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martes, 23 de septiembre de 2014

Documento único


(Foto: David Lescano, Facebook Guauchos)

No son tantas las bandas que transmitan identidad desde todos los frentes. Guauchos es una. Su rock folclórico progresivo psicodélico (por poner una etiqueta larguísima e innecesaria) los posiciona en un lugar destacado dentro del mapa emergente nacional. El origen formoseño de sus integrantes no pasa desapercibido. Se nota en los tererés en loop que consumen 24x7 y en su tonada transparente. También en los pequeños detalles que hacen a la obra. Por ejemplo, las tapas, realizadas por Marcos Ramírez, líder de la banda Nde Ramírez y hermano de Juan Manuel, baterista guaucho. Las portadas de Guauchos (2011) y Pago (2013) transmiten lo mismo que se escucha: una obra parida desde un lugar concreto, con sus características.

“A Pago lo preproducimos en una quinta allá, en Formosa. Y llevamos un sistema de microfoneo que no es trascendental en el disco, pero hay unos detalles. Y estábamos en la preproducción y nos metíamos por el monte. Una mañana estaban todos fisurados y yo estaba totalmente al pedo. Me puse los auriculares y me metí a caminar por el monte. Terminé grabando una familia de monos carayá, que andan por los árboles, arriba, se mueven en familia. Y eso está presente a full y es al toque de la ciudad. Después pasa eso de la música formoseña que suena. Hay compositores muy fuertes”, cuenta Juan Manuel, hablando sobre el componente local que existe en la banda.

Esa identidad no nace por casualidad ni en poco tiempo. Se trata de años de música mamada inconscientemente. “En mi casa había un disco que sonaba siempre. Mi viejo para hacer el asado ponía ese disco, cosas así. Era Transmisión Huaucke, de Jacinto y Peteco, que es un discazo, para mí es el Álbum Blanco del folclore. Lo escuchaba y ni sabía quién tocaba. Después, cuando fui más consciente de las cosas que me gustaban, empecé a rastrear el disco. Y ahora lo tengo en mi computadora, lo escucho. Es un disco tremendazo, que como terminás descubriendo después de quién es, primero entra por la música en sí”, dice Lucas Caballero, guitarrista y uno de los propietarios de la porteña disquería Mercurio, lugar clave para entender el rock independiente de estos años.

“A mí me pasó una cosa muy loca con Juanmi, el violero. Estábamos viajando y puso de su celu un disco de Ozzy de los noventa. Y automáticamente flasheé, porque mi hermano lo tenía en mi casa, en vinilo. Nunca supe que era de Ozzy, ni nada, pero de vez en cuando sonaba. Y lo sabía de memoria. Eso con el folclore nos pasa mucho. En casa había un disco de Domingo Cura muy bueno. Toda una sesión de temas súper percusivos. Y hay un tema que lo tengo re presente. Eso está a full. Después vino todo el grunge y aprender la historia del rock. Por eso, cuando pasó de irnos y volver a Formosa, y armamos la banda, la sinceridad musical gestó la identidad”, completa Juan Manuel.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Si yo soy así

(Mosca según Gustavo Sala)

Domingo 23 de febrero de 2014: el bidón de cinco litros de Villa del Sur está completamente cubierto por el sol de las cuatro de la tarde. Ha sido un verano extraño, con días agobiantes entre diciembre y enero, y temperaturas primaverales desde entonces. Como si todo el calor disponible de la temporada se hubiese consumido en el primer mes, la antesala del otoño fue sólo una caricia. Pero hoy el verano dejó de laburar a reglamento. Se puso las pilas y hace sudar a todos los que están al costado del Puente Alsina. Con una humanidad de largo pelo azabache y más de cien kilos, un pibe transpirado grita un mantra incesante: “¡Tocá panró, puto, dale!”. Cuando termina la frase, agarra el bidón y toma unos tragos de cerveza, que está cada vez más caliente.

Los receptores de los gritos son los miembros de Secuaces, un grupo de punk pop amable que juega de local en este festipunk gratuito del conurbano bonaerense. Los chicos son de Lanús, cantan canciones con letras como “te llamé al celular y no me contestaste” y hacen una versión de “Great Balls of Fire”. Su bajista mujer provoca miradas hacia el escenario. El problema con Secuaces es que se toman su tiempo y no meten un tema tras otro de manera voraz, como dicta el supuesto manual del punk. Acá no hay “¡undotrevá!” antes de cada tema. Hay baches, palabras y agradecimientos. Especialmente a los Dos Minutos, grandes anfitriones de la jornada y responsables de poner este lugar en el mapa.

Viernes 21 de febrero de 2014: en una pizzería del porteño barrio de Almagro, el Mosca pide una Stella Artois para acompañar una grande de muzza y repasar los 27 años de Dos Minutos, que en marzo está celebrando las dos décadas de Valentín Alsina, uno de los discos más importantes de los noventa. Lo primero que recuerda no son los comienzos ni el gran éxito y repercusión de sus trabajos, sino el desastroso viaje a Salta que realizaron en 2009. La combi que los llevó desde Buenos Aires era manejada por un chofer que no conocía la fama de puro descontrol que posee el grupo y los torturó durante varias horas, prohibiéndoles fumar, entre otras cosas.

“Esa fue una anécdota para el libro de Dos Minutos. Fue un acto de autosuicidio, de honestidad y de bondad. Nos bajamos antes de matar al evangelista que nos llevaba”, cuenta Mosca, entre risas.

Salta, domingo 2 de agosto de 2009: Oconnor está en el escenario de La Estación Mega Disco promediando su potente set metalero. En camarines, Los Gardelitos aguardan para cerrar el festival Rock Salta con la habitual tranquilidad que transporta Eli Suárez. En el baño superior de la bailanta, todo arde: los Dos Minutos terminaron su show temprano pudiendo descargar la furia contenida en un concierto épico que dejó muy alta la vara de la exigencia rockera. Difícilmente Oconnor y Los Gardeles puedan alcanzarlos. No es falencia de ellos, es mérito de Dos Minutos, que ahora sólo se dedican a tomar cervezas y a narrar lo vivido en las últimas 24 horas.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Paredón y después


Eli Suárez es un tipo tímido, callado, que anda por lo bajo. No le gusta sobresalir ni figurar. Prefiere hacer las cosas a su modo, con sus tiempos, austeramente, sin ostentaciones. Lo aprendió de sus referentes y de su familia, especialmente de su padre, Korneta, un poeta arrabalero que con poesía, música y acciones lo marcó para siempre. Tanto, que a veces esa herencia se transforma en una carga.

El 25 de mayo, apenas unos días después del decimo aniversario de la muerte de Korneta, apareció Ciudad Oculta, el nuevo disco de Los Gardelitos, la banda que continúa hasta hoy gracias a la tenacidad, el compromiso y, ahora también, por fin, las canciones de su hijo.

Ciudad Oculta regresa a las raíces musicales de la banda, al sonido que forjó a miles de fanáticos en todo el país. Rock con melodías tangueras, poesía de empedrado y suburbio. También se conservan las guitarras crudas de Oxígeno, el disco anterior, de 2008, algo que en su momento fue criticado por los fans ortodoxos y hoy reluce como una característica más. Ciudad Oculta está formado por seis canciones inéditas de Korneta y seis flamantes composiciones de Eli, las primeras que escribió después de ese debut compositivo (y además, hit) que fue “Mezclas raras”.

Ya con el nuevo trabajo en la calle y con respuestas positivas sobre su laburo, Eli confirma que es hora de adueñarse de la banda por completo y para siempre, asumir definitivamente el legado. “No es una cuestión de apoderarse sino que naturalmente va deviniendo en eso. Es natural. Con el tiempo te vas haciendo cargo”, dice, ya más relajado, una semana después de la salida de Ciudad Oculta. Mientras estuvo preparando las canciones casi no atendió llamadas, no revisó muchos mails. Se concentró solamente en la música con obsesión e inseguridad. Entre risas reconoce que volvió locos a todos en su familia, mostrándoles los temas a cada rato y preguntándoles si les parecían bien.

Salvo dos canciones que ya habían sido anticipadas (“Un taxi” y “Puño y letra”) el resto se conoció cuando apareció el disco. “A la letra de uno de los temas, ‘Viejo y querido rocanrol’, la hice una semana antes de publicarlo. Me salió sobre la marcha y quedó fresco. Se podría decir que el disco se tomó el tiempo que se tenía que tomar. Llegó en el momento que tenía que llegar. Y está bueno que sea fresco. Complementa con las canciones de Korneta, que esperaron tantos años para salir, y como los buenos vinos, se ponen mejores con el tiempo”, cuenta.

martes, 29 de julio de 2014

El Perrodiablo

(Foto: Cata Moncal)

Transpirado, en cueros, agitando constantemente, arengando con gritos y ademanes de un tipo que está sacado por la música, Doma se tira al público. Baila en el pogo sin parar de cantar. Apoya su frente en la de otros y arma un coro como hacían los Beatles en un sólo micrófono, pero a niveles de violencia sonora extrema. Mientras tanto, en el escenario, los cuatro músicos restantes laburan para que esa locomotora sin vagones prendida fuego que es El Perrodiablo atraviese las vías y las estaciones sin dejar nada en pie. Y recién van por el primer tema de la lista.

A esta altura, la entrega total que hace El Perrodiablo en vivo, con los amplis en 11, ya es una confirmación que se desparrama cada vez más. Capaces de tocar para metaleros ortodoxos o hipsters palermitanos, los integrantes de este quinteto de La Plata asumen el rock como oxígeno durante todos sus shows. El grupo tuvo un 2013 de repercusión y mayor notoriedad gracias a la gran recepción que tuvo El Espíritu, su tercer disco, editado en 2012. Desde entonces, ver a El Perrodiablo en vivo es casi una obligación para el escucha actual del rock de acá. Los álbumes editados (disponibles en elperrodiablo.com.ar) muestran sólo un costado, el que remite a The Stooges y MC5. Para apreciarlos por completo hay que estar ahí, poguear con Doma, ver a los demás (Chaume y Lea, en guitarras; Fran, en bajo y Joseph, en batería) en un pogo estático, interior. Empujando desde sus instrumentos.

jueves, 10 de abril de 2014

El rock del ancazo


Metal progresivo experimental con toques de psicodelia, funk, free jazz y letras en idiomas inventados, desde la tierra del Monumento al Sánguche de Milanesa, con un Mars Volta de invitado. ¿Qué carajos? El trío tucumano Los Random se está convirtiendo en uno de los más prestigiosos grupos emergentes argentinos gracias a Pidanoma, su reciente segundo disco, una obra exigente y maravillosa que traslada por varias capas de sensaciones, climas y sonidos. Un álbum que cumple con el mandato del Señor Damián, que aparece sampleado entre la banda, y Marco Antonio Solís: todo se trabaja mentalmente.

En 2009, el demencial EP Prrimo, The les sirvió de presentación. En Todo.s los colores del (2011), acentuaron su veta metalera abrumadora y comenzaron a destacarse. En este nuevo trabajo, la madurez de estos pibes que promedian los 24 años sorprende. Grabado en vivo en su estudio de Tafí Viejo, con la producción de Ramiro Rodríguez, Pidanoma fue publicado de manera virtual a fines de enero a través del sello Las Tías Records. Apareció el mismo día del nacimiento de Felipe, segundo hijo del baterista Marcos Crosa: la banda esperó a que el niño naciera para darlo a conocer.

Pidanoma no tiene el gancho inmediato de canciones pasadas como "Elchi, John" o "Cachafaz". Tampoco abunda esa brutalidad inicial que hacía volar cabezas con furia deslumbrante. El grupo se abrió musicalmente y abandonó las letras en inglés. Se mantienen los términos tucumanos, presentes en todos sus discos, que le aportan identidad. Las palabras funcionan como un instrumento más. Acompañan a la música, como alguna vez supo hacer Seru Giran. La introspección es la protagonista. El trío baja a las oscuras profundidades del sonido para salir disparado más lejos que nunca. “Lo grabamos tres veces, las dos anteriores tenían todo dado vuelta, no había madurado. Había riffs que estaban en otro tema o partes sin tanto protagonismo. Era más corto, un poco más desordenado. El disco mismo nos fue exigiendo muchas cosas, como desterrar el inglés o también no meter tantas voces”, recuerda Raúl García Posse, cantante y guitarrista.

domingo, 26 de enero de 2014

Hombre de las cumbres


En el mes de abril, investigadores del Conicet determinaron, tras cinco años de trabajo, que Merlo, en San Luis, es la ciudad con mejor calidad ambiental del país. Se basaron en variables como el confort climático, el nivel de contaminación, la inundabilidad, los ruidos y el estado de las playas y los espacios verdes de cada lugar. Aseguraron tener una “concepción amplia” del ambiente y explicaron que una buena calidad ambiental no significa ausencia de problemas, sino, además, presencia de elementos atractivos en el paisaje y el entorno.

En Merlo está Edelmiro Molinari. Allí decidió radicarse, hace seis años, aún antes de que el Conicet comenzara sus investigaciones ambientales. No parece haber sido azarosa la elección de este músico de 66 años que se crío en el porteñísimo Bajo Belgrano pero terminó como un nómade trotamundos, viviendo en diferentes países. Algo lo llevó hasta allí. Su conexión profunda con la tierra lo depositó en ese lugar. En “Mestizo”, una canción que está en el segundo disco de Almendra, la ópera rock que no fue, ya se mostraba inquieto por la naturaleza y sus alcances. “Voy al sol, y cuando esté seco iré como por el aire hasta vos”, escribió en 1970. En el disco anterior, el mítico debut del cuarteto, Molinari firmó una pieza clave para su carrera y el rock argentino entero: “Color humano”. Desde el primer acople que lo arranca hasta el riff inconfundible, gordo y profundo, se nota que estamos ante una canción perdurable y de una importancia que en su momento quizás no habrán sabido percibir, pero hoy aparece todo el tiempo, en cada uno de sus nueve minutos de duración. Cuando Spinetta emerge para cantar los versos de Edelmiro, todo termina de cerrar: “Beso mares de algodón sin mareas, suaves son, sublimándonos, despertándonos. Somos seres humanos sin saber lo que es hoy un ser humano”. ¡Todo antes de cumplir 23 años!

Color Humano, la banda, fue otra estrella fugaz de poca vida y largo aliento, tras la separación de Almendra. Tres discos entre 1972 y 1974 que aún hoy siguen sonando demoledores por la cohesión que existía entre los músicos que conformaban el grupo (además de Molinari en guitarra y voz, estaban Rinaldo Rafanelli en bajo y David Lebón en batería, luego reemplazado por Oscar Moro en los dos últimos álbumes). Escuchar canciones como “Cosas rústicas”, “Hace casi 2000 años”, “Las historias que tengo”, “Pascual tal cual” o “Sangre del sol” deslumbra y demuestra lo injusta que puede ser la historia del rock con algunos de sus referentes. Es muy difícil conseguir los trabajos de Edelmiro en una disquería. Contacto, el álbum editado en 2012, se consigue en Mercado Libre a $500. El CD de Edelmiro y La Galletita, publicado en 1984 con una banda en la que también estaba Skay Beilinson, está a la venta en el mismo sitio a $300. Su vinilo, a $1.200.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Década ganada

(Foto: Florche Duré)

Pampa Cadabra es el más reciente lanzamiento de Pampa Yakuza, el grupo liderado por el cantante Hernán Saravia, que hace más de diez años viene creciendo en la escena argentina. Con su mezcla de folclore, reggae, rock, ska y alguna vez hasta cuarteto, Pampa se ubica como un producto típico de la época. Un grupo independiente que viene conquistando ciudades y provincias con esfuerzo y shows constantes.

Unas horas antes de ir a Vorterix a presentar el video de “En vida” (otra cosa muy de estos años: ir a una radio a mostrar imágenes), el guitarrista Luciano Katz habló de la nueva etapa del grupo, de sus letras, de la distancia entre músicos que crecen y un público que se mantiene en edad y sobre la postura política que Pampa Yakuza adopta como propia.

jueves, 12 de diciembre de 2013

La música de todos

(Foto: Facebook Babasonicos)

Como si fuera un chute heroinómano, escuchar música en mp3 tiene algo de ritual adictivo imparable. Todos los días nos destrozamos los tímpanos con la música al palo. Lo sabemos, pero no podemos dejar de hacerlo. El celular es la extensión del brazo, que espera impaciente el impacto, clavar la aguja en el lugar correcto, enchufar los auriculares de manera precisa. Una penetración seca y contundente, que excita porque significa que el momento del goce está a punto de llegar. El cable rodea y atrapa. Después play y si es random mejor, para también sorprendernos.

Y si esta canción fuera narcótica no acabaría, sería la música de todos. Eso canta Adrián Dárgelos en “Los burócratas del amor”, una de las piezas más pegadizas de Romantisísmico, el nuevo disco de Babasonicos. El grupo volvió a entregar una serie de temas irresistibles, imposibles de despegar de los oídos, del karaoke improvisado. Opciones > Repetir lista completa. No acaba, es la música de todos. Esto es droga.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Canción para los días de la vida

(El cuadro dedicado por Luis "para Daniel, el Bill Evans de los panaderos")

El barrio de Belgrano, en la Ciudad de Buenos Aires, está habitado por casi 150 mil personas cada vez más amontonadas en edificios que se construyen sin parar. Las avenidas y la mayoría de sus calles presentan la misma imagen vertical: pisos y pisos, uno al lado del otro. Esta expansión exagerada comenzó hace poco tiempo, a principios de siglo, y contrasta notablemente con la vida que se llevaba hace cincuenta años.

Una de las calles que conserva cierta imagen de antaño es Arribeños. Allí, casi al 3000, todavía se respira un poco de aire. Los edificios no son tantos, hay muchos árboles y el cielo puede verse con facilidad. En una de las casas de esa zona vive Gustavo, de 59 años. Él sabe que la relativa tranquilidad que lo rodea, en comparación con otros sectores del barrio, está extinguiéndose. En la cuadra ya hay dos obras en construcción y un par de propiedades en venta. “El año que viene creo que vamos a estar en el promedio que hay acá, que son tres edificios por cuadra, una cosa espantosa. Va a estallar este barrio. Desde mi terraza yo veía los edificios más altos de Barrancas de Belgrano, hoy es imposible”, cuenta este hombre flaco, alto y canoso, que no aparenta la edad que tiene y conserva un espíritu luminoso que se evidencia como gen familiar.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Haciendo cosas raras para gente normal


El sábado 31 de agosto, Roberto Pettinato salió a caminar por el centro de Salta. O al menos, eso nos hizo creer. Contó parte del recorrido esa misma noche, sobre el escenario del Teatro del Huerto: “Justo pasé por un monasterio de monjas que no salen hace cincuenta años. Les tiré un porro y les dije ‘¡no vale la pena salir!’”, recordó, en medio de Me quiero portar vien, su espectáculo de stand up que lo trajo a la provincia. “Con Sumo no llegamos nunca a Salta, sólo hasta La Rioja”, dijo también, entre las risas del público. Entonces se puso a relatar la historia que protagonizó con Alejandro Sokol, en los ochenta, cuando Sumo recién comenzaba. Años en los que la banda era hija de los caprichos y la guita acumulada transformada en instrumentos de un tano heroinómano que hablaba en inglés e intentaba zafar como sea de la parca. Cuando aún no eran leyenda ni habían editado discos trascendentales. En esas épocas sólo podían acumular experiencias como la de La Rioja, que incluía cactus, ganas de drogarse y frustraciones alucinógenas con forma de pinchazo.

jueves, 3 de octubre de 2013

"La música hace lo que quiere"

(Foto: Diego Ele, Facebook David Lebón)

El Design Suites es tan, pero tan cheto, que cuando La Renga se instaló allí en julio, uno de los primeros comentarios que surgió fue sobre el excesivo lujo que ostentan sus instalaciones. El coqueto hotel, ubicado en pleno centro de la ciudad, albergó a casi todos los músicos de rock que llegaron en los últimos meses. Por ahí estuvieron Fito Páez, Willy Crook, Divididos y Nito Mestre, entre otros. Jamás el Indio Solari, que tiene su búnker sobre los cerros, en la Presidencial del Sheraton.

En el bar del hotel está David Lebón, durante la tarde del 30 de mayo de 2012, antes de tocar en un Teatro Provincial repleto de gente que pagará apenas $15 por pera, gracias al ciclo Cultura da la Nota; uno de los pocos proyectos del gobierno provincial (¿el único?) que fue aplaudido por la mayoría. Lebón, de casi 60 años (los cumple en octubre), volvió a Salta tras un lustro de ausencia.

Vestido de blanco, como el viejo embebido por la cultura hippie que es, pero sin llegar al mensaje de autoayuda zen que alguna vez popularizó Piero (¡Piero!); Lebón se acerca, pide una Coca Cola, saluda y dice: “Cuando se fue Luis (N. de la R: Spinetta, se entiende), me di cuenta de lo que era la historia. La historia que tuvimos nosotros dos. Aunque parezca que no, compartí mucho con él. Aprendí, aprendimos, y así con cada uno, o sea que no tuve mucho tiempo de pavear”.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Simon Reynolds, la crítica musical, sus alcances, el post punk y los títulos académicos larguísimos que le dan más chapa a las notas

(Foto: Vito Rivelli, Facebook Filba) 

A mediados de los 90, el suplemento Sí empezó a hablar de un periodista que la tenía clarísima a la hora de analizar la cultura pop anglo. Era Simon Reynolds. Las notas que lo mencionaban venían siempre firmadas por Pablo Schanton. Él es el responsable principal de haber colocado al inglés en este lugar del mundo. Por eso, no sorprendió que varios años después, Schanton, coautor de “Morrissey”, el hit de Leo García que hablaba de Björk, Bowie y Beck, fuera uno de los involucrados en las ediciones argentinas de los libros Después del rock (2010), Retromanía (2012) y Romper todo y empezar de nuevo (2013).

La primera impresión sobre el trabajo de Simon Reynolds es la de estar frente a apuntes universitarios del palo. Sus libros deberían venir fotocopiados y subrayados previamente. Con títulos como “Ono, Eno, Arto: no-músicos y la emergencia del ‘rock conceptual’”, “Situacionismo y pop” o “Psicodelia digital. Sampleo y paisaje sonoro”; Reynolds construyó una manera de erudición crítica en el mundo del rock que pocos alcanzaron con tanta expansión. Pablo Schanton y libros como Rockología, de Eduardo Berti, son algunos de sus pares locales, que en los últimos años han comenzado a aparecer en mayor número, también gracias a las publicaciones de los trabajos del alemán Diedrich Diederichsen y Greil Marcus, entre otros.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Canciones con fe


En diciembre de 2001, Fede Cabral vio con sus propios ojos cómo intentaban prender fuego la puerta de la Casa Rosada. Habitante de San Telmo durante una década, sintió que todo lo que conocía se incendiaba y se precipitaba hacia un pozo que no mostraba fondo. No se sabía cuánto se podía caer. Con ese panorama, su banda Sancamaleón no podía editar otra cosa que Cancionero para niños sin fe. Ese primer trabajo discográfico fue compuesto y grabado en medio del caos argentino de principios de siglo. Era un disco que destilaba furia contenida, desencanto generacional de tipos de veintipico que no veían chance de progreso. “No nos jodan porque somos violentos”, cantaba Fede en una de las canciones emblemáticas del álbum, entre guitarras filosas y una fuerte marca del rock latino de los 90.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Hombre orquesta


(Foto: Edgardo Kevorkian, Facebook Gillespi)

Músico, hombre de radio, escritor de libros, productor televisivo, trompetista invitado de Sumo, ex miembro estable de Las Pelotas, humorista. Todo eso y más es Marcelo Rodríguez. Gillespi es el tipo que sale de su programa diario de Nacional Rock (Burundanga, de lunes a viernes a las 19) y apenas tiene tiempo para comer algo y relajarse un rato, antes de acompañar a Alejandro Dolina en La Venganza Será Terrible (de lunes a viernes a la medianoche, por Radio del Plata). Además tiene que acomodarse para poder ensayar para sus conciertos y empezar a prepararse para ser el anfitrión oficial del festival internacional Buenos Aires Jazz, en noviembre.

A fines de junio, Gillespi viajó a Salta para participar con su banda del ciclo Cultura da la Nota y se llevó una buena impresión. El público respondió a su música. “Sí, no te digo que soy el flautista de Hamelin y la gente me siguió caminando como zombis hasta el hotel. No, me aplaudieron, me pidieron un bis, no es que me sacaron en andas. El público estaba feliz, nosotros también. Se dio esa magia”, recuerda.

No es poca cosa que alguien que se dedica a la música instrumental llene un teatro en Salta, aunque la dificultad para lograrlo sea más o menos la misma en todos lados. “En su momento, las músicas del mundo eran instrumentales. Un tipo tocaba una flauta de caña, otro tocaba un tambor en África. Después empezó como el juglarismo: un tipo iba a un pueblo con un instrumento a cantar algo más parecido a la canción actual: ‘el rey se murió, todo el mundo está triste’. Ahora, cuando vos te ponés a estudiar un instrumento como la trompeta, ya de entrada no podés cantar porque te ocupa la boca. Ya te volcás sí o sí a la cuestión instrumental, que es el desafío de tratar de cautivar a la audiencia con la música, con los elementos que tenés”, cuenta Gillespi, antes de meterse de lleno en una charla que transitará por los caminos que él considera importantes para desarrollar una vida plena, sin frustraciones y sin necesidad de estar atento a los comentarios malignos de los resentidos de siempre.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El tesoro de los inocentes

(Cuchuly, en Rock Zone)

El gallo se pasea sin ningún tipo de pudor por las plataformas de la terminal de Tartagal. Rodeándolo, unas diez gallinas picotean aquí y allá. No se le perdieron a nadie, no se escaparon de ningún lugar. Simplemente están, logrando una extraña imagen para el que sólo ve pollos al horno o a la parrilla. Es lo rural ganándole por goleada al cemento. El temor de todo bicho de ciudad argento, malacostumbrado, tuitero y caprichoso, que mide el progreso según la cantidad de sucursales de McDonald’s. A las siete de la mañana ya hay unas cincuenta personas esperando viajar. Aún así, el canto soberbio del pajarraco se impone, porque la gente no dice nada. Apenas dialogan dos hombres. El más joven, rondando los cuarenta años, le cuenta al otro, ya anciano; que vino desde Orán “a bailar nomás”. “¿De tan lejos?”, pregunta el viejo. “¿Por qué no fuiste a Aguaray? Ahí está la fiesta.”

La escena también muestra hasta qué punto es un desafío encontrar rock en esta ciudad, la de las inundaciones y la estafa de Schoklender. La localidad que tiene un (cuestionadísimo) intendente, Sergio Leavy, viviendo en cuarteles militares por temor a represalias. La que fue noticia central en todo el país por el alud que la arrasó en 2009. Una ciudad agobiada por la precariedad provincial, el calor, los mosquitos, la pobreza y la falta de recursos. De movida, parece ser un buen caldo de cultivo para bandas ultra extremas, de denuncia total. Tartagal podría ser el lugar ideal para que existan grupos que dejen a Las Manos de Filippi como unos caretas sin aguante, poperos superficiales amigos de Tan Biónica. Pero no es tan así. Los intentos no prosperaron aún. Una banda punk de nombre genial, Cementerio de Tucas, alguna vez le escribió una canción al dengue, que copaba la ciudad tras el alud. No tuvieron trascendencia: el tartagalense promedio no le da bola al rock.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Ataca de nuevo


Madrugada de invierno en la ciudad de Quilmes: el Club Tucumán está repleto con doscientas personas que ya sintieron las piñas de El Perrodiablo y Fútbol, dos de las mejores bandas emergentes del nuevo rock argentino. Entre calor, humedad y precios considerablemente más bajos que en Capital Federal, los minutos pasan hasta que por una pequeña escalera descienden los cinco protagonistas principales de la noche. El Siempreterno está por dar unos de sus escasos shows anuales, sin probar sonido. Ariel Minimal se cuelga la guitarra, vestido con una remera de Crosby Stills & Nash, semioculto con una gorra de Off!, el grupo hardcore del ex cantante de Black Flag. Fernando Ricciardi se sienta y comienza a acompañar levemente con su batería a Minimal y al bajista Álvaro “Ruso” Sánchez. Mientras tanto, en el medio del escenario, una afiebrada Mimi Maura dosifica sus energías para poder cantar esta noche y volver a hacerlo mañana en Niceto. El que no dosifica un carajo es Sergio Rotman, que está eufórico. Arenga, pregunta qué tal, saluda y presenta al grupo. Inmediatamente comienza una hora de lo más parecido a una noche under ochentosa de rock furioso. Todo lo que leíste en los libros y revistas, todo lo que escuchaste en entrevistas y viste en documentales se siente en Quilmes. Acá hay una escuela prolongada de punk, post punk, Luca Prodan, Cemento, Morrissey, Velvet Underground, el Café Einstein, Todos Tus Muertos, Bowie, Massacre y varios más. El Siempreterno es el hijo directo de Cienfuegos, la banda de culto que en los noventa supo canalizar la angustia y la bronca que Rotman no podía plasmar en su papel de saxofonista de Los Fabulosos Cadillacs. Verlos en vivo es inolvidable porque se notan esas influencias, se percibe el background sonoro pegándote en el pecho, te recuerda en zumbidos matinales posteriores que no te vas a librar tan fácil de su impronta. Presenciar cómo Rotman le grita al micrófono, inclinado contra los bordes de un escenario que es invadido todo el tiempo por dos, tres, cuatro pibes eufóricos y sacados, es una de las mayores experiencias que se pueden vivir en el rock argentino actual. No importa si suena mal, importa que “Moonage Daydream” se convierta en una reactualización de Roberto Quenedi, con palabras como “amanaligueitor”. Después de una hora de Siempreterno no vas a poder ir a ver más bandas punks under. No les vas a creer a ninguna. Como Pappo, los vas a mandar a buscarse un trabajo honesto.

miércoles, 21 de agosto de 2013

No es reedición, es redención

(Foto: gentileza La Perla Irregular)
Pablo Vidal es fanático de Los Beatles. Los nombra a cada rato y los usa cada tanto en sus discos. Vidal le afana a Los Beatles, lo reconoce sin vueltas y tiene un argumento muy sólido para justificarse. “Creo que los mejores compositores y los mejores grupos son los que saben reelaborar otras músicas en función de una propia. Los mejores temas generalmente son robos de otros”, dice Pablo, desde su departamento del barrio de Floresta, en Buenos Aires. Inmediatamente pone un par de ejemplos y, claro, nombra a los Fabulosos: “La melodía de ‘Blowin in the Wind’ es la misma de un tema folk tradicional irlandés. Bob Dylan agarró un tema ya hecho y le cambió la letra. No un tema, varios temas. Porque está esa costumbre en la música folk de agarrar una melodía y cantarle distintas letras. Lo mismo con ‘Girl from the North Country’, que está en el segundo disco. ‘Come Together’, de Los Beatles, es una cita de un tema de Chuck Berry que se llama ‘You Can’t Catch Me’, y hasta tiene un robo en la letra.”

viernes, 2 de agosto de 2013

Buscando nuevas epopeyas

(Foto: Guido Adler)

Ubicada en Palermo Soho, rodeada por bares elegantes, locales modernos y gente vestida ad hoc; la casa de Skay tiene un portón inmaculado y una pared completamente pintada por varios grafitis. Ninguno hace alusión a su nombre ni a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En el barrio, nadie lo reconoce. Puede caminar tranquilo por sus cuadras sin ponerse a pensar que aparecerá la horda de desangelados a hacerle el aguante durante todo el recorrido. Además, pasa desapercibido cuando no está vestido para salir al escenario con sus lentes, sus pañuelos y su actitud avasallante. En persona, Eduardo Beilinson es distinto. Es un tipo tímido que se atropella para hablar, quizás por haber estado tanto tiempo callado en las entrevistas, a la sombra de Carlos Alberto “Indio” Solari. Además se mantiene todo el tiempo con una sonrisa y una actitud amable y simpática que subraya con sus ojos celestes. Ofrece mates amargos, fuma y convive con su eterna compañera y manager Carmen “Poli” Castro. Ambos forman una pareja que constantemente esquivó los caminos convencionales por donde se suponía que debían transitar, en la vida y en la música.
Skay siempre se las ingenió para recorrer los caminos de la libertad, como lo asegura en una de sus canciones. Lo hace desde la infancia, cuando aún era el pequeño Edu, hijo de una familia acomodada de la ciudad de La Plata. Ya, en esa época, algo le decía que encajar no era lo suyo. Durante la adolescencia, en 1968, se dio cuenta de lo que realmente quería: una Europa convulsionada por la psicodelia, los ideales hippies y la revolución del Mayo Francés lo alimentó para toda la eternidad. Volvió a la Argentina siendo el mismo, pero convencido de la vida que debía buscar. Abandonó a su familia de guita, conoció a Poli, se fue a vivir en comunidad y comenzó a pensar que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y aplicó esa idea para todo lo que hizo desde entonces. También supo ser invisible para la dictadura, yéndose a vivir a Salta. Al regreso de su experiencia en el Norte, la pareja, junto al Indio, convirtieron a Los Redondos en la banda más popular del rock argentino y crearon una leyenda que aún hoy se mantiene vigente y en crecimiento.

lunes, 29 de julio de 2013

El golpetear del salvaje

(Me gustaría incluir los créditos de la foto, pero no encontré ninguna referencia)

El mismo tipo que escribe clásicos del rock proletario y denuncia las injusticias de la sociedad, reclamando una mayor igualdad (“El pibe tigre”, “Sentir indiano”); en treinta segundos de entrevista derrapa con las cuatro ruedas, vuelca y se lleva todo puesto (“Si vos sos judío no me vengas a cantar el Himno”). Es capaz de escribir canciones que pintan paisajes de manera perfecta (“Río Paraná”), que invitan al viaje con todos los sentidos, aunque sólo se pueda escuchar (“Convide rutero”). Su pluma es un pincel nítido que absorbe los lugares y los devuelve hechos poesía. Posee una voz de tierra adentro que transmite una emoción y un disfrute equivalente a un asado con amigos, un domingo al mediodía, lejos de la ciudad. El mismo rudo bonachón de modales toscos que desprecia el dinero y cultiva la amistad deviene en demonio temible ante el menor suspiro. A diferencia del Pappo más etílico, él no te tira dos pesos (“Para que te comprés una cara nueva”) antes de cagarte a trompadas; sino que insulta y dice frases incoherentes de manera admirable. Es un AK 47 de la puteada y la declaración bestial. Dos caras de la moneda. El Harvey Dent del metal pesado argentino: Ricardo Horacio Iorio, argentino, 50 años, prócer.

miércoles, 24 de julio de 2013

Llévame lejos


Son dos chicas jóvenes sentadas juntas sobre un escenario. Cantan y tocan. Leticia compone canciones hermosas, es dueña de una personalidad enorme que dentro de poco le permitirá escaparse para siempre de su talento musical. Abandonará Buenos Aires y se liberará definitivamente. Jimena es tímida, tiene vergüenza. Preferiría estar sola, dibujando o cantando sin público. De todas maneras, el orgullo que siente por lo que hace con Leticia la motiva y la empuja, le hace erguir el pecho y elevar su voz con cada estrofa. Le da fuerza a sus manos para tocar la guitarra. Ninguna nota saldrá con pudor, porque esos temas folk no tienen nada que esconder.