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viernes, 3 de julio de 2020

(Foto: Facebook Bocón Frascino)

“En esa época había muy pocos bajistas, por eso a veces los violeros tocábamos el bajo”, dijo hace algunos años Osvaldo “Bocón” Frascino, histórico guitarrista del rock argentino que se hizo conocido como bajista de Pescado Rabioso. Ironías del destino que sufrió hasta algún integrante de Los Beatles. Quizás ambos episodios sirvan para que dejemos de catalogar a los músicos según el instrumento. ¿O acaso Pappo no tocaba el piano? De todas maneras, Bocón será recordado por haber formado parte de aquella máquina rockera spinetteana más que por el instrumento que le asignaron.

Bocón murió anoche, le faltaba poco para cumplir setenta años. Un resumen de su vida mencionará a Engranaje, banda efímera de Pappo que Bocón luego rescató para continuar tocando su propia música a lo largo de las décadas, pero se instalará en Desatormentándonos, el disco debut de Pescado Rabioso. Ese álbum fue su punto máximo. Como contó Sergio Marchi en Ruido de magia, la biografía oficial de Luis Alberto Spinetta, Bocón y el Flaco se encerraban durante horas antes de los ensayos para forjar el sonido de la banda. Eran los meses iniciales, cuando Pescado aún era un trío que completaba el baterista Black Amaya.

Bocón firmó canciones de ese primer álbum: “Algo flota en la laguna”, en coautoría con el Flaco; y “Me gusta ese tajo” y “Dulce 3 nocturno” con Spinetta y Amaya. “Dulce 3 nocturno” es la que más protagonismo le dio. Allí sí pudo tocar la guitarra. Usó una Fender prestada por los hermanos Juan Carlos y Juan José Robles, dueños de Robertone, una fábrica con empleados complotados para no atender el timbre cada vez que alguien intentaba visitarlos. A Bocón sí le abrían la puerta y podía contar con aquellos equipos nacionales. Desde entonces nunca dejó de estar relacionado a ese sonido. Su nombre suena valvular.

                     

En Crónica e iluminaciones, el libro de Eduardo Berti, Spinetta contó que “Dulce 3 nocturno” surgió en una quinta alquilada por Jorge Pistocchi para que los tres integrantes de Pescado trabajaran sus primeras canciones: “El número tres representaba al grupo. Es ‘dulce’ y ‘nocturno’ porque la canción fue escrita de noche, iluminándonos con una vela. El tema tenía un significado muy fuerte, porque una nueva etapa se abría para mí y para ellos”.

Era una casa quinta modesta, según recordó Bocón: “Pero estuvo muy bueno vivir allí ya que nos podíamos dedicar todo el tiempo a laburar sobre la banda y las canciones”. Se lo dijo a Jorge Kasparian en el libro Luisito. La entrevista completa muestra la importancia que esa canción tuvo para él. “En ‘Dulce 3’ también canto y siempre me felicitan sobre todo los rockeros de esa época, es un tema muy querido por toda esa generación”, decía.

Bocón no duró demasiado en Pescado Rabioso, se alejó en 1972. El motivo fue musical: quería tocar la guitarra. Compuso más canciones para la banda pero la mayoría no trascendió. “Mi espíritu se fue” es la única que llegó al segundo álbum. Volvió a participar de la banda en 2009, cuando Spinetta organizó el show de Las Bandas Eternas. Esa noche sí pudo tocar su instrumento preferido en “Me gusta ese tajo”.

A pesar de tener cinco décadas de música encima, Bocón seguirá atado para siempre a aquella etapa con Spinetta. No es algo negativo. Su aporte ha sido importante. Como dijo Lucrecia Martel hablando sobre Carnival of Souls, todas las personas que hacen cine tienen que recordar que con hacer una sola película así es suficiente. Quizás la idea también se pueda aplicar a la música.

Publicado en Rock Salta.

martes, 5 de diciembre de 2017

Post chabón

(Foto: Mathias Magritte - Facebook Los Espíritus)

Es increíble que un proyecto encabezado por Maxi Prietto haya convocado a cuatro mil personas. Parece inexplicable el éxito que Los Espíritus tuvieron este año y que el sábado los llevó a llenar el estadio cubierto Malvinas Argentinas, más grande que Obras. La música densa que ofrecen, sin la comodidad estética de un show masivo, no se asemeja a los estándares del rock argentino más popular de estos tiempos, aunque su origen sea el mismo. Sin embargo, la banda consiguió girar por las provincias y el exterior con un crecimiento que por ahora no parece detenerse.

El recital, larguísimo, de casi tres horas, empezó con “Huracanes” y “La crecida”, las dos primeras canciones de sus últimos álbumes, los que abrieron la puerta de la masividad. El estadio no fue un elemento circunstancial. Los Espíritus, o al menos su esencia, pertenece a La Paternal, el barrio de Pappo, donde está anclado el Malvinas. Allí sucede gran parte de las historias que Prietto y Santiago Moraes, el otro cantante del grupo, ofrecen al público. Las estaciones, los trenes que van y vienen, los vendedores ambulantes con altoparlantes, los perros que se van con la correntada de las calles inundadas por las lluvias, las miradas contenidas de los laburantes que se bancan los aumentos y el atropello policial. Todo eso también sucede en Salta, Tucumán, Bogotá y México, la empatía se hace inevitable.

En la conexión de esas letras y la música quizás esté la clave para entender la popularidad creciente de un grupo identificado con el indie pero que es rock nacional y popular. ¿Los Espíritus son el mejor legado de Los Piojos? ¿Son la banda que Pity Álvarez no logró crear? ¿Son la prueba de que la influencia del rock argentino de los noventa no deriva inevitablemente en La Beriso? ¿O es Manal nomás, sin filtro noventoso? Es injusto reducirlos a un producto nac & pop (después de todo, la psicodelia y el blues no tienen bandera) pero también es imposible negar esas referencias locales. Si el terminó After Chabón de Sumo era una joda y quedó para determinar una etapa de nuestro rock que explotó pocos años después, lo de Los Espíritus podría ser Post Chabón, la misma línea, treinta años después, atravesada por una mirada que es más piel curtida y aplomo que cinismo y rebeldía.

Mientras los músicos tocaron lo suficiente como para extender todo lo posible la fecha más importante del año, abajo las cuatro mil personas bailaron, insultaron y poguearon. Hay que ver a Los Espíritus en vivo. De ser posible, de pie, para poder terminar de sentir la experiencia del ritmo, las zapadas y los climas. Hay que escuchar las letras (“las balas las carga el diablo y las descarga un gendarme”, cambio oportuno) y recrear la rueda que mueve al mundo, como si se tratara de un recital de la Mona.

Ahora quizás se venga lo más difícil para la banda: mantener la calidad de los discos, variar musicalmente para seguir creciendo y parir nuevos clásicos. Todo indica que lo van a lograr.

Publicado en Rock Salta.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Canción para los días de la vida

(El cuadro dedicado por Luis "para Daniel, el Bill Evans de los panaderos")

El barrio de Belgrano, en la Ciudad de Buenos Aires, está habitado por casi 150 mil personas cada vez más amontonadas en edificios que se construyen sin parar. Las avenidas y la mayoría de sus calles presentan la misma imagen vertical: pisos y pisos, uno al lado del otro. Esta expansión exagerada comenzó hace poco tiempo, a principios de siglo, y contrasta notablemente con la vida que se llevaba hace cincuenta años.

Una de las calles que conserva cierta imagen de antaño es Arribeños. Allí, casi al 3000, todavía se respira un poco de aire. Los edificios no son tantos, hay muchos árboles y el cielo puede verse con facilidad. En una de las casas de esa zona vive Gustavo, de 59 años. Él sabe que la relativa tranquilidad que lo rodea, en comparación con otros sectores del barrio, está extinguiéndose. En la cuadra ya hay dos obras en construcción y un par de propiedades en venta. “El año que viene creo que vamos a estar en el promedio que hay acá, que son tres edificios por cuadra, una cosa espantosa. Va a estallar este barrio. Desde mi terraza yo veía los edificios más altos de Barrancas de Belgrano, hoy es imposible”, cuenta este hombre flaco, alto y canoso, que no aparenta la edad que tiene y conserva un espíritu luminoso que se evidencia como gen familiar.

sábado, 5 de octubre de 2013

Vos no me dejaste, tampoco yo a vos


El combo recuerdo de esa noche de invierno consta de un afiche blanco y negro vintage-bajo presupuesto, con la fecha (“Lunes 6 - Agosto - 22 hs.”) y auspicios de la Intendencia Isa, Casino Salta, Flecha Bus (¿lo hicieron viajar en bondi?) y una tarjeta de crédito, que seguramente estaba en las antípodas de sus ideas liberadoras, pero que sin dudas ayudó a garpar el show. Lo completan dos casetes TDK A60 (Low Noise, High Output) que rezan “Spinetta en el Huerto", 1 y 2, respectivamente; escritos con birome azul de trazo grueso que perdura en el tiempo; al igual que la cinta que se la bancó a través de los años, las escuchas, las rebobinadas y las lengüetas rotas para evitar play rec imprevistos.

TDK A60 (Low Noise, High Output): PLAY.

jueves, 3 de octubre de 2013

"La música hace lo que quiere"

(Foto: Diego Ele, Facebook David Lebón)

El Design Suites es tan, pero tan cheto, que cuando La Renga se instaló allí en julio, uno de los primeros comentarios que surgió fue sobre el excesivo lujo que ostentan sus instalaciones. El coqueto hotel, ubicado en pleno centro de la ciudad, albergó a casi todos los músicos de rock que llegaron en los últimos meses. Por ahí estuvieron Fito Páez, Willy Crook, Divididos y Nito Mestre, entre otros. Jamás el Indio Solari, que tiene su búnker sobre los cerros, en la Presidencial del Sheraton.

En el bar del hotel está David Lebón, durante la tarde del 30 de mayo de 2012, antes de tocar en un Teatro Provincial repleto de gente que pagará apenas $15 por pera, gracias al ciclo Cultura da la Nota; uno de los pocos proyectos del gobierno provincial (¿el único?) que fue aplaudido por la mayoría. Lebón, de casi 60 años (los cumple en octubre), volvió a Salta tras un lustro de ausencia.

Vestido de blanco, como el viejo embebido por la cultura hippie que es, pero sin llegar al mensaje de autoayuda zen que alguna vez popularizó Piero (¡Piero!); Lebón se acerca, pide una Coca Cola, saluda y dice: “Cuando se fue Luis (N. de la R: Spinetta, se entiende), me di cuenta de lo que era la historia. La historia que tuvimos nosotros dos. Aunque parezca que no, compartí mucho con él. Aprendí, aprendimos, y así con cada uno, o sea que no tuve mucho tiempo de pavear”.

jueves, 18 de junio de 2009

2 de agosto


Era 1997, fines de julio. Mi hermano había viajado desde Córdoba -donde vivía, donde sigue viviendo- a Entre Ríos para visitarnos a todos. Con catorce años, yo ocupaba el rol de hermano más chico, aunque para esa época papá ya iba por el quinto hijo-yo era el cuarto- y se había propuesto ocultarlo, para posterior encabronamiento de mi vieja.

A mí me encantaba que el Javi viniera de visita. Cuando estábamos en la misma ciudad no me despegaba ni un solo segundo de su lado. Lo acompañaba, le mostraba la música que escuchaba, las películas que veía, las revistas que leía. Era hiper pesado, pero él me bancaba siempre. Nunca me mandó a cagar y se copaba contándome boludeces y tirando data de sus músicos preferidos, que para mí eran todos nuevos.

Yo recién empezaba a meterme de lleno a escuchar rock. Los Beatles y Charly todavía no habían golpeado mis oídos, pero algo ya me decía que cerrarse a una sola cosa no era lo más interesante. También miraba a full un documental que se llamaba "Rock Nacional: 30 años", editado por la revista Gente en el 96. Era un resumen bastante interesante donde aparecían todos: desde Los Beatniks hasta los Cadillacs. Lo pasaron un par de veces por Volver pero no me hacía falta esperar eso: lo veía todos los días, después de comer, con el uniforme del colegio todavía encima -pantalón gris, camisa blanca, corbata azul, zapatos negros-, y a la noche, antes de acostarme. Mirándolo aprendí de memoria la historia de Los Gatos, el por qué los Vox Dei comenzaron a cantar en castellano y qué era lo que hacían los Pappo´s Blues cuando zapaban -"había momentos en que tocábamos jazz"-. También me sabía -me sé- de memoria "Panadero ensoñado", el genial comienzo de "Pescado 2", grabado sólo con las voces de Spinetta y David Lebón, muchos años antes de que Andrea Prodan edite "Viva voce".

El Flaco aparecía un montón de veces en el video. Primero con Almendra, obvio, y después con el resto de sus proyectos: Pescado Rabioso, Invisible, Jade y su carrera solista. Los highlights eran los Pescado cantando "Post-Crucifixion" en "Rock hasta que se ponga el sol" y los fragmentos de temas de Invisible: "La llave del Mandala" y "Jugo de lúcuma".

"Yo tenía... catorce o quince años y escuché 'jugo de lúcuma/chorreando en mí/patas de mueble de bronce/caminan ya', y me volví loco", contaba y cantaba Fito en el documental y a mí me fascinaba su declaración porque yo iba por la misma edad y me pasaba exactamente eso, pero solamente con la parte de la canción que aparecía en el VHS, porque no la tenía entera. ¿Dónde iba a encontrar una copia, si todavía no existía el mp3, a Concordia no llegaban muchas reediciones de discos y ni en alucinaciones lo pasaban por la radio?

En esos meses del 97, Spinetta por fin publicaba su disco doble con los Socios del Desierto. Después de años de negociaciones con las discográficas, el Flaco pudo conseguir lo que pretendía -doscientos mil dólares- y editar su nuevo trabajo. El disco era, según la prensa especializada, "un regreso a sus años más furiosos" y el primer corte, "Cheques", era un ejemplo perfecto de esa furia.

"Cheques" estaba buenísimo para un pibe de catorce años que quería ingresar al mundo Spinetta. A ese tema sí que lo tenía entero. Lo había grabado en un casete, desde la radio, junto con otra canción de ese disco: "Cuenta en el sol". Con esas dosis homeopáticas de Luis Alberto pasaba los días en el invierno de 1997.
Cuando Javi me preguntó yo dije que sí de entrada. ¿Cómo iba a negarme? Sólo faltaba que mis viejos dieran el visto bueno -es decir, que pusieran la guita- y listo: me iba a ir un fin de semana a la Docta a ver el primer recital de mi vida: Spinetta y los Socios del Desierto.

Mis viejos aprobaron la idea del hermano mayor y partimos. Ocho horas de viaje, llegada, taxi, casa, mate, saludos -"¡Qué grandote estás!"- y al centro a comprar las entradas.

El recital fue el sábado 2 de agosto en la Sala de las Américas, plena Ciudad Universitaria, a las diez de la noche. Antes de ir -caminando- cenamos en un local que vendía diez panchos por un peso, algo que me pareció tan inolvidable como ir a verlo a Spinetta. Cuando llegamos, la cola era bastante importante, pero pudimos meternos al medio de la fila gracias a que el Javi se encontró con un amigo muy parecido al Palo Pandolfo de esa época -a quien yo ubicaba del video de "Bip Bap Um Dera", de Los Visitantes-, que estaba con una mina alucinante que al ver que los otros dos no le daban bola se puso a hablar conmigo -"¿Qué estudiás?", "Nada... voy al cole"-.

Una vez adentro, miraba a cada rato el telón, que no se corría pero dejaba ver unas sombras en el piso. Después de veinte minutos de demora, se escuchó una voz en off que dijo: "Damas y caballeros, el señor Luis Alberto Spinetta está en camino y el concierto comenzará en algunos minutos. Gracias por esperar". Todos silbaron, como diciendo "¿hay que seguir aguantando?", pero menos de un minuto después las luces se apagaron y empezó a sonar la banda en pleno (el Flaco en guitarra y voz, Marcelo Torres en bajo y Daniel Wirtz en batería) a un volúmen altísimo con una versión ultra podrida de "Ana no duerme", que en 1998 editaron en el disco "San Cristóforo".

No lo podía creer.

Lo primero que me sorprendió fue esa canción inicial y después comencé a fijarme en algunos detalles: los tres músicos estaban uno al lado del otro. A la izquierda Torres, al medio Wirtz y a la derecha el Flaco, con sus rulos bamboleándose como si fueran Paul McCartney cantando "I Saw Her Standing There".

Wirtz era un animal pegándole a los parches. En el disco ya se notaba, pero en vivo te desarmaba. Cuando tocaron "Cheques" yo lo miré todo el tiempo a él. Sobre todo en el final del tema. Quería saber cómo hacía para tocar así. Nunca supe.

Spinetta estaba como siempre: cantaba increíblemente bien, emocionando; y hacía sus clásicos comentarios entre tema y tema -"Flaco, ¡sos Dios!", "Pero tengo tos. ¿A quién le reclamo?"- que hacían reír a todos. No me acuerdo si alguno le dijo "¡'Muchacha', Flaco, tocá ¡Muchacha'!", como Capusotto, pero seguro que sí.

A medida que iban pasando los temas, mis dosis homeopáticas empezaron a pasar factura: conocía muy pocas canciones y, para mi desgracia, no tocó "Panadero ensoñado" -¡¿Cómo la iba a tocar?!-, "Jugo... " o "La llave...", así que me dediqué a mirar, escuchar y rogar para que mi memoria guardara la mayor cantidad de momentos.

Sobre el final llegó una que sí conocía: "Me gusta ese tajo", que había escuchado porque mi hermana tenía el disco de "Tango Feroz", donde se encontraba ese tema en una versión cantada por Ulises Butrón.

Pero ése no fue el último. El Flaco dijo algo que no recuerdo y arrancó con "Los libros de la buena memoria". Lo única escena que guardo de ese final es a toda la sala diciendo "¡Uhhhh!" y aplaudiendo de pie, mientras a Spinetta le llovían las rosas que habían repartido en la entrada. Después, cuando ya nos habíamos ido, Javi me contó que "Los libros..." era un himno para todos los fanáticos del Flaco y que no podían creer que la haya tocado.

Al otro día regresé a mi casa y volví a escuchar los dos temas en el casete y a ver el video muchas más veces que antes, como un enfermo, hasta que pude tener cuarenta y dos pesos para comprar el disco doble.

Y acá estamos.