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martes, 8 de febrero de 2022

Tengo una lista gigante de personas que se tendrían que haber muerto antes que Spinetta


Siempre leí entre fascinado e incrédulo cómo lloraron todos la muerte de Lennon, con las radios interrumpiendo sus transmisiones para pasar su música y la gente volcándose a las emisoras para, primero, preguntar si era verdad que lo habían matado y, después, ya con la parca instalada; para recordarlo con anécdotas, con ejemplos de cómo sus canciones los habían marcado y educado para siempre.

Eso, así, tal cual; esa misma sensación de tristeza colectiva está pasando ahora mismo, mientras escribo esto. Se murió Luis Alberto Spinetta y el cielo de Salta se cae a pedazos con una tormenta enorme, como para agregarle algo de poesía al asunto.

Y ya empezaron los homenajes, las preguntas incrédulas, las canciones a rotar. No sólo en la radio y la tele. También en las redes sociales. Facebook y Twitter explotaron. Y se pudo notar la tristeza verdadera, la sorpresa, la indignación por las fotos de la revista Caras, que lo escracharon en pleno tratamiento; la careteada (“Chau, Espinetta”, escribieron varios), todo. Pero lo que se pudo ver claramente, en mayor medida que en las despedidas de los políticos, más que en cualquier otra muerte de alguien célebre que yo haya podido presenciar; fue la incondicionalidad en el respeto hacia el Flaco. Nadie lo bardeó, nadie lo criticó por rencores pasados. Todos lo alabaron, lo respetaron aunque no lo conocieran. Como pasaba siempre que se presentaba en festivales, cuando mandaba a callar a todos con su voz y su guitarra y el público se quedaba en el molde, bien quieto, por el respeto que había hacia su figura.

No se me ocurre mucho más para decir, excepto que el Flaco no se tendría que haber ido tan pronto. El mes pasado pensé en escribir algo que empezara con la frase “Tengo una lista gigante de personas que se tienen que morir antes que Spinetta”. Ahora voy a tener que cambiarla, pero la lista sigue, intacta.  

Chau, Flaco. Gracias por todo.

Publicado en Rock Salta el 8/2/12

martes, 14 de diciembre de 2021

La libertrap avanza

(Duki en el Movistar Fri Music 2021. Foto: Prensa Movistar)

“Si alguien entiende a través de lo nuestro que aceptar el cuerpo es una manera muy inteligente de empezar a enfrentar la vida, tenemos una misión cumplida”. La frase podría ser de Nathy Peluso, que con “Este culo es natural, no plastic” hizo mucho para ayudar a popularizar la aceptación y el disfrute del cuerpo no hegemónico. Incluso en el combo de palabras “entiende”/“inteligente”, “nuestro”/“cuerpo” y “vida”/“cumplida” hay una sonoridad, un ritmo involuntario que la asemeja a los textos rapeados del trap. 

Pero a la frase la dijo Federico Moura en 1985. Lo hizo en una nota incluida en Sin disfraz, de Damián Carcacha, un trabajo que reúne “entrevistas esenciales” del líder de Virus. El libro se publicó a través de Colección Vademécum en octubre de este año, pocas semanas antes de que CA7RIEL lanzara EL DISKO, su nuevo álbum, que empieza con un sampleo de “Una luna de miel en la mano”, la canción que podría haber sido usada para resumir el momento dulce de Javier Milei en la política argentina. Pero todo indica que los libertarios no escuchan pop y que los medios progresistas no quieren titular sus páginas con “Luna de Milei en la mano”. Probablemente para no alimentar a una derecha que se mueve sin inconvenientes en una época en la que el individualismo es prioridad. Una postura que se nota, por ejemplo, en la necesidad de lujo que tiene el trap, con su doble cara de pertenencia al barrio y a la vez con el deseo explícito de no formar parte de esas calles, sino de recibir las mieles que brillan en los reels de Instagram que postean los millonarios y los famosos que viven de canje. Una tendencia que se percibe en las letras y los videos de L-Gante, la última marioneta corporativa, como decía Bill Hicks, pero también en Trueno, que rapea con la actitud emprendedora de Marcos Galperín, y en Duki, que hace una obra conceptual egomaníaca, la versión sonora de la selfie. Nunca mira hacia los costados. A veces parecería más coherente que algunos artistas del trap musicalizaran los actos de La Libertad Avanza, que de manera increíble se apropió del rock de los 90 que se oponía a las ideas que difunden.

viernes, 3 de julio de 2020

(Foto: Facebook Bocón Frascino)

“En esa época había muy pocos bajistas, por eso a veces los violeros tocábamos el bajo”, dijo hace algunos años Osvaldo “Bocón” Frascino, histórico guitarrista del rock argentino que se hizo conocido como bajista de Pescado Rabioso. Ironías del destino que sufrió hasta algún integrante de Los Beatles. Quizás ambos episodios sirvan para que dejemos de catalogar a los músicos según el instrumento. ¿O acaso Pappo no tocaba el piano? De todas maneras, Bocón será recordado por haber formado parte de aquella máquina rockera spinetteana más que por el instrumento que le asignaron.

Bocón murió anoche, le faltaba poco para cumplir setenta años. Un resumen de su vida mencionará a Engranaje, banda efímera de Pappo que Bocón luego rescató para continuar tocando su propia música a lo largo de las décadas, pero se instalará en Desatormentándonos, el disco debut de Pescado Rabioso. Ese álbum fue su punto máximo. Como contó Sergio Marchi en Ruido de magia, la biografía oficial de Luis Alberto Spinetta, Bocón y el Flaco se encerraban durante horas antes de los ensayos para forjar el sonido de la banda. Eran los meses iniciales, cuando Pescado aún era un trío que completaba el baterista Black Amaya.

Bocón firmó canciones de ese primer álbum: “Algo flota en la laguna”, en coautoría con el Flaco; y “Me gusta ese tajo” y “Dulce 3 nocturno” con Spinetta y Amaya. “Dulce 3 nocturno” es la que más protagonismo le dio. Allí sí pudo tocar la guitarra. Usó una Fender prestada por los hermanos Juan Carlos y Juan José Robles, dueños de Robertone, una fábrica con empleados complotados para no atender el timbre cada vez que alguien intentaba visitarlos. A Bocón sí le abrían la puerta y podía contar con aquellos equipos nacionales. Desde entonces nunca dejó de estar relacionado a ese sonido. Su nombre suena valvular.

                     

En Crónica e iluminaciones, el libro de Eduardo Berti, Spinetta contó que “Dulce 3 nocturno” surgió en una quinta alquilada por Jorge Pistocchi para que los tres integrantes de Pescado trabajaran sus primeras canciones: “El número tres representaba al grupo. Es ‘dulce’ y ‘nocturno’ porque la canción fue escrita de noche, iluminándonos con una vela. El tema tenía un significado muy fuerte, porque una nueva etapa se abría para mí y para ellos”.

Era una casa quinta modesta, según recordó Bocón: “Pero estuvo muy bueno vivir allí ya que nos podíamos dedicar todo el tiempo a laburar sobre la banda y las canciones”. Se lo dijo a Jorge Kasparian en el libro Luisito. La entrevista completa muestra la importancia que esa canción tuvo para él. “En ‘Dulce 3’ también canto y siempre me felicitan sobre todo los rockeros de esa época, es un tema muy querido por toda esa generación”, decía.

Bocón no duró demasiado en Pescado Rabioso, se alejó en 1972. El motivo fue musical: quería tocar la guitarra. Compuso más canciones para la banda pero la mayoría no trascendió. “Mi espíritu se fue” es la única que llegó al segundo álbum. Volvió a participar de la banda en 2009, cuando Spinetta organizó el show de Las Bandas Eternas. Esa noche sí pudo tocar su instrumento preferido en “Me gusta ese tajo”.

A pesar de tener cinco décadas de música encima, Bocón seguirá atado para siempre a aquella etapa con Spinetta. No es algo negativo. Su aporte ha sido importante. Como dijo Lucrecia Martel hablando sobre Carnival of Souls, todas las personas que hacen cine tienen que recordar que con hacer una sola película así es suficiente. Quizás la idea también se pueda aplicar a la música.

Publicado en Rock Salta.

viernes, 24 de abril de 2020

En el aire

(La foto es ilustrativa. Yo salía por teléfono desde mi casa, en ojotas)

Durante todo 2019 hice una columna semanal en el programa Cuarto Oscuro de FM Capital de Salta. Lo conducían Daniel Ávalos y Franco Hessling, que se bancaron escucharme hablar de policías salteños obsesionados con Metallica, de los temas que sonaban en Los Simpson, de detalles de Los Piojos y Spinetta, de punk tucumano y hasta de canciones machirulas que ya no da pasar al aire. Acá les dejo algunos de esos segmentos.


miércoles, 9 de enero de 2019

Mira cómo suena

(Foto: Facebook Los Besos)

Los discos urbanos de Spinetta arrancan de la misma manera. Machi Rufino abre el juego en El jardín de los presentes (1976) con un bajo descendente que se mantiene hasta que entra toda la banda. Es apenas un segundo que parece durar más. En Bajo Belgrano (1983), César Franov hace algo similar, con mayor sutileza y menor volumen, dentro de una mezcla menos atractiva. En los dos está Pomo en batería: en Jade suena más apagado y en Invisible desborda, mucho más luminoso y protagonista.

A los dos segundos de la “Canción de Bajo Belgrano” Spinetta canta “La mañana / Lanzallamas”. El Flaco convierte la segunda “a” en una “o” y la estira como hacen Franov y Machi con sus bajos. Después sigue por la ruta jazzpopera, envarillado en pronunciaciones de versos (“caleidoscopio de ciudad”, “organillero distinto”) que sirven de guía perfecta para las parodias al estilo Luis Almirante Brown. 35 años después, Paula Trama toma esa segunda “a” deformada y la vuelve a estirar durante los casi 27 minutos que dura Copia viva, uno de los mejores discos del rock argentino 2018.

                                     

Copia viva es el cuarto trabajo de Los Besos, o el quinto, depende si se consulta la cuenta de Bandcamp o la de Spotify. Junto al excelente Helados verdes (2017), es el segundo álbum de la banda que realmente parece un disco y no un rejunte de temas. Un Disco de Los Besos, de 2016, está a medio camino. Algunas de las diez canciones de Copia viva tienen varios años y distintas versiones previas que ya habían sido publicadas en la etapa inicial del grupo y en otros proyectos de la cantante. Todas fueron compuestas por Trama (salvo “La cascada de tu pelo enredado” y “Albañil”, en colaboración con Francisco Garamona e Inés Copertino respectivamente).

miércoles, 17 de octubre de 2018

No tan distintos

Fito, Spinetta y Alfonsín, postal ochentosa. Foto: Archivo Clarín.

El rock argentino tiene etapas muy delimitadas y bastante reconocibles que a grandes rasgos se podrían enumerar de la siguiente manera: los comienzos, los primeros 70, la etapa de la dictadura, los 80, los 90, los 2000 pre Cromañón, los 2000 post Cromañón y este último lustro en el que conviven el indie, el rock de estadios, los tributos, el pop y más.

En Rockología, fantástico libro de 1989, reeditado en 2012 por la editorial Galerna, Eduardo Berti escribió que los 80 en el rock argentino se dividen en dos partes: de 1982 a 1985 y de 1986 a 1989. La primera etapa abarca la liberación espiritual y estética por la recuperación democrática, el impulso post Malvinas y cierto aire “divertido” que a pura new wave venía a reemplazar la solemnidad de los años sinfónicos. La segunda está dominada por el aire pesimista de la crisis económica que derivó en la hiperinflación, los picos de venta de los artistas que conformaban la escena, la llegada de Sumo y Los Redondos al disco, entre otros ítems.

En 1988. El fin de la ilusión (Editorial Sudamericana), Martín Zariello focaliza aún más y analiza sólo un año de la riquísima década del 80. No se limita al rock argentino, pero es casi todo el campo de acción por el que se mueve. Así encontramos ensayos sobre Andrés Calamaro, Fito Páez, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Virus, Patricio Rey, Sumo, entre otros, mezclados con muy buenos textos sobre íconos de la época como Raúl Alfonsín, Carlos Monzón y Alberto Olmedo.

jueves, 8 de febrero de 2018

Extiéndete una vez más


En el último número de la revista Rock Salta se publicó el artículo que escribí sobre Spinetta y Los Socios del Desierto. Una nota que pueden leer haciendo clic en este link. La foto es gentileza de Sony Music.

domingo, 27 de agosto de 2017

El arquitecto del rock

(Breuer en los estudios MCL, donde trabaja actualmente)

Entre mis dos hijos mayores yo dudo que haya cambiado más de diez pañales. Me pasé diez años trabajando bestialmente, no sabía cómo escaparme. Salía Charly, entraba Fito. Salía Fito, entraban Los Abuelos. Salían Los Abuelos, entraba Don Cornelio. Salía Don Cornelio, entraban Los Enanitos Verdes. Salían Los Enanitos Verdes, entraba Spinetta. Era así. Me decían: “Che, son las once, ¿nos quedamos dos horas más?”. Me tenía que levantar al día siguiente a las ocho de la mañana pero me quedaba dos horas más y en realidad eran tres o cuatro. Yo hacía treinta, cuarenta discos por año, dos o tres turnos por día. Me gusta, me sigue gustando muchísimo mi trabajo. Me apasiona. Vengo al estudio feliz y contento. Hoy estaba chocho porque tenía la excusa para venir a las 8.30. Sabía que tenía que venir temprano y me desperté a las cinco de la mañana. Esto genera una energía que a la gente le gusta. Le gusta grabar conmigo porque no se trata sólo de sacar buen sonido. Grabar se trata de trabajar con alguien que comprenda lo que estás haciendo, te ayude y esté de tu lado.

No digo que todos los discos estaban buenísimos, he hecho un par de porongas, pero en esa época había mucha alquimia de gente. Mucho “nos sentamos a hacer el disco juntos”. Yo iba a la sala de ensayo, el estudio nos daba dos o tres meses para hacer los discos. Y muchos no llegaban con todo ya maqueteado, se producía en el estudio. Teníamos el tiempo, los recursos. Hacíamos dos o tres temas por día. Hoy es impensado, nadie tiene la guita. Ni Sony tiene la plata para pagar dos o tres temas por día para grabar. Y a mí lo que me pasaba era que me caía uno atrás del otro. Los dos discos que le dije que no a Skay, Gulp! y Oktubre, fue por la cantidad de laburo que tenía. ¡Y tenía ganas! Los discos que yo hice de Los Redonditos, sobre todo ciertos temas, me vuelan la cabeza.

Me acuerdo cuando me llamaron y me fui al Cielito a hacer La mosca y la sopa. Así como te pasan cosas cuando conocés una mujer que te da vuelta el bocho y el pecho, a mí me pasó eso profesionalmente con ellos. Siempre me sentí muy inspirado, me resultaba fácil concentrarme en el trabajo, me gustaba mucho. Les agradezco que me hayan dado los medios técnicos y los recursos para hacer el mejor disco posible. Porque era eso lo que ellos querían. Agradezco la confianza depositada en mí. Tanto fue así que cuando hicimos Luzbelito me dijeron: “Mirá, este disco lo queremos hacer fácil, rápido. Nosotros nos queremos encargar sólo de la música”. Lo hicimos en un tiempo récord. Luzbelito es, definitivamente, uno de mis cinco discos emblemáticos, porque la música es de ellos y yo hice absolutamente todo el resto.

viernes, 7 de julio de 2017

La mirada de Martí

(Charly García)

Yo no me considero un artista, vamos a empezar por ahí. Me considero un trabajador de la fotografía. Alguien que ha aprendido un oficio, que es sacar una foto correcta. He tratado de aportar humildemente mi cuota de inspiración, mi mirada. Después tuve la suerte de que mi trabajo se iba retroalimentando con la gente con la que tuve la posibilidad de poderme relacionar. Porque no solamente trabajé para Luis. Trabajé para un montón de gente dentro del mundo del rock y con cada uno de ellos se arma una química donde el artista te hace una propuesta y vos también proponés. 

Uno empieza en un lado pero resulta que después terminas en un lugar que no estaba planteado de entrada ni en pedo. Pero eso fue el devenir de ir elaborando una idea, un pensamiento, y ver para qué lado lo llevamos. Siempre pasa eso, hoy me pasa eso, no era que me pasaba hace cuarenta años. Vos venís y me decís, che, vamos a hacer un libro sobre Buenos Aires. ¿Y qué hacemos? Vamos a empezar a fotografiar los bares. Y resulta que después te das cuenta de que por ahí es más interesante empezar a meterse en la casa de la gente y que es más interesante cuando el tipo abre el placard y empezás a ver los recuerdos que tiene guardados. Al final terminás en cualquier lado. Para eso se necesita que te interese lo que estás haciendo. Que sientas pasión. Cuando no hay pasión en las cosas no hay nada para contar. Te doy un ejemplo rápido: cuando se hizo la tapa de Durazno sangrando, el durazno lo hizo Luis en su casa. ¡Se puso a hacer el durazno! Ese durazno que aparece en la foto, apoyado en el piso, que hoy por hoy es una pelotudez que con el Photoshop va a quedar mejor, más iluminado y con colores más potentes, lo hizo con yeso. Lo pintó. Había una cuestión artesanal. Es decir: hagámoslo contra viento y marea.



Los orígenes míos con la fotografía se remiten a 1965, 1966. El recuerdo que tengo es haber hecho un primer curso en el Foto Club Buenos Aires, que estaba en ese edificio icónico que es el Pasaje Barolo. Tenían un gabinete muy grande, lleno de ampliadoras para poder copiar fotos. Ahí arranqué a tomar los primeros conocimientos de fotografía. Me acuerdo de quién fue mi profesor, Julio Maubecin. Me enseñó a revelar rollos, a copiar fotos. Estuve dos años. En ese momento, la fotografía fue una inquietud que tenía, una curiosidad. Hay que entender que ahora hay herramientas que están muy al alcance de todos. Cualquiera tiene una cámara en un teléfono. Pero había una época en que no era tan normal tener una cámara fotográfica ni tener determinados tipos de conocimientos en la fotografía. Había gente que tenía cámara pero no era una cosa tan masiva.

Nací en el 50, cumplo años el 9 de agosto. Nací bajo el signo de Leo. Provengo de una familia de trabajadores. Mi padre era técnico textil. Tengo la suerte de que a mi madre todavía la tengo viva, tiene 97 años. Somos de la República de Mataderos. Fue una infancia muy linda, sin necesidades. Nunca nos sobró ni nos faltó. Podemos decir que éramos peronistas en el sentido más avanzado de lo que era el peronismo, que era todo lo que eran las reivindicaciones sociales, los logros, los avances económicos para la gente. Según lo poco que yo entiendo de política, el gobierno de Perón aportó un montón de avances. El día que bombardearon la Plaza de Mayo mi padre había ido a hacer un trámite al centro. Se salvó de pedo de que lo mataran.

Viví un montón de años en Mataderos, como veintipico. Y todavía voy porque la tengo a mi madre ahí. Tengo un hermano mayor, Alejandro, que tiene cinco años más que yo, también periodista, ya jubilado. Creo que tuvo un paso breve por Editorial Perfil, pero casi toda su carrera la hizo en el diario Clarín. Trabajaba en Información General. Gracias a él entré a trabajar en el laboratorio de Editorial Abril, que era una empresa como es hoy Editorial Atlántida, La Nación o Perfil. Escribía gente muy importante. Publicaban las revistas Panorama, Siete Días, Claudia, Vosotras. Era el medio de la familia Civita, gente muy preparada, que le dio gran prestigio al periodismo en esa época. Estaban Tomás Eloy Martínez, Miguel Briante, Jorge Di Paola, un montón de gente de otra época. Grandes plumas. El periodismo era otra cosa, muy distinto a lo que es ahora. Entré como laboratorista raso: revelar y copiar fotos fue mi primer trabajo profesional. Recibía los rollos que traían los fotógrafos, los revelábamos, hacíamos planchas de contacto, la plancha iba a la redacción, elegían las fotos, eso volvía al laboratorio, nosotros copiábamos el panel y lo entregábamos. Para mí fue como una beca, porque me pagaban un sueldo y me estaban formando. Era como un instituto donde te pagan por aprender. Fue la posibilidad de unir lo que ya se presentaba como una vocación, que era la fotografía, y el sustento. Eso pasó en una etapa de mi vida muy difícil, porque había muerto mi padre y el único que se había independizado hasta ese momento era mi hermano. Mi madre y yo dependíamos del sustento que aportaba mi viejo y cuando desapareció vivimos dos años bastante difíciles hasta que yo también pude tener ese empleo y enderezar un poco el barco. Yo tenía veinte o 21 años. Después me pasaron al Departamento de Fotografía ya como fotógrafo. Estuve como cuatro años para que me pasaran. Y mientras tanto hacía fotos para Invisible, ya trabajaba para algunas bandas. Le hacía fotos al grupo El Reloj.

Las primeras fotos las hice en el festival Pinap, en esos primeros festivales de rock. Pero sacaba fotos por la mía, no era un profesional ni mucho menos. Lo hacía de puro fan, porque me gustaban esas canciones y me motivaban, me emocionaban y me sentía identificado. Aparte, pensá que el mundo era bastante formal fuera de esos ámbitos. Hay una cosa en internet, buscala, a ver si la encontrás. Es un especial que preparó la TV Pública en esa época: “Qué piensan los argentinos de los hippies”. Te vas a mear de la risa. Era una megaproducción, iban hasta Bahía Blanca entrevistando a la gente por la calle. Es una cosa tan divertida. Buscala porque no se pueden creer las opiniones de la gente. Decían de todo: estaban los hiper formales hasta los que empezaban a vislumbrar que eso representaba un cambio dentro de la sociedad. Cosas que hoy nos parecen risueñas pero que en esa época eran como un debate. Se estaba modificando la mirada cultural.

                    

En el festival Pinap tocaban Almendra, Manal, La Barra de Chocolate, Conexión N° 5, Moris, Pajarito Zaguri, todos los músicos de esa época. Todo era aprendizaje en ese momento y la gente era una esponja. Ojalá yo siga siendo una esponja hasta el día que me muera. Creo que uno nunca termina de aprender. El día que sentís que ya aprendiste todo lo que tenías que aprender me parece que estás cagado.


martes, 20 de septiembre de 2016

Volver a Casas


En la tapa, realizada por Santiago Motorizado (que también hizo la de Titanes del coco), alguien tira una patada. Es una portada ambigua, como las de los discos de Virus. No sabemos si la persona que la protagoniza es hombre o mujer. Estamos seguros de que practica un arte marcial pero no vamos a averiguar si es karate, taekwondo o jiu-jitsu porque este texto surge desde la experiencia, no de la deontología periodística. Así escribe Fabián Casas. No chequea los datos, habla desde adentro, usa lo que tiene. No le interesa brindar información precisa sino utilizar escenas, imágenes, obras y personas en función de lo que tiene para decir.

Para Casas, el poeta avanza sobre la oscuridad, guiándose por la intuición. Y Casas, antes que nada, es poeta. Como Neo, el personaje de Matrix que empieza a ver de otra manera cuando se convierte en El Elegido, reconoce la poesía en todos lados. La puede encontrar en los surcos de la música popular, en las trampas de los periodistas menos cínicos y en el comienzo de la final del Mundial 74. Dice que la buena poesía, aun cuando pareciera afirmar algo, siempre se encuentra en estado de pregunta. También que la poesía que más le gusta es la que no entiende.

Bien adelante en la portada están los datos duros: autor, título y subtítulo. O el primer poema del libro:

Fabián
Casas
Trayendo a casa
Todo de nuevo
Todos los ensayos

Podría ser “todo de nuevo, todos los ensayos”, que quizás no sean sentencias sobre temas diversos publicadas en revistas, diarios, blogs y otros libros, sino pruebas, experimentos. Una sala de ensayos.

Como la buena poesía, Casas vive en estado de pregunta. Prefiere el camino a la llegada. ¿De qué habla en sus textos? De Spinetta, seguro. Ya lo sugiere el título, una derivación de “Cantata de puentes amarillos”, canción clave del repertorio spinetteano porque incluye la máxima “aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor: mañana es mejor”.

Para Casas, mañana es mejor, siempre. Es enemigo de la nostalgia. Le teme porque sabe que podría caer en ella fácilmente. Para eso, dice, hace karate y toma whisky. Y acá es donde la portada termina de volverse ambigua. Si mañana es mejor, ¿por qué traer a casa todo de nuevo? ¿Por qué hay que volver a casa? ¿O hay que volver a Casas y falta una s, algo que no sería raro en las habitualmente desastrosas ediciones de Planeta?

lunes, 11 de mayo de 2015


Anoche lo vi a Fito en vivo y creo que si el tipo seguía pelando hits podría haber estado tocando cuatro horas sin problemas, con todo el público entregadísimo. Hasta sus temas nuevos, que por ahí se ahogan en un mar de palabras, estrofas interminables y lugares comunes de su propia carrera, sonaron mejor.

Algunas preguntas que me surgieron:

¿Por qué no le habrá puesto "Rock and Roll Revolución" al disco, tal como lo canta en el tema? Queda mejor que "Revolution". Es un disco mucho más interesante de lo que parece. Dentro de esa pose "rockero resentido con una mina que intenta mostrar que él es de verdad y ella no", hay canciones muy lindas como "Muchacha" y "Tendré que volver a amar".

¿Los adolescentes no escuchan a Fito? El público era casi todo de 25 años para arriba. Quizás los precios ayudaron a que haya sido un recital para gente que tiene tarjeta de crédito y puede garpar 250/400/600 mangos. Se notó mucho la adultez cuando Fito pidió que todos encendieran los celulares y aparecieron unos telefonazos tremendos, con pantallas gigantescas, mostrando distintas fotos de pibes como fondo.

Algo que me gusta de Páez es que siempre se acuerda de dónde viene. Es un buen resumen del rock argento de "ligas mayores" que lo formó. Tocó "Loco", el tema de Charly que grabó Billy Bond con Seru, y mencionó a García, a Pappo y a Spinetta en su letra. En otro tema habló de Fabi Cantilo. Después de Nebbia. Hizo un tema de Yupanqui y citó "Demoliendo hoteles" y "Yo no quiero volverme tan loco". Incluso, "La mejor solución", de RRR, musicalmente es muy parecida a "Siempre es lo mismo, nena", de Pappo, sólo que compuesta mirando un Rembrandt en la pared en lugar de haberlo hecho en la pausa de la reparación de un carburador.

Fue un recital "rockero", como lo marca el último disco: ropa de cuero, por momentos tres guitarras, actitud (?), Estuvo bien, Páez tiene una muy buena banda. Pero cuando se quedó solo con el piano y se puso a pelar ESAS canciones que a nadie más le salieron, la rompió. Mostró una intensidad impresionante. A "Yo vengo a ofrecer mi corazón" la cantó a oscuras, sin piano ni micrófonos, así nomás, y se la recontra bancó. ¿Cuántos pueden hacer eso?

En fin, larga vida a Páez. Cuando puedan, vayan a verlo, pero no se pongan en primera fila, que escupe mucho cuando canta.

Dejo la lista de temas:

1) Nada del mundo real
2) Rock and Roll Revolution
3) Muchacha
4) Yo te amo
5) Margarita
6) La rueda mágica
7) 11 y 6
8) Loco
9) La mejor solución
10) Tumbas de la gloria
11) Parte del aire
12) Los ejes de mi carreta
13) Yo vengo a ofrecer mi corazón
14) Pétalo de sal
15) Un vestido y un amor
16) Al lado del camino
17) Naturaleza sangre
18) Circo Beat
19) Brillante sobre el mic
20) Ciudad de pobres corazones
21) A rodar la vida
22) Dar es dar
23) Mariposa tecknicolor

miércoles, 19 de febrero de 2014

Hacer la revolución con una canción de amor


En el cierre de Ciudad de pobres corazones, Fito Páez ya lo venía pidiendo: dame tu amor, sólo tu amor. En Ey! tenía sueños de amor. En el final de Tercer mundo, insistía: dale alegría a mi corazón y ya verás que no necesitaremos nada más. Páez tenía que crear El amor después del amor, su maltratada vida lo exigía. Con 29 años, el rosarino era un huérfano que había perdido a toda su familia. Tras haber sido criado sin su madre, fallecida cuando él era un bebé, había soportado la muerte de su papá y el asesinato de sus abuelas en un lapso muy corto de tiempo. Antes de cumplir 25, la parca había llegado para Fito. Había arrasado con todo, todo un vendaval.

Páez se dio cuenta de que su salvación era lo contrario a la tristeza. Que la felicidad del amor lo alejaría de la muerte, por eso lo exigía con desesperación. Lo sabía porque había estado en las dos orillas. Había aprendido que el llanto terminaba en la risa. Su relación con Cecilia Roth, una de las musas más efectivas que se recuerden, lo levantó nuevamente y lo inspiró para crear las canciones que formaron su mejor disco, el más exitoso del rock argentino. Con los años, ya sin Cecilia, Páez siguió reflexionando al respecto: nos pasan tantas cosas en la vida que si aparece el sol hay que dejarlo pasar, le hizo cantar a Spinetta en “Bello abril”, una canción de 2003. Por la misma época, Cerati opinaba algo similar: si un amor cayó del cielo no pregunto más.

El amor es fundamental en la vida de Páez y en el desarrollo de todo el rock local. Es lo que estaba buscando Pappo. Su falta lo hacía desconfiar. El amor lo salvaba a Charly y lo ilusionaba cuando aún era un adolescente inexperto que soñaba con relaciones idílicas que volcaba en las letras de Sui Generis. ¿Acaso no es “Compañera” la canción más emocionante de la carrera de Ariel Minimal? Yo no sé lo que me pasa cuando estoy con vos, chica rutera, te pido que vuelvas. Hasta el durísimo Ricardo Iorio, man in black que vuelve a las cavernas, lo afirma: si no hay amor mejor bajate, si no hay amor nunca habrá sueños, si no hay amor se muere antes, si no hay amor se pierde siempre. Debes saberlo. En 1992, Fito sabía que si no había amor, mejor que no hubiera nada, entonces, alma mía. ¿No se puede vivir del amor? Quizás, pero nadie puede y nadie debe vivir sin amor. Porque only love can sustain.

domingo, 26 de enero de 2014

Hombre de las cumbres


En el mes de abril, investigadores del Conicet determinaron, tras cinco años de trabajo, que Merlo, en San Luis, es la ciudad con mejor calidad ambiental del país. Se basaron en variables como el confort climático, el nivel de contaminación, la inundabilidad, los ruidos y el estado de las playas y los espacios verdes de cada lugar. Aseguraron tener una “concepción amplia” del ambiente y explicaron que una buena calidad ambiental no significa ausencia de problemas, sino, además, presencia de elementos atractivos en el paisaje y el entorno.

En Merlo está Edelmiro Molinari. Allí decidió radicarse, hace seis años, aún antes de que el Conicet comenzara sus investigaciones ambientales. No parece haber sido azarosa la elección de este músico de 66 años que se crío en el porteñísimo Bajo Belgrano pero terminó como un nómade trotamundos, viviendo en diferentes países. Algo lo llevó hasta allí. Su conexión profunda con la tierra lo depositó en ese lugar. En “Mestizo”, una canción que está en el segundo disco de Almendra, la ópera rock que no fue, ya se mostraba inquieto por la naturaleza y sus alcances. “Voy al sol, y cuando esté seco iré como por el aire hasta vos”, escribió en 1970. En el disco anterior, el mítico debut del cuarteto, Molinari firmó una pieza clave para su carrera y el rock argentino entero: “Color humano”. Desde el primer acople que lo arranca hasta el riff inconfundible, gordo y profundo, se nota que estamos ante una canción perdurable y de una importancia que en su momento quizás no habrán sabido percibir, pero hoy aparece todo el tiempo, en cada uno de sus nueve minutos de duración. Cuando Spinetta emerge para cantar los versos de Edelmiro, todo termina de cerrar: “Beso mares de algodón sin mareas, suaves son, sublimándonos, despertándonos. Somos seres humanos sin saber lo que es hoy un ser humano”. ¡Todo antes de cumplir 23 años!

Color Humano, la banda, fue otra estrella fugaz de poca vida y largo aliento, tras la separación de Almendra. Tres discos entre 1972 y 1974 que aún hoy siguen sonando demoledores por la cohesión que existía entre los músicos que conformaban el grupo (además de Molinari en guitarra y voz, estaban Rinaldo Rafanelli en bajo y David Lebón en batería, luego reemplazado por Oscar Moro en los dos últimos álbumes). Escuchar canciones como “Cosas rústicas”, “Hace casi 2000 años”, “Las historias que tengo”, “Pascual tal cual” o “Sangre del sol” deslumbra y demuestra lo injusta que puede ser la historia del rock con algunos de sus referentes. Es muy difícil conseguir los trabajos de Edelmiro en una disquería. Contacto, el álbum editado en 2012, se consigue en Mercado Libre a $500. El CD de Edelmiro y La Galletita, publicado en 1984 con una banda en la que también estaba Skay Beilinson, está a la venta en el mismo sitio a $300. Su vinilo, a $1.200.

sábado, 14 de diciembre de 2013

¿Qué se puede hacer?

(Clic para agrandar)

En 1977, mientras la dictadura de Videla, Massera y Agosti hundía al país en los años más oscuros de su historia y el aparato represor combatía a todas las expresiones que atentaban contra la “moral occidental y cristiana”, Charly García editaba uno de los discos más politizados de su carrera.

Acostumbrado a camuflar sus letras desde la época de Sui Géneris, García grabó Películas, el segundo álbum de La Máquina de Hacer Pájaros. En él, las letras reflejaban claramente la época, mostrando una Buenos Aires siniestra y atemorizante (“Esto no es un juego, loco, estamos atrapados”), que perseguía a sus habitantes desde todos sus frentes (“Déjenme en paz, no quiero más, no hay esperanzas en la ciudad”) y que invitaba a manejarse con cuidado y sin ser notado (“La paranoia es quizás nuestro peor enemigo”, “¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?”).

viernes, 15 de noviembre de 2013

Canción para los días de la vida

(El cuadro dedicado por Luis "para Daniel, el Bill Evans de los panaderos")

El barrio de Belgrano, en la Ciudad de Buenos Aires, está habitado por casi 150 mil personas cada vez más amontonadas en edificios que se construyen sin parar. Las avenidas y la mayoría de sus calles presentan la misma imagen vertical: pisos y pisos, uno al lado del otro. Esta expansión exagerada comenzó hace poco tiempo, a principios de siglo, y contrasta notablemente con la vida que se llevaba hace cincuenta años.

Una de las calles que conserva cierta imagen de antaño es Arribeños. Allí, casi al 3000, todavía se respira un poco de aire. Los edificios no son tantos, hay muchos árboles y el cielo puede verse con facilidad. En una de las casas de esa zona vive Gustavo, de 59 años. Él sabe que la relativa tranquilidad que lo rodea, en comparación con otros sectores del barrio, está extinguiéndose. En la cuadra ya hay dos obras en construcción y un par de propiedades en venta. “El año que viene creo que vamos a estar en el promedio que hay acá, que son tres edificios por cuadra, una cosa espantosa. Va a estallar este barrio. Desde mi terraza yo veía los edificios más altos de Barrancas de Belgrano, hoy es imposible”, cuenta este hombre flaco, alto y canoso, que no aparenta la edad que tiene y conserva un espíritu luminoso que se evidencia como gen familiar.

sábado, 19 de octubre de 2013

Horrible autobombo y una pequeña reflexión sobre el periodismo especializado en escenas emergentes


El nuevo número de Rock Salta apareció en las últimas horas. Se trata de la edición 17 de esta revista que intenta hacer periodismo especializado desde una región (Noroeste) en donde las bandas locales no juntan más de cien personas con entradas pagas.

Rock Salta empezó en 2006 como un fotolog que anunciaba fechas de conciertos en la ciudad. En 2007 evolucionó a página web y en 2011 se transformó también en revista, primero mensual, luego bimestral. En el medio, realizó programas de radio en diversas FM salteñas, creó una radio online propia y hasta un piloto de televisión que no prosperó porque el que mucho abarca poco aprieta y cuanto más alto trepa el monito (así es la vida) el culo más se le ve. También es productora de shows (rama que está últimamente en el freezer) y discográfica independiente. En total, el staff de Rock Salta está compuesto por ocho personas a las que se les suman diferentes colaboradores, especialmente para las notas de la revista o la web.

Este número es el primero que en su portada no hace referencia al rock del NOA. La supuesta espalda que la revista le da a los músicos de la región es un discurso que Rock Salta viene soportando desde hace un rato largo. Algunos artistas del rock salteño opinan que al ser una revista hecha desde la capital provincial, Rock Salta debería ser un pasquín propagandista que sólo hable bien de cualquier cosa producida en la tierra de Güemes. En Rock Salta esa idea no prospera. ¿Desde cuándo el periodismo se debe a sus entrevistados o a lo que va a cubrir? ¿Y desde cuándo la única manera de apoyar a una escena emergente es llenándola de elogios injustificados?

sábado, 5 de octubre de 2013

Vos no me dejaste, tampoco yo a vos


El combo recuerdo de esa noche de invierno consta de un afiche blanco y negro vintage-bajo presupuesto, con la fecha (“Lunes 6 - Agosto - 22 hs.”) y auspicios de la Intendencia Isa, Casino Salta, Flecha Bus (¿lo hicieron viajar en bondi?) y una tarjeta de crédito, que seguramente estaba en las antípodas de sus ideas liberadoras, pero que sin dudas ayudó a garpar el show. Lo completan dos casetes TDK A60 (Low Noise, High Output) que rezan “Spinetta en el Huerto", 1 y 2, respectivamente; escritos con birome azul de trazo grueso que perdura en el tiempo; al igual que la cinta que se la bancó a través de los años, las escuchas, las rebobinadas y las lengüetas rotas para evitar play rec imprevistos.

TDK A60 (Low Noise, High Output): PLAY.

jueves, 3 de octubre de 2013

"La música hace lo que quiere"

(Foto: Diego Ele, Facebook David Lebón)

El Design Suites es tan, pero tan cheto, que cuando La Renga se instaló allí en julio, uno de los primeros comentarios que surgió fue sobre el excesivo lujo que ostentan sus instalaciones. El coqueto hotel, ubicado en pleno centro de la ciudad, albergó a casi todos los músicos de rock que llegaron en los últimos meses. Por ahí estuvieron Fito Páez, Willy Crook, Divididos y Nito Mestre, entre otros. Jamás el Indio Solari, que tiene su búnker sobre los cerros, en la Presidencial del Sheraton.

En el bar del hotel está David Lebón, durante la tarde del 30 de mayo de 2012, antes de tocar en un Teatro Provincial repleto de gente que pagará apenas $15 por pera, gracias al ciclo Cultura da la Nota; uno de los pocos proyectos del gobierno provincial (¿el único?) que fue aplaudido por la mayoría. Lebón, de casi 60 años (los cumple en octubre), volvió a Salta tras un lustro de ausencia.

Vestido de blanco, como el viejo embebido por la cultura hippie que es, pero sin llegar al mensaje de autoayuda zen que alguna vez popularizó Piero (¡Piero!); Lebón se acerca, pide una Coca Cola, saluda y dice: “Cuando se fue Luis (N. de la R: Spinetta, se entiende), me di cuenta de lo que era la historia. La historia que tuvimos nosotros dos. Aunque parezca que no, compartí mucho con él. Aprendí, aprendimos, y así con cada uno, o sea que no tuve mucho tiempo de pavear”.

viernes, 19 de julio de 2013

El poder de los detalles


En 2006, cuando laburaba de lavador en una agencia de turismo, siempre recordaba dos canciones: “Crimen”, de Cerati, y “Homero”, de Viejas Locas. La primera me venía a la mente por la parte que dice “¿Cuánto falta? No lo sé. Si es muy tarde, no lo sé”. Cantar eso mientras cepillaba los pisos mugrosos que dejaban los turistas me hacía reír. Trabajaba de noche, hasta la madrugada. En épocas de temporada alta la cosa se ponía densa y no sabía muy bien hasta qué hora podía quedarme. Las combis y los bondis no paraban de llegar. Éramos dos: César, un pibe de Tartagal, que creo que estudiaba Hotelería, y yo. Llegábamos a las cinco o seis de la tarde y nunca nos íbamos antes de las tres de la mañana. Una vez nos fuimos a las seis y media, en pleno invierno. Nuestra jefa, la dueña de la agencia, vivía en el mismo lugar, así que ese día la vimos trabajar, cenar, irse a dormir y despertarse. Todo en una misma jornada. Al llegar a mi casa comí una milanesa con papas fritas que le había pedido a mi novia de ese entonces. La compró la noche anterior, entró con la copia de la llave que tenía casi desde el comienzo de nuestra relación, dejó el menú servido y se fue. Cuando me senté a cenar a las siete de la mañana la comida estaba fría, las papas estaban todas pegadas y la Coca Cola había perdido su baja temperatura. No tenía heladera.

martes, 26 de febrero de 2013