copar Brasil, estoy preparando todo para tocar en la Luna”. Se burlaron de papá y yo lloré, en Leloir.
Pero sé que cuál es mi misión: recuperar los videos. Sin ellos, la banda no se habría separado. Mejor dicho, sin la desaparición de los videos. Yo le creo al tío Edu cuando dice que en esos tiempos estaba ciego por su amor hacia esa mujer. “Ella es la culpable de que se haya ido todo al carajo”, me contó una vez, después de leerme tres capítulos de la biografía de Krishnamurti.
Hoy, gracias a la tecnología pude llegar hasta acá. Este diario de viaje me va a servir para documentar todo y tener las pruebas necesarias. Los planos ocultos en el Último Bondi sirvieron, tal cual lo dejó escrito el Mono, para construir la máquina del tiempo. Si mis cálculos son precisos, la historia tiene que haber empezado en esta fecha.
En la tele hablan del concierto, un tal Bebe dice que las canciones de la banda de papá son cantadas hasta por las hinchadas de fútbol. Qué raro, nunca supe de semejante hecho. Mañana voy tener que ir a una cancha para intentar comprobarlo.
Encaro para el estadio, la cantidad de gente es impresionante, pero no tanta como la que hubo en Wembley, en la despedida de Las Pastillas. A veces, cuando leo en los libros que en los primeros años del siglo XX se hablaba de un apocalipsis, creo que no pasaba por un fin del mundo literal. El infierno real puede ser peor que la nada misma.
Adentro se pudrió todo: papá cagó a pedos al público porque no lo escuchaban cuando intentaba comunicarles algo. Me hizo acordar a la vez que me retó porque no dije “cultura rock”, en lugar de mi más vulgar “rocanrol”. Cuando termine el show voy a ir a la cabina de edición. Ahí tienen que estar.