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lunes, 24 de julio de 2017

Paren el mundo

(Julio y su madre. Foto: Marcelo Addax - Facebook Agarrate Catalina)

En el Teatro Provincial, ante unas mil personas, la murga uruguaya Agarrate Catalina presentó anoche su espectáculo “Un día de Julio”. El grupo liderado por Tabaré Cardozo ofreció un show agridulce repleto de guiños culturales y las eternas reflexiones sobre la rutina del hombre actual.

La historia gira alrededor de Julio, un montevideano virgen de 48 años que jamás salió de su casa. Durante toda su vida, Julio se dedicó a estudiar y a reparar gratis todo tipo de objetos para los vecinos. Esto indigna a su madre, que piensa que “la gente es una mierda”, pero le exige a Julio que salga a la calle a conseguir un trabajo remunerado.

Julio se niega a pisar un mundo capitalista que provoca la esclavitud del ser humano con bienes de consumo, trabajos que atan y dogmas que promueven la intolerancia. Prefiere la libertad que da el encierro. Es una mezcla de Jim Carrey en The Truman Show con The Dark Side of the Moon como banda de sonido.

Durante una hora y media, Agarrate Catalina cuenta la historia de Julio con muchísimos guiños pop (desde Sandro al Mortal Kombat), lanza referencias actuales que provocan identificación inmediata (las redes sociales, WhatsApp, tablets) y crea momentos muy graciosos combinados con otros de una tristeza absoluta motivados por una fuerte sensación que queda flotando en el aire: la madre de Julio tiene razón.

Uno de los mejores momentos del espectáculo sucede cuando la murga canta sobre los dogmas, allí demuestra que hasta en las posturas más progres existe intolerancia.

Tras el show, todos los músicos salieron a cantar a la vereda del teatro e interactuaron con su público. Quizás, para refutar un poco a la madre de Julio.

                 


Un breve artículo publicado en Cuarto Poder, de Salta, el 11 de noviembre de 2015. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Canten, putos

(Ricoteros en su salsa. A la foto la saqué de acá)

Una noche de 2013 partí a Mendoza para ver al Indio Solari. Viajé en un colectivo repleto de ricoteros desconocidos que seguían a rajatabla el manual de la misa: escabio, faso, agite y cantos. Al mediodía, cuando llevábamos unas doce o trece horas en la ruta, me calcé los auriculares para escuchar la música que llevaba en el teléfono. Lo primero que puse, de puro contrera, fue Cerati. Amo a Patricio Rey pero en momentos así me gusta correrme de lo que se supone que hay que hacer. Por ejemplo, el año pasado, cuando se estrenó la película del Indio en los cines de todo el país, fui a verla vestido con camisa blanca sólo porque sabía que casi todos iban a lookearse con remeras de PR.

No es de hinchapelotas. Es que nunca está bueno parecer uniformado. Entonces, estaba en el colectivo, callado, casi sin escabiar (cada tanto aceptaba un solidario trago de fernet que llegaba en una hielera de metal) y escuchaba los temas de Fuerza Natural: “Cactus”, “Convoy”, “Tracción a sangre”, “He visto a Lucy”. El último Cerati, el más elegante de todos. Cuando me sacaba los auriculares me encontraba con la realidad: un parlante que saturaba y pasaba sin interrupciones la discografía de Los Redondos.

El momento que más recuerdo llegó cuando terminó Cerati y empezó “'81”, una canción extraordinaria: arpa, voz y una hermosa letra, como todas las de Joanna Newsom, que es una genia absoluta porque además de ser una gran compositora es una poeta del carajo.

Mientras miraba la geografía cuyana a través del vidrio de ese Plusmar rentado y escuchaba a Joanna cantar con voz de gata que reclama más Whiskas, un grupo de cinco ricoteros hacía pogo en el pasillo del bondi y gritaba “canten, putos, para qué vinieron”. En pleno descontrol me vaciaron media hielera encima.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cállense, putos

Es 1977 y Pink Floyd gira por el mundo presentando su disco Animals. La gente habla a los gritos. Roger Waters empieza a tocar la canción “Pigs on the wing”. No canta, apenas susurra, acompañado por una guitarra acústica. De repente, se escucha cómo explota un petardo entre el público. Entonces, Waters se embola y le dice a la audiencia (la traducción es libre):

“Uh, pero la puta madre, dejen de tirar petardos y de gritar, ¡estoy tratando de cantar una canción! O sea, no me importa, si no quieren escuchar váyanse a la concha de su madre. Estoy seguro de que hay un montón de personas acá que sí quieren escuchar, así que quédense en el molde. Si quieren tirar petardos, vayan afuera. Y si quieren gritar y hacer bardo, vayan afuera. Estoy tratando de cantar una canción que mucha gente quiere escuchar. Yo la quiero escuchar”.

Este audio tiene, de alguna manera, lo que en 1979 se transformaría en parte del concepto de The Wall: el artista enojado con su audiencia, que empieza a odiar el mundo del rock y crea una pared simbólica a su alrededor para aislarse de todos.

Esto con Pato Fontan** no pasaba.